Recuerdo un nítido sueño que tuve durante el viaje. No soy una buena "cuentasueños" por eso intentaré contarlo como un cuento.
«Érase una vez una chica centauro que desde pequeña había demostrado especial curiosidad por los humanos. Siempre que tenía oportunidad leía libros sobre ellos, muchos os preguntaréis qué era lo que tanto le fascinaba sobre estos seres y la respuesta es nada más y nada menos que el egoísmo, pues los humanos son egoístas por naturaleza, mientras que las criaturas que ella estaba acostumbrada a ver todos los días anteponían al prójimo, lo raro allí es que alguien fuera egoísta, mientras que, por las leyendas y rumores que ella había escuchado, bien sabía que lo raro en un ser humano sería hacer algo por los demás sin ganar nada a cambio. Movida por aquel afán de descubrir, se adentró en la casa de una vieja elfa hechicera que tenía buena fama por ser la mejor en su trabajo, que era cumplir los mandatos de la gente incapaz de utilizar la energía. Allí la elfa le dijo que le concedería 3 deseos, ni uno más, ni uno menos. Ella le rogó que le trajera a un humano como primer deseo. Y así lo hizo, al día siguiente, al ir a pasear por el bosque como cada mañana, la joven se topó con un humano desorientado, aunque no era como ella lo imaginaba, pues era apuesto y educado.
-Disculpa, me he perdido, y... Ehmmm...- El chico se quedó observando sus patas.
-¿Eres un humano?- Preguntó ella curiosa, dándole vueltas para analizar cada curva, cada detalle.
-Sí, y, si no es atrevido preguntar, ¿tú qué eres?- Dijo impactado.
-Soy un centauro, obviamente, ¿nunca habías visto uno?- le respondió extrañada.
-No, no hay donde yo vivo... Pero la verdadera pregunta es... ¿Dónde estoy?-
-Pues verás...-
Y la centauro le resumió todo lo que se debe saber de Erya. El chico mostró ingenio y ganas de aprender sobre el lugar, cuanto más sabía, más le maravillaba. Además, descubrió cosas sobre la centauro, como que tenía un hermano pequeño que andaba cojo de nacimiento, que le gustaba comer estofado calentito de su abuela, y le encantaba mirar las estrellas por la noche. Ella aprendió también cosas sobre el humano, como que le gustaba leer mientras tomaba café, que su familia era algo pobre y que en el instituto se metían con él por sacar buenas calificaciones. Pasaron la tarde hablando, sentados a la sombra de un árbol. Hasta que el cielo se oscureció. Era la hora de que se marchara. Ella le decidió llevar a la casa de la hechicera para que le concediera 3 deseos.
-Creo que esto es un adiós.- Afirmó el chico con tono triste.
-¿Volverás?- le preguntó algo decaída.
-Sólo si tú quieres que vuelva.- Él le guiñó un ojo. Ella sonrió.
Pasaron los días y ambos deseaban verse, pero ninguno se atrevía a dar el paso. Una mañana la joven centauro decidió que se armaría de valentía, y se lo pediría a la hechicera. Y así lo hizo. Poco después el chico apareció perdido otra vez en el gran bosque.
-Disculpa, creo que me he perdido.- Se rió bromeando cuando la vio aparecer.
-Ya lo veo, ya.- Le correspondió la risa.
Pasaron el día hablando, de nuevo. Él le contó cosas sobre el mundo del que venía, la llamada Tierra, ella quedó maravillada con cada detalle, él se explicaba con entusiasmo:
-Y tenemos un día para conmemorar al trabajador, y en ese día no se trabaja, ¿te lo puedes creer?- Dijo como si fuera algo extraordinario.
-Que extraños sois los de tu raza.- Ella se rió perpleja.
-Oye... ¿Y no te gustaría venir algún día a la Tierra?- Le preguntó entusiasmado.
-Claro... Pero... Me da algo de miedo.- La centauro miró al suelo algo avergonzada.
-No te preocupes, yo te protegeré.- Sentenció con ánimo de héroe. Ella asintió con la cabeza.
Los dos desearon ir a la tierra, ella gastó su 3er deseo, y él su 2do. Al llegar allí aparecieron en medio de una calle amplia y transitada, ella quedó impactada, pues los coches le pitaban, la gente la miraba, los niños la señalaban e incluso algunos maleducados le gritaban. La hicieron sentir incómoda, cuando de repente él chilló, "¿Qué coño miráis, engendros?" la cogió de la mano y le tiró tan fuerte que ella pensó que le dislocaría el hombro, corrió sin mirar atrás hasta llegar a un callejón por el cual no pasaba a penas gente.
