Capítulo 9
-¿Fantasmas? ¿Estás segura?-
Preguntó Guillermo tan sorprendido como el resto.
-Pero... si los fantasmas no
existen- me reí descaradamente, aunque al ver el incómodo silencio que
provoqué, me lo replanteé, quizá si existían en ésta dimensión y había dicho
una tontería enorme -¿No existen, no?-
-Didi, tesoro, los fantasmas
existen o no, dependiendo de a quién le preguntes. Hay gente que cree y otros
que no. Mis otros sirvientes no me hicieron caso porque pensaban que decía
bobadas. Yo, por ejemplo, creo. A veces hablo con mi difunto padre y me imagino
que me escucha.- Me contestó Genevieve con una mirada melancólica que me
invadió por dentro.
-Yo también creo.- Afirmó seriamente Mathew.
-Yo no, así que vayamos a ver qué
demonios está sucediendo aquí. -Guillermo se levantó de su sillón y salió de la
sala, dirigiéndose a las escaleras que daban al piso de arriba, el más alto, la
habitación de donde procedía el ruido estaba justo en frente de los aposentos
de la reina.
-¿Hemos dormido a unos metros del
fantasma?- Susurré, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
-Ehmmm... Sí, perdona que no te
lo dijera antes, me sentía segura a tu lado...- Confesó ella tímidamente. -Por
cierto, esa habitación es la de los trastos viejos, sólo hay baratijas polvorientas
en mal estado, por eso no quería entrar...- Añadió justo antes de que
abriéramos la puerta.
Ésta chirrió y tras ella pudimos
ver una habitación oscura, iluminada únicamente por un pequeño tragaluz en lo
alto. Estaba, como bien había dicho la reina, llena de objetos cubiertos por
una gran capa de polvo y alguna que otra telaraña. Las paredes tenían grietas y
apestaba, estaba claramente descuidada, aunque sería la única en todo el
castillo, pues Genevieve parecía tener una obsesión por la perfección, tanto en
su imagen, como en su hogar. El llanto paró y un terrible suspense inundó la
situación.
-¿H...hola? ¿F...fantasmita
bonito?- lo intenté atraer, muerta de miedo.
-Socorro...- Me contestó éste, el
sonido se movía por todo el lugar.
-Vaya, no pensé que funcionaría, soy una cazafantasmas de
primera.- Hice como si mis dedos fueran una pistola y canté la cancioncita de esta famosa película terrícola. Mathew me miró raro.
-Deja de hacer la idiota, lo vas
a espantar.- Me insultó Guillermo.
-No si antes lo espantas tú con
ese careto de mierda que tienes.- Le contesté enfadada, yo sólo estaba
recordando mi infancia y amainando la situación, ¿qué tenía de malo eso? ¿es
que por ser Paladín debía ser seria siempre? Guillermo suspiró hondo y se
calló.
-Oye, sal ya. Venimos en son de
paz.- Dijo Mathew mientras nos ignoraba.
Algo me tocó el hombro por
detrás, pensé que sería Genevieve pero alcé la vista y comprobé que estaba
delante. Al girarme, la vi. Tenía la apariencia de una chica joven, de mirada
triste, largos cabellos plateados, ojos color rojo sangriento, piel
extremadamente blanca, pero ante todo ella era translúcida, se podía ver a
través de ella, aunque no demasiado claro está. Al mirar hacia abajo vi que sus
pies no tocaban el suelo, estaba levitando.
[Dibujo realizado por la autora]
-E...ehmmm... Chicos...- Les
llamé para que se giraran. Al hacerlo Genevieve gritó a pleno pulmón y
Guillermo se desplomó desmayado.
-Vaya par...- Suspiró Mathew, que
le extendió la mano como si nada al espectro. - Perdona la mala educación de
mis amigos, somos los caballeros de Zeother y ella la reina de Merydia.
Encantados.- Dijo con la mayor brevedad y educación posible.
-Yo... no sé quién soy... Ni qué
hago aquí... Llevo semanas atrapada...- Nos contó con un filo de voz, tras
darle la mano temerosa a Mathew. Yo me froté los ojos incrédula, aún no
asimilaba que estuviera conversando con un fantasma.
-Vale, está bien, conservemos la
calma...- Genevieve contó hasta 10 y se relajó. -¿Quieres bajar a la sala de
estar y nos cuentas lo que te ocurre?- Propuso.
-Bu...bueno...- Accedió no muy
convencida, su voz era una mezcla entre un susurro y un tono normal, cortada,
rasgada y muy fina, como de niña pequeña.
Dispuesta a salir y metida en mis
pensamientos contradictorios que se encontraban en una disputa sobre si lo que
estaba viendo era real o no, di un paso hacia delante en un acto reflejo
provocado por mi mente, y sin darme cuenta, atravesé sin querer a la joven
espectro.
-¡L...lo siento mucho! No era mi
intención, de veras.- Me disculpé con los ojos cerrados, pensé que se enfadaría
y toda su furia de ente paranormal recaería sobre mí, pero al abrir los ojos,
sólo vi una débil niña con cara de tristeza.
-No... vuelvas a hacer eso, por
favor... Duele...- Se frotó los ojos y segundos después esbozó una leve
sonrisa, como para darme a entender que un error lo tenía cualquiera.
Era demasiado dócil, quiero
decir, no era lo que me habían metido en la cabeza durante toda mi vida: en la
tierra, los fantasmas eran protagonistas de películas de terror en las que
siempre matan a alguien. Aquí, la pequeña tenía más miedo de mí, que yo de
ella. Como si la pudiera re-matar o algo por el estilo... Qué absurdo.
La cíclope me adelantó liderando
el camino, la seguía nuestra nueva conocida, Mathew me dio un codazo, entre
líneas entendí ''No la espantes'', y tenía razón, tal vez yo era demasiado
torpe. Intenté quitarme el incómodo y reciente incidente de la mente, mientras
cogía de los brazos a Guillermo y Mathew, de los pies. He de decir que aquel
chico pesaba lo suyo, pero con la ayuda del licántropo pudimos llevarlo hacia
la sala haciendo un esfuerzo mínimo. Nadie dijo ni una sola palabra durante el
trayecto.
Una vez allí, colocamos a nuestra
carga en uno de los sofás. Yo me estiré haciendo crujir mi espalda, para luego
sentarme al rededor de una extraña y rústica mesa, junto al resto. La reina nos
ofreció una taza de té, todos aceptamos menos la fantasma, por... razones
obvias.
-Y bueno, cuéntanos todo lo que
logres recordar... A ver si sacamos algo en claro.- Sugirió Genevieve
intrigada.
-Yo... Sólo recuerdo despertarme
y ver oscuridad por todos lados menos en el techo. Tenía miedo... Quería salir
de allí y por eso lloraba...- Confesó la joven apretando con sus manos un
colgante, como si éste le protegiera. -Gracias por sacarme de allí...- Añadió
con un tono de timidez.
-De nada. Por cierto, ¿qué llevas
ahí?- Tal vez soné un poco maleducada pero realmente tenía curiosidad por ver
la forma del collar.
La chica lo soltó y nos dejó ver
que lo que colgaba de su cuello no era nada más ni nada menos que una luna
menguante con una especie de inscripción. Genevieve se acercó a ella alucinada.
-¿Lya?- Pronunció mientras leía
-¿Te llamas así? ¿Y eres unificada?- Dijo mostrando una pulsera que siempre
llevaba escondida, con el mismo símbolo y su nombre.
-Puede que sea mi nombre, sin luz
en aquel cuarto no lo podía leer. Sin embargo creo que recuerdo algo de una
Unión.- Intentó desencapotar sus pensamientos, parecía tener amnesia, aunque al
menos se acordaba de algo.
Antes de que yo pudiera preguntar
en voz alta qué diantres era La Unión, y meter la pata como siempre, Max me
explicó por el pinganillo un dato sobre aquel mundo que era importante saber, ¿cómo
era que no me había dicho antes algo tan crucial?
-La Unión en Erya es como La
Iglesia en la Tierra, una de las diferencias es que allí no existen diversas
religiones, solamente esa. Theos es su único dios, cosa que evita los
enfrentamientos bélicos causados por las diferencias teológicas. Los seguidores
de Theos se llaman ''unificados''. Además, los cargos de La Unión pueden ser
ejercidos por mujeres, de hecho, lo que llamaríamos Papa en nuestra dimensión
allí se denomina ''Madre'', y como bien indica el nombre, es una mujer y
siempre lo ha sido, ya que no ha cambiado desde que Erya se formó. Irónico pero
cierto. Por último debo añadir que los monarcas y La Unión están firmemente
conectados y su base central, La Federación, se encuentra en Merydia.- Mientras él se explayaba,
Genevieve y Lya comentaban que tal vez deberían ir a aquella base de la que hablaba
Max. Yo hacía como si les escuchara.
-Bueno, pero antes de ir a La Federeración,
deberíamos pasarnos por alguna tienda de ropa, no podéis ir así por Merydia,
van a pensar que sois... extrañas. Obviemos que lo sois.- Comentó la reina, con
poco tacto, aunque supongo que no pretendía ofender.