-¿Estás bien?- Preguntó muy preocupado.
-Sí... Aunque algo decepcionada.- Confesó.
-Así somos los humanos, decepcionantes...- Afirmó cabizbajo.
-Pero tú eres diferente... Ojalá pudiéramos vernos más.- Dijo ella. Él se sonrojó al principio, pero luego lo entendió: ella estaba enamorada, y cuando se fueran a separar y a no verse nunca más, sufriría por su culpa.
-¿A sí?- Entonces la volvió a coger de la mano, pasearon durante unos minutos hasta llegar a un gran parque. Allí él se subió a un banco y dejó el sombrero, que llevaba puesto, en el suelo. -VEAN A LA CRIATURA MÁS MONSTRUOSA DEL MUNDO, UNA CHICA CENTAURO. SI LES IMPRESIONA DEJEN SU DINERO EN EL SOMBRERO.- Gritó.
-P-pero... ¿Qué demonios haces?- Preguntó ella susurrando. La gente se amontonaba, cuchicheaba y dejaba su dinero, el sombrero llegó a llenarse. La joven centauro estaba atemorizaba, no sabía en quién confiar, se sentía sola.
-Imagínate cuánto dinero podría ganar si te llevo a la televisión...- Fingió ser un completo cretino y lo consiguió.
-¿Para eso me has traído? ¿Para ganar dinero a costa de mí? ¡Sí eres un completo idiota, como el resto de los humanos! Devuélveme ahora mismo a mi casa.- Ordenó ella levantando al chico, cogiéndole de la camiseta con su fuerza innata.
-Está bien, está bien, deseo que ella vuelva a su casa.- Y así se hizo, gastó su tercer y último deseo, ella desapareció volviéndose mero polvo, la multitud estaba callada y expectante. Luego el barullo volvió.
-Se acabó la función, todo por cortesía del Teatro San Juan y su grupo de maquilladores y especialistas.- Sonrió como si hubiera estado todo planeado. La gente empezó a aplaudir desconcertada, le dieron más dinero, pues a los humanos siempre les han gustado las explicaciones lógicas, aunque sean una pura mentira. El chico cogió su sombrero lleno de dinero y se fue.
Él no volvió a saber nada de ella, ella no volvió a saber nada de él. Meses más tarde el chico se confesó a sí mismo lo que era evidente: él también se había enamorado. Tal vez porque ella era diferente, quizá porque ella le entendía o puede que porque sólo con ella podía decir lo que pensaba sin sentirse oprimido, fuera cual fuera la razón, ya no importaba, porque ella se había marchado, creyendo que todos los humanos eran iguales, pero era lo mejor. Mejor que alimentar un amor imposible, mejor que soñar despierto.
El joven, además, decidió invertir todo el dinero que ganó en hacerle una estatua a la bella centauro. La cual residiría y perduraría en aquel parque y le recordaría por siempre que hubo alguien que le miró con el corazón.»
Tampoco me considero la mejor cuentacuentos, pero se hace lo que se puede. Después de eso me desperté con el sonido del carruaje parando.
-Dez, querida, despierta, hemos llegado, llevas dos días durmiendo.- Genevieve me intentaba despertar acariciándome el rostro con suavidad.
-Mami, 5 minutos más...- Le respondí inconsciente de lo que hacía, con voz de zombie y dando una vuelta sobre mí misma. Segundos más tarde entré en razón y abrí los ojos velozmente. -¿Has dicho dos días?- Me incorporé y desperecé.
-Eso he dicho.- Puso la mano delante de su boca mientras se reía de la situación.
-¡Osti...! Digo digo, ¡vaya!- me froté los ojos incrédula -¿Y dónde se supone que hemos llegado? ¿A Merydia?- Pregunté desorientada.
-No exactamente... Míralo tú misma.- Me incitó a salir.
Abrí la puerta, posando mis pies en el suelo después de un día de puro movimiento. Debo admitir que me mareé un poco. Cuando alcé la vista vi que Guillermo y Mathew estaban observando algo que me dejó sin aliento: un enorme golem, de aproximadamente 20 metros de altura. El corazón de este brillaba, era de un tono bígaro, entre azulado y violeta. Tenía los brazos extendidos, imponiéndose, a su alrededor flotaban trozos de piedra, moviéndose en círculos, que marcaban el inicio de la barrera, la cual separaba Zeother de Merydia.
-¿Y ahora qué?- Lancé la pregunta en voz alta.