-Yo no tengo nada mejor que
hacer...- Accedí.
La fantasma se acercó a la
ventana y se quedó embobada unos minutos mirando por ella, a través de aquel
claro cristal por el cual unas gotas hacían carreras, se podía apreciar la
lluvia.
-Si hemos de salir... será mejor
que sea ya...- Dijo mientras se giraba para mirarnos. -Cuando mi cuerpo toca el
agua, me materializo... Y... N...no me gustaría asustar a nadie...- Nos
advirtió.
-Pues... Adelantaos, dime el
nombre de la tienda y cuando Guillermo se despierte, vamos. Me quedaré
cuidándole.- Se ofreció Mathew.
-Estaremos en la tienda
''Fábula'' de la calle mayor.- Le indicó Genevieve gestualizando.
Y así lo hicimos, salimos del
castillo y la lluvia golpeaba el suelo sin ceso, yo llevaba mi capucha puesta,
la cíclope uno de sus pomposos trajes, esta vez con detalles en verde lima,
conjuntando con su paraguas. Pero justo cuando la espectro dio un paso fuera
del castillo, su cuerpo se fue volviendo opaco, hasta dar la impresión de que
era de carne y hueso. Qué maravillosa estampa.
Recorrimos las extensas calles de
Merydia dando un paseo. Eran algo estrechas y a veces había que pasar algún que
otro puente que levitaba en el aire o que se mecía al pasar porque sólo lo
sostenían unas cuerdas. Además, el ambiente no era limpio, siempre, aunque
hiciera sol, que no era el caso, una neblina turbiaba la luz solar. Lo que más
curioso se me hizo, a parte de los ropajes de la gente que por allí caminaba,
fue el elevador. Los elevadores, al parecer, los usaban los merydianos para
subir y bajar de ''piso'', constaban de un gran tornillo como base, que iba
rodando desenroscándose y enroscándose para llegar a su destino, gracias a unos
engranajes que había en la parte baja. Era importante ponerse lo más cerca del
centro posible, porque de no ser así corrías el riesgo de hacerte daño.
[Planos dibujados por la autora]
Poco después de bajar de aquel
extraño, pero útil invento, llegamos a una calle algo transitada, cuyos caminos
eran de piedra y lo único que mis ojos pudieron apreciar eran la cantidad de
tiendas que allí habían. Cientos de personas salían y entraban de ellas
cargando bolsas llenas, se podían ver a los maridos como mulas de carga,
caballerosidad no les faltaba. También habían carteles escritos en tinta y
papel de pergamino en los cuales ponía ''rebajas'' o ''50% de descuento''. El
paraíso para alguien como Genevieve, pero sinceramente, un infierno para
alguien como yo, sencilla e indecisa, me costaba elegir ropa que de verdad
reflejara como soy, y dudaba que alguno de aquellos maravillosos, pero
excesivamente adornados vestidos me terminara de gustar.
Entramos a uno de los muchos
establecimientos, como anteriormente había indicado Genevieve, se llamaba
Fábula, era notable por el cartel encima de la puerta que llevaba dicha palabra
escrita. Al entrar un olor a lavanda alegró mis fosas nasales y con él, una
hermosa dama de largos y rizados cabellos violetas y peinado extravagante a
juego de su largo vestido nos recibió. Por su aspecto casi humano, intuí que sería una antropomorfo en reposo.
-Su majestad, es un placer volver
a verla, ¿qué le trae por aquí?- La saludó con amabilidad.
-Hoy venía buscando vestimentas
para mis dos huéspedes.- Le respondió señalándonos a ambas.
La joven costurera, oficio que
intuí por la cantidad de telas y utensilios para coser que habían en la sala,
nos miró a ambas de arriba a abajo.
-Una niña empapada, y una chica
enmascarada, curioso y... Difícil tarea, sabes que me gustan los retos.- Nos
sonrió a las tres y se dirigió a una especie de trastienda de la cual sacó unos
cuantos vestidos.
-P...pero yo no puedo probarme
ropa... La mojaría...- Se preocupó la pequeña.
-No importa, si mojas un vestido,
ya se secará, no sufras por ello.- Le guiñó el ojo la dependienta, parecía
amable, al menos cara al público daba buena imagen. -Y... ¿quién va primero?-
Preguntó después.
-¡ELLA!- Grité dándole un pequeño
empujoncito a la espectro de carne y hueso, que tímidamente asintió con la
cabeza.
-Veamos... A ti te tendré que
poner un traje juvenil, que resalte tus rojizos ojos y le dé color a tu
imagen... Pruébate este.- Y le dio uno de los vestidos que portaba en el brazo.
Entró con él a una especie de
probador, cuya entrada cubría una tela aterciopelada de color granate, minutos
después salió. Le quedaba maravilloso. Era parecido al que llevaba Genevieve
puesto en aquel momento, sólo que el color de éste era azul marino. De verdad
me gustó el resultado, aunque como sus cabellos estaban húmedos el cuello de
éste se empapó.
-M...me gusta...- Dijo decidida,
aunque con un lindo rubor en sus mejillas.
-Me alegra; ahora es tu turno.- La encargada de la tienda se dirigió a mí con una chispa de curiosidad en su mirada. -¿Harías el favor de quitarte la máscara y la caperuza que me impiden ver tu rostro y cabello?- preguntó.
Cualquiera en mi situación se habría quedado en blanco, pero yo no, supongo que después de tanto tiempo aprendí a cuidarme de la gente demasiado curiosa. Asentí, y sonriente entré al probador de donde había salido mi nueva amiga, allí, hice lo que la dependienta me pidió, pero obviamente no iba a mostrarle mi verdadera faz, no, me coloqué, en su lugar, la diadema de lágrima celeste. Mis cabellos se tornaron rosados, mis ojos verdosos y mis rasgos más finos, como era de esperarse.
Al salir, dos de las tres muchachas que me espectaban mostraron una expresión de sorpresa, la otra en cambio, de deseo. Sea como fuere, todas disimularon, y acabé por probarme cuatrocientosmil vestidos aquella tarde. Fue una verdadera pesadilla, porque, como bien supuse, ninguno me convencía. Que si muy azul, que si muy pomposo, que si demasiado rosa, que si el violeta combinaba con mis ojos, un jaleo que me provocó dolor de cabeza.
Cosa que al final, lo que me salvó de aquella incomodísima situación fue el ruído de la puerta al abrirse, y que por ella entraran dos mozos que se hacían llamar caballeros. Pero más que salvarme me provocaron un nuevo problema: ellos no debían saber que Desy era Dez y yo estaba vestida como la pelirrosada. Y mi jaqueca aumentaba. ¿Qué diablos debía hacer? Me hubiera vuelto de nuevo al probador de no ser porque inmediatamente cuestionaron mi presencia.
-Vaya, ¿no sois vos Desyré la camarera de aquel hostal en Zeother?- Preguntó Guillermo.
-Lo soy, me alegro de volver a veros.
-¿Qué hacéis aquí? ¿Dónde está Dez?- Me interrogó Mathew.
-Nos la encontramos de casualidad, al parecer está de vacaciones. Dez se ha marchado, dijo que no le gustaba ir de tiendas.-Intercedió Genevieve por mí, salvándome el pellejo.
-Qué coincidencia...- Al parecer Guillermo sospechaba que mentíamos.
-Bueno, ha sido un placer volver a verles, pero debo marcharme ya.- Me despedí, Lya y la dependienta me siguieron el juego a pesar de no entender nada.
Me marché, la lluvia había amainado, dejando el suelo encharcado y humedad en el ambiente. Caminaba sin rumbo por aquellas abarrotadas calles. No me percaté de que me había dejado la máscara y la capa allí dentro. Lo que nunca sabré es cómo fue que mi máscara acabó en manos de Guillermo, mientras que la capa la escondió la reina en un buen acto impulsado con el fin de ayudar. El dientes de sable estuvo siguiéndome, pero tampoco me di cuenta de aquello. Yo sólo pensaba que me perdería y no sabría regresar.
Y justo en el clímax de mi desesperación escuché una riña proveniente de una estrecha calle, vi un hombre discutir con otro, no entendí muy bien la conversación, pero sin saber cómo una cosa llevó a la otra, uno de ellos huyó cuchillo sangriento en mano mientras el otro yacía moribundo en el suelo.
-¡Ayuda! ¡Hay un hombre herido!- Grité pidiendo auxilio, cuando vi que la gente que por allí pasaba se paraba a atenderle, salí escopeteada tras el fugitivo y presunto asesino, aunque con aquel molesto vestido que llevaba puesto me resultaba bastante complicado.
Le seguí subiendo a uno de aquellos tornillos gigantescos que cambiaban de piso, éste me elevó, también pasé por un cruce de 4 carriles que se movía solo gracias a los engranajes que había situados debajo de la estructura. Me chocaba con gente, hice que pararan sin querer algunos vehículos aerostáticos. Hasta que por fin, llegamos a una especie de mirador, estaba acorralado: el vacío o yo.
-Oh, ¿una pequeña niñita me va a apresar?- Se burló de mí.
-Tú lo has dicho.- Siempre guardaba un as bajo la manga, o en este caso, una guadaña de doble forma plegada.