-Ahora el golem se despierta y nos mata a todos.- Contestó Guillermo con tono burlesco.
-Ja-ja qué gracioso.- Solté irónicamente.
-Los golems te analizan, miran en tu interior y saben si te deben dejar pasar o no. Aunque la excusa tiene que ser muy buena porque está terminantemente prohibido salir del reino sin especial permiso del que lo gobierna.- Afirmó Sir Grigorii con un tono seco.
-Pero no te debes preocupar, Dez, estás con dos monarcas, no te puede pasar nada malo. Mathew, enséñale cómo se hace.- Le ordenó Genevieve, que intentó calmarme. Yo estaba algo atemorizada, he de admitirlo.
-Como quiera, su majestad.- Tras decir esto se acercó a la enorme criatura hasta colocarse justo en frente.
El golem cruzó los brazos y un rayo del color anteriormente mencionado le apuntó fijamente. Entonces éste comenzó a hablar con una voz grave que infundía respeto.
-Mathew Keel, licántropo de buen linaje, caballero de Zeother, amante de lo siniestro, ¿vienes por orden del rey de Zeother?-
-Afirmativo.- Respondió el caballero.
-Acceso permitido.- Sentenció y estiró sus brazos de nuevo, entonces un portón se abrió escandaloso, atravesaba a la enorme criatura por el centro dejando ver un camino por el cual el chico pudo traspasar la barrera mágica.
-Te toca.- Me susurró la reina.
-¿P...pero y si dice algo que no debería decir?- Le pregunté en voz muy bajita.
-Que te relajes y vayas.- Me pegó un empujoncito poniéndome en el punto de mira del gigante ser. Éste empezó a analizarme.
-Acceso permitido.- Dijo instantáneamente.
-¿Qué diablos...?- Me abstuve a preguntar y seguí adelante.
Pasar por aquella barrera me mareó más de lo que ya lo estaba a causa del viaje. Lo que vi cuando volví en mí, me dejó perpleja. Me lo había imaginado millones de veces pero le daba mil vueltas, definitivamente en vivo impactaba más.
La ciudad estaba compuesta por edificios altos, con formas realmente extrañas, miles de ventanas y luces, ya que era de noche, por el cielo flotaban vehículos aerostáticos, el ambiente había sido ensuciado por la cantidad de humo perjudicial que salía de las fábricas, pero conforme te adentrabas a la ciudad, desaparecía, ya que estas se situaban a las afueras. Las carreteras se alzaban a cientos de metros hacia arriba, pues en este reino, no se circulaba sólo por el suelo, como ya he mencionado.
El resto logró pasar con el carruaje, me subí estando éste en marcha. Tenía muchas dudas que debían ser respondidas.
-Genevieve, ¿cómo circulan todos esos vehículos por el aire? ¿Por qué hay tantas carreteras? ¿Y tantas fábricas? ¿Por qué la gente lleva ropas extravagantes?- La colapsé a preguntas.
-A ver, contestaré las que pueda... Aquí todo funciona a vapor, con engranajes, nada de tecnología punta como en Salahdra, con esas bases se han podido crear mecanismos para que los vehículos floten. Las carreteras se alzan al cielo porque las ciudades se dividen en pisos y zonas. A las afueras, las fábricas, ya que somos la tierra madre de los inventos, y exportamos a otros reinos, incluso a los avanzados. Más cerca, la zona residencial, cuanto más alto sea el nivel donde vivas, más cantidad de dinero o poder social tienes. De ahí puedes intuir que yo viva en la cumbre. A 1500 metros sobre el cielo. La ropa... Supongo que es la moda de este lugar, aunque cada uno se personaliza los trajes de época a su gusto. Hay miles de modelos, colores, accesorios. Igual que en Zeother visten menos arreglados, aquí somos bastante perfeccionistas. Has de saber que las culturas entre los distintos reinos chocan, por eso hay gente que la tiene muy interiorizada y puede llegar a no aprobar las de los otros 3 reinos. ¿Me he explicado con claridad?- Mientras ella hablaba con su dulzura habitual yo abría los ojos como platos intentando quedarme con todo lo que decía. Asentí para hacerle ver que lo había captado.
-Señoritas, voy a poner el modo aerostático, agárrense.- Nos avisó el conductor.
La máquina comenzó a flotar y a tomar altura. Se movía con tanta rapidez que me quedaba encajada en mi asiento por la fuerza que ejercía la gravedad. Mientras tanto, miré por la ventana, a parte de que ya a penas podía ver el suelo, lo que me llamó la atención fue que la reina tuviera razón, cada persona tenía su modo de vestir diferente, dentro de lo formal que solía ir todo el mundo. En Zeother esas diferencias eran abismales, pero aquí las seguía habiendo. Sutiles, pero haberlas haylas.