Me miró fijamente con una sonrisa macabra, sus ojos eran de color amarillo eléctrico, en ese momento supe que algo no andaba bien. En un parpadeo de ojos se convirtió en un águila enorme, casi tan grande como el dragón que hacía unos días había derrotado, sus uñas estaban realmente afiladas, al igual que su pico. Daba miedo, no voy a negarlo.
Se acercó volando hacia mí, abriendo sus garras como si me fuera a atrapar, pero pasó de mí como si no existiera, aunque tenía una razón, cuando miré hacia atrás vi como agarraba al caballero transformado en dientes de sable, incrustándole las largas uñas. Se dirigió al precipicio y descendió en picado. Corrí a mirar si había demasiada altura, en efecto, era una muerte asegurada si caía en mal lugar. El ave seguía bajando.
-Lo que se hace por amor...- Me abofeteé flojo la frente, respiré hondo y me lancé al vacío.
Caí, el corazón me iba a cien, el aire en la cara era como si me la patearan sin piedad. Cerré los ojos esperando despertar en una mullida cama y poder decir ''Uff, ha sido todo un sueño'', pero no fue así, no aquella vez. El tiempo se me hizo eterno, lo suficiente como para replantearme si había sido una buena idea saltar por él, sobretodo tratándose de alguien como Guillermo. Supongo que el impulso me lo dio el corazón, no iba a verlo marchar de nuevo, no ahora que tenía la oportunidad de salvarlo, aunque sólo se tratara del espejismo que llegó a ser en mi vida el Guille al que amé. Gracias a Theos aterricé donde lo tenía planeado, encima del águila, que soltó un sonido de dolor y comenzó a desviarse, tambaleándose, intentó de todas las maneras posibles hacerme caer y deshacerse de mí, pero yo estaba bien agarrada a sus plumas, así que fue en vano. Supuse que el caballero no se había quedado de brazos cruzados y habría intentado escapar, también en vano.
-Guillermo, agárrate, se avecinan turbulencias. -Ni siquiera sabía si entendió el chiste, pero gruñó, eso significaba que de todas maneras no le había gustado, o tal vez si le gustaba, pero no era un buen momento para chanzas, y llevaba razón.
Puse uno de los filos de la Segadora de Almas en su cuello, rozándolo, casi pinchándolo.
-A ver, pajarraco, o subes de nuevo y te entregas, o bajas. Pero degollado.- Me respondió con otro sonido semejante al anterior, pero al final me hizo caso y se elevó hacia aquel mirador de donde yo había saltado.
Tardamos un rato en llegar, y cuando lo hicimos, los guardias de Merydia ya habían sido avisados. Nos pusieron a salvo, nos interrogaron y lo apresaron. Agradecieron nuestra ayuda. Luego se marcharon tan rápido como llegaron.
Guillermo volvió a su forma semihumana y soltó un suspiro de alivio.
-No tendrías por qué haberlo hecho, Dez.- Posó su mano sobre mi hombro, y una sensación entre paz y nervios se acumuló en mí.
-Sé que tú hubieras hecho lo mismo. -Me quedé contemplando las vistas, apoyada en la barandilla. El sol se escondía matando al cielo azul, tiñéndolo de tonos naranjas, rosas y rojizos.
-Me gustaría creer que sí.
-Sobre lo de quién soy...- Me giré para mirarle fijamente a los ojos y confesar.
-Sé de sobra quién eres.- Tras decir ésto, sacó la máscara, que había guardado y protegido durante aquella pequeña lucha, y me la colocó. -Pero quiero saber la verdad, la verdadera verdad.-
-Yo... La verdad es que... -Mi voz se volvió robótica.- Yo simplemente quería ocultar mi identidad, por miedo a ser juzgada, por miedo a no poder llevar una vida normal.- Conté la verdad en cierto modo, pero hay una verdad más grande escondida detrás de aquella. Como diría cualquier filósofo: ¿Qué es la verdad y quién puede decidirlo?
-¿Eso es todo?
-Sí.
-¿Segura? Para mí la sinceridad es lo más importante en una persona.- Me advirtió, y no le hice caso.
-Segurísima.- Respondí, era una mentirosa y una idiota, pero lo hubiera sido más si le hubiera dicho toda la verdad.
-En ese caso, te prometo mi silencio ante este secreto.- Se giró decidido a irse.
-¿Sabes?- Pregunté en un tono alto ya que se alejaba poco a poco de mí.- No eres tan malo como pensaba.- No sé cómo reaccionó exactamente, pero se paró al escuchar ésto, por lo que intuyo que le sorprendió.
-Volvamos...- Me propuso con una voz tenue y agradable.
Al regresar a la tienda la costurera nos dijo que el resto se había vuelto a palacio ya que la lluvia cesó poco después de marcharme. Le devolví el vestido, sorprendentemente no se había roto, estaba algo manchado pero nada que no se pudiera solucionar.
-He estado pensando qué conjuntos te gustarían durante tu ausencia, y he deducido que, respecto a moda, eres todo lo contrario a la reina, así que he sacado un par de atuendos, pruébatelos. La reina ha pagado de más por si acaso te agradaba alguno.- Me propuso la encargada de la tienda.
Como a Guillermo no parecía molestarle, me tomé unos minutos para probármelos. El primero lo constituían unos pantalones cortos marrones con vuelo, una camisa medio corset azulada y unas botas altas de cuero negro con guantes a conjunto. Obviamente tenían lazos y decoraciones, pero no eran demasiados, la cantidad perfecta, además llevaba un cinturón donde podría sujetar algunas armas y pociones. Me gustó cómo me quedaba con la apariencia de Desyré, una chica femenina pero fuerte.
-¿Es cómodo?
-Sí.
-Pues llévatelo, además no te queda mal.- Aquella respuesta me hizo sonreír, era un cumplido, sentía que iba avanzando.
El segundo traje constaba de una camisa blanca de época y mangas largas con un chaleco marrón encima, un pantalón corto granate que, además, era una falda y daba el efecto de ser una capa, ambos sujetados por un cinturón. Las botas eran marrones con detalles dorados y estaban sujetas gracias a otra serie de cinturones que se alzaban por lo alto de mis piernas.
-Vaya, ese te refleja como La Muerte de Zeother.- Se levantó para mirarlo mejor, pareció gustarle seriamente.
-Pues también me lo llevo.- Volvió a hacerme sonreír.
-Puedes llevártelo puesto si quieres.- Dijo la dependienta mientras me daba una bolsa con el anterior atuendo.
-Muchas gracias, ha sido un placer y espero volver a verla. -Me despedí de ella por segunda vez en el mismo día.
-Lo mismo digo, señorita. Que paséis un buen día.- Respondió.
Y nos marchamos de aquella pequeña pero bonita tienda. De camino al castillo, ninguno dijo nada, como era de esperarse, pero de repente, el caballero rompió el silencio con una repentina propuesta, aunque se le veía tan decidido que más que una propuesta parecía una demanda.
-Me gustaría batirme en duelo contra ti.- Exigió con la mirada seria.
-Me alegra; ahora es tu turno.- La encargada de la tienda se dirigió a mí con una chispa de curiosidad en su mirada. -¿Harías el favor de quitarte la máscara y la caperuza que me impiden ver tu rostro y cabello?- preguntó.
Cualquiera en mi situación se habría quedado en blanco, pero yo no, supongo que después de tanto tiempo aprendí a cuidarme de la gente demasiado curiosa. Asentí, y sonriente entré al probador de donde había salido mi nueva amiga, allí, hice lo que la dependienta me pidió, pero obviamente no iba a mostrarle mi verdadera faz, no, me coloqué, en su lugar, la diadema de lágrima celeste. Mis cabellos se tornaron rosados, mis ojos verdosos y mis rasgos más finos, como era de esperarse.
Al salir, dos de las tres muchachas que me espectaban mostraron una expresión de sorpresa, la otra en cambio, de deseo. Sea como fuere, todas disimularon, y acabé por probarme cuatrocientosmil vestidos aquella tarde. Fue una verdadera pesadilla, porque, como bien supuse, ninguno me convencía. Que si muy azul, que si muy pomposo, que si demasiado rosa, que si el violeta combinaba con mis ojos, un jaleo que me provocó dolor de cabeza.
Cosa que al final, lo que me salvó de aquella incomodísima situación fue el ruído de la puerta al abrirse, y que por ella entraran dos mozos que se hacían llamar caballeros. Pero más que salvarme me provocaron un nuevo problema: ellos no debían saber que Desy era Dez y yo estaba vestida como la pelirrosada. Y mi jaqueca aumentaba. ¿Qué diablos debía hacer? Me hubiera vuelto de nuevo al probador de no ser porque inmediatamente cuestionaron mi presencia.
-Vaya, ¿no sois vos Desyré la camarera de aquel hostal en Zeother?- Preguntó Guillermo.
-Lo soy, me alegro de volver a veros.
-¿Qué hacéis aquí? ¿Dónde está Dez?- Me interrogó Mathew.
-Nos la encontramos de casualidad, al parecer está de vacaciones. Dez se ha marchado, dijo que no le gustaba ir de tiendas.-Intercedió Genevieve por mí, salvándome el pellejo.