Cuando quise darme cuenta ya estaba en el último piso, de la ciudad más importante de Merydia, donde vivía Genevieve. Se podría decir que era como su capital, llamada Chronos, ya que el oficio por el cual se hizo famosa fue el de relojero. Aunque ellos no sabían que la lengua en la que estaba escrita el nombre era el "griego", sabían que se trataba de un idioma antiguo, el cual se había perdido tras hacerse popular la idea de hablar sólo una lengua. Asimismo, la ciudad de donde yo venía, en Zeother, era llamada Hestia, conocida también como "el cálido hogar", porque era acogedora, tanto por sus calles como habitantes.
El castillo donde vivía Genevieve era tan extravagante como ella, ya no por estar en la cumbre, sino por la extraña arquitectura de sus torreones, por lo amplio y pulcro. Era sencillamente diferente al de Sir Grigorii. El conductor aparcó el carruaje y todos ayudamos a coger las pesadas maletas de la señorita. Al entrar, no me extrañé al ver que la decoración era exactamente la misma que en la sala del castillo de Zeother donde hablé a solas con Genevieve. Todo antiguo, rústico, clásico. Con mapas, inventos extraños, engranajes por aquí y por allá. La verdad es que me gustó, a pesar de ser chocante a la vista.
Dejamos las maletas en la habitación más alta, obviamente aposentos de la reina, era hora de que cada uno se acomodara en su dormitorio. Todos sabían dónde debían dormir, menos yo; porque todos habían estado allí antes, menos yo.
-¿Genevieve, yo dónde duermo?-
-Tú, conmigo, indudablemente. Somos chicas, no creo que haya problema, ¿no?-
-Ehmmm...- No supe qué decir, en realidad había tanto problema en dormir con un chico, como con una chica, ya que en Erya no existían las orientaciones sexuales, todos se consideraban personas que se enamoraban de otras personas independientemente de su sexo, sin prejuicios ni etiquetas. Como no me apetecía entrar en discusión por aquella tontería, me resigné y asentí.
Todos se retiraron y yo entré a los aposentos de la reina. La decoración era la misma que el resto del castillo, pero ésta habitación era la más grande sin duda. Gracias a la intimidad que me daba estar a solas con Genevieve, me quité la máscara, la capa y el resto de accesorios incómodos. Ella se despojó de su vestido y se puso un camisón de tela fina y transparente, con el cual se podía ver perfectamente su ropa interior.
-¿N...no es muy atrevido ese pijama?- Le pregunté tapándome los ojos con las manos, como si verla me convirtiera en una pervertida.
-Oh, cierto, tú no te has traído ropa... Si quieres te dejo uno, y mañana vamos de compras, para que encajes en Merydia.- Me propuso ella.
-Como quiera... Pero no ha contestado a la pregunta...- Yo seguía sin mirar, muerta de vergüenza.
-Es muy atrevido, pero me gusta ver tu cara sonrojada.- Se acercó a mí y me apartó las manos, con las cuales me estaba cubriendo. Al volver a mirar, tragué saliva y me intenté acostumbrar a las vistas. -Así me gusta, ahora ponte tú el tuyo.- Me extendió la mano y me dio una prenda de ropa muy pequeña.
Me quité el traje de cuero, de espaldas, para que ella no me viera, y me coloqué el pijama. Era una camiseta extremadamente corta, transparente y con escote. A penas me cubría de cintura para abajo y me sentí como si perturbara mi privacidad. Me di la vuelta con expresión disgustada.
-Joder, te queda demasiado bien, Didi.- Me inspeccionó con su peculiar ojo.
-A ver, primero, no, queda demasiado provocativo para mi gusto; segundo, ¿Didi?- La situación me superaba.
-Sólo te voy a ver yo, no te apures. Didi es porque no sé si llamarte "Dez", "Desyré" o "Vera". Así que te pongo mi propio apodo y no me caliento la cabeza.- Me aclaró, aunque a mí me pareció algo ridículo, asentí y me metí dentro de la cama, que por cierto era matrimonial. Todo iba de mal en peor.
Ella al verme algo frustrada, hizo lo mismo. Ambas quedamos dormidas al instante, o eso supuse. Pero en medio de la noche, algo húmedo en el cuello me hizo desvelarme. Era Genevieve lamiéndome.