-Qué coincidencia...- Al parecer Guillermo sospechaba que mentíamos.
-Bueno, ha sido un placer volver a verles, pero debo marcharme ya.- Me despedí, Lya y la dependienta me siguieron el juego a pesar de no entender nada.
Me marché, la lluvia había amainado, dejando el suelo encharcado y humedad en el ambiente. Caminaba sin rumbo por aquellas abarrotadas calles. No me percaté de que me había dejado la máscara y la capa allí dentro. Lo que nunca sabré es cómo fue que mi máscara acabó en manos de Guillermo, mientras que la capa la escondió la reina en un buen acto impulsado con el fin de ayudar. El dientes de sable estuvo siguiéndome, pero tampoco me di cuenta de aquello. Yo sólo pensaba que me perdería y no sabría regresar.
Y justo en el clímax de mi desesperación escuché una riña proveniente de una estrecha calle, vi un hombre discutir con otro, no entendí muy bien la conversación, pero sin saber cómo una cosa llevó a la otra, uno de ellos huyó cuchillo sangriento en mano mientras el otro yacía moribundo en el suelo.
-¡Ayuda! ¡Hay un hombre herido!- Grité pidiendo auxilio, cuando vi que la gente que por allí pasaba se paraba a atenderle, salí escopeteada tras el fugitivo y presunto asesino, aunque con aquel molesto vestido que llevaba puesto me resultaba bastante complicado.
Le seguí subiendo a uno de aquellos tornillos gigantescos que cambiaban de piso, éste me elevó, también pasé por un cruce de 4 carriles que se movía solo gracias a los engranajes que había situados debajo de la estructura. Me chocaba con gente, hice que pararan sin querer algunos vehículos aerostáticos. Hasta que por fin, llegamos a una especie de mirador, estaba acorralado: el vacío o yo.
[Plano dibujado por la autora]
-Oh, ¿una pequeña niñita me va a apresar?- Se burló de mí.
-Tú lo has dicho.- Siempre guardaba un as bajo la manga, o en este caso, una guadaña de doble forma plegada.
Me miró fijamente con una sonrisa macabra, sus ojos eran de color amarillo eléctrico, en ese momento supe que algo no andaba bien. En un parpadeo de ojos se convirtió en un águila enorme, casi tan grande como el dragón que hacía unos días había derrotado, sus uñas estaban realmente afiladas, al igual que su pico. Daba miedo, no voy a negarlo.
Se acercó volando hacia mí, abriendo sus garras como si me fuera a atrapar, pero pasó de mí como si no existiera, aunque tenía una razón, cuando miré hacia atrás vi como agarraba al caballero transformado en dientes de sable, incrustándole las largas uñas. Se dirigió al precipicio y descendió en picado. Corrí a mirar si había demasiada altura, en efecto, era una muerte asegurada si caía en mal lugar. El ave seguía bajando.
-Lo que se hace por amor...- Me abofeteé flojo la frente, respiré hondo y me lancé al vacío.
Caí, el corazón me iba a cien, el aire en la cara era como si me la patearan sin piedad. Cerré los ojos esperando despertar en una mullida cama y poder decir ''Uff, ha sido todo un sueño'', pero no fue así, no aquella vez. El tiempo se me hizo eterno, lo suficiente como para replantearme si había sido una buena idea saltar por él, sobretodo tratándose de alguien como Guillermo. Supongo que el impulso me lo dio el corazón, no iba a verlo marchar de nuevo, no ahora que tenía la oportunidad de salvarlo, aunque sólo se tratara del espejismo que llegó a ser en mi vida el Guille al que amé. Gracias a Theos aterricé donde lo tenía planeado, encima del águila, que soltó un sonido de dolor y comenzó a desviarse, tambaleándose, intentó de todas las maneras posibles hacerme caer y deshacerse de mí, pero yo estaba bien agarrada a sus plumas, así que fue en vano. Supuse que el caballero no se había quedado de brazos cruzados y habría intentado escapar, también en vano.
-Guillermo, agárrate, se avecinan turbulencias. -Ni siquiera sabía si entendió el chiste, pero gruñó, eso significaba que de todas maneras no le había gustado, o tal vez si le gustaba, pero no era un buen momento para chanzas, y llevaba razón.
Puse uno de los filos de la Segadora de Almas en su cuello, rozándolo, casi pinchándolo.
-A ver, pajarraco, o subes de nuevo y te entregas, o bajas. Pero degollado.- Me respondió con otro sonido semejante al anterior, pero al final me hizo caso y se elevó hacia aquel mirador de donde yo había saltado.