-Lo siento... ¿Te he despertado? Sinceramente no puedo dormir, sabiendo que alguien como tú está durmiendo a mi lado. P...por favor, no digas nada, esto me abochorna más que a ti.- Ella estaba al natural, sin maquillaje, con aquel camisón ceñido, el pelo revuelto; un mechón cayó tapando su rostro ruborizado, se lo apartó con un gesto vergonzoso y me miró. A mis ojos ella era un ángel, un ángel cuyas intenciones no entendía, ¿qué querría alguien como ella de una persona como yo?
[Imagen dibujada por la autora]
Me limité a no abrir la boca para dejar que ella hablara:
-Yo... Yo siempre he sido admirada por todos, siempre he conseguido lo que quería, pero la verdad es que no quería lo que conseguía, pues acababa siendo utilizada tanto por hombres como mujeres. Todos me miran con ojos lujuriosos y eso me da tanto pavor como repulsión. Nunca he tenido una pareja estable, nunca he admirado a nadie. Simplemente besaba por besar, tenía sexo por compasión o por mero placer... Hasta que te vi, tan deslumbrante, tan fuerte, tan diferente al resto... Tan perdida en aquel baile de almas que se movían por instinto... Tú destacabas... Por eso quiero pedirte algo... Por favor, tómame. Haz que deje de sentir que soy una muñeca rota...- El ojo se le llenó de lágrimas. Nunca sentí que pudiera dolerme tanto algo que ni siquiera había vivido en mis propias carnes. La empatía que sentí hizo que se me rompiera el corazón. Me incorporé y la abracé fuertemente, no sabía qué más hacer.
[Imagen dibujada por la autora]
-Pero... Yo...- No sabía como decirle que no le correspondía. Ella terminó la frase por mí.
-Tú estás enamorada de otro, lo sé. También sé que nunca has tenido este tipo de contacto con una mujer. Déjame que yo te guíe, sólo te pido una noche... Para comprobar si esa admiración que siento por ti es algo más. Después te dejaré en paz...- Le miré fijamente al ojo, su mirada era sincera. Me dejé llevar.
Ella me agarró del mentón y acercó sus dulces labios a los míos, hasta que se rozaron, luego se acariciaron y se fundieron en un profundo beso. Estaban suaves, su lengua era cálida, la brisa que entraba por la ventana hacía que la temperatura fuera perfecta, pero a nosotras nos parecía que cada vez subía más. Me mordió el labio y luego se apartó, dejando una hilera de saliva entre nosotras.
Entonces me tumbó, me quitó aquel pijama que odié tanto. Pasó su mano por todos los rincones de mi cuerpo, poniendo atención a cada curva, los pelos se me erizaron. Cogí su mano y la puse en mi pecho, para que notara lo rápido que me iba el corazón, ella sonrió, y sin querer, derramó una lágrima mientras me volvía a besar. Cuando quise darme cuenta su mano había irrumpido en lugares que había estado guardando bajo llave, por miedo a abrirlos. Pero en ese momento me dio igual, porque fue una sensación que no olvidaré en la vida. Fue maravilloso, porque la sentía cerca, porque noté su alma aferrándose a la mía, como si yo fuera las muletas que le ayudaban a caminar. Como si con mis dedos pudiera sanar todas sus heridas. Al menos lo intenté. Era la primera vez que hacía algo como aquello, pero estaba a gusto. Me sentía tranquila pese a que mi corazón no pensara lo mismo. Supongo que al fin y al cabo yo también lo necesitaba. Y así, agoté mis fuerzas junto a ella... Hasta que las dos caímos rendidas, y no negaré que esa noche tuvimos dulces sueños.
A la mañana siguiente ella me despertó con un beso en la frente. No quise preguntarle su opinión sobre lo que habíamos hecho, no sé si por vergüenza, o por miedo a que me contestara que verdaderamente me amaba. Odiaría hacerle daño.
Después de tomar el desayuno ella nos reunió a Mathew, a Guillermo y a mí en una especie de sala de estar. Cuando los 4 estábamos sentados, Genevieve se quedó callada. Los 3 caballeros nos miramos extrañados, pues no entendíamos nada. Después de unos minutos que parecieron hacerse eternos un sonido nos desconcertó. Parecía la voz de una niña pequeña llorando. Tras unos segundos paró. Por un momento pensé que me estaba volviendo loca, hasta que la reina por fin habló.
-¿Lo habéis oído?- Se quiso asegurar.
-¿Qué coño ha sido eso?- Salté yo, levantándome bruscamente de mi sillón.
-"Eso" es vuestra