Tardamos un rato en llegar, y cuando lo hicimos, los guardias de Merydia ya habían sido avisados. Nos pusieron a salvo, nos interrogaron y lo apresaron. Agradecieron nuestra ayuda. Luego se marcharon tan rápido como llegaron.
Guillermo volvió a su forma semihumana y soltó un suspiro de alivio.
-No tendrías por qué haberlo hecho, Dez.- Posó su mano sobre mi hombro, y una sensación entre paz y nervios se acumuló en mí.
-Sé que tú hubieras hecho lo mismo. -Me quedé contemplando las vistas, apoyada en la barandilla. El sol se escondía matando al cielo azul, tiñéndolo de tonos naranjas, rosas y rojizos.
-Me gustaría creer que sí.
-Sobre lo de quién soy...- Me giré para mirarle fijamente a los ojos y confesar.
-Sé de sobra quién eres.- Tras decir ésto, sacó la máscara, que había guardado y protegido durante aquella pequeña lucha, y me la colocó. -Pero quiero saber la verdad, la verdadera verdad.-
-Yo... La verdad es que... -Mi voz se volvió robótica.- Yo simplemente quería ocultar mi identidad, por miedo a ser juzgada, por miedo a no poder llevar una vida normal.- Conté la verdad en cierto modo, pero hay una verdad más grande escondida detrás de aquella. Como diría cualquier filósofo: ¿Qué es la verdad y quién puede decidirlo?
-¿Eso es todo?
-Sí.
-¿Segura? Para mí la sinceridad es lo más importante en una persona.- Me advirtió, y no le hice caso.
-Segurísima.- Respondí, era una mentirosa y una idiota, pero lo hubiera sido más si le hubiera dicho toda la verdad.
-En ese caso, te prometo mi silencio ante este secreto.- Se giró decidido a irse.
-¿Sabes?- Pregunté en un tono alto ya que se alejaba poco a poco de mí.- No eres tan malo como pensaba.- No sé cómo reaccionó exactamente, pero se paró al escuchar ésto, por lo que intuyo que le sorprendió.
-Volvamos...- Me propuso con una voz tenue y agradable.
Al regresar a la tienda la costurera nos dijo que el resto se había vuelto a palacio ya que la lluvia cesó poco después de marcharme. Le devolví el vestido, sorprendentemente no se había roto, estaba algo manchado pero nada que no se pudiera solucionar.
-He estado pensando qué conjuntos te gustarían durante tu ausencia, y he deducido que, respecto a moda, eres todo lo contrario a la reina, así que he sacado un par de atuendos, pruébatelos. La reina ha pagado de más por si acaso te agradaba alguno.- Me propuso la encargada de la tienda.
Como a Guillermo no parecía molestarle, me tomé unos minutos para probármelos. El primero lo constituían unos pantalones cortos marrones con vuelo, una camisa medio corset azulada y unas botas altas de cuero negro con guantes a conjunto. Obviamente tenían lazos y decoraciones, pero no eran demasiados, la cantidad perfecta, además llevaba un cinturón donde podría sujetar algunas armas y pociones. Me gustó cómo me quedaba con la apariencia de Desyré, una chica femenina pero fuerte.
-Y bien, ¿qué opinas?- Esperé una respuesta, obviamente sería borde tratándose de Guillermo, pero aún así quería oírla.
-¿Es cómodo?
-Sí.
-Pues llévatelo, además no te queda mal.- Aquella respuesta me hizo sonreír, era un cumplido, sentía que iba avanzando.
El segundo traje constaba de una camisa blanca de época y mangas largas con un chaleco marrón encima, un pantalón corto granate que, además, era una falda y daba el efecto de ser una capa, ambos sujetados por un cinturón. Las botas eran marrones con detalles dorados y estaban sujetas gracias a otra serie de cinturones que se alzaban por lo alto de mis piernas.
-Pues también me lo llevo.- Volvió a hacerme sonreír.
-Puedes llevártelo puesto si quieres.- Dijo la dependienta mientras me daba una bolsa con el anterior atuendo.
-Muchas gracias, ha sido un placer y espero volver a verla. -Me despedí de ella por segunda vez en el mismo día.
-Lo mismo digo, señorita. Que paséis un buen día.- Respondió.
Y nos marchamos de aquella pequeña pero bonita tienda. De camino al castillo, ninguno dijo nada, como era de esperarse, pero de repente, el caballero rompió el silencio con una repentina propuesta, aunque se le veía tan decidido que más que una propuesta parecía una demanda.
-Me gustaría batirme en duelo contra ti.- Exigió con la mirada seria.













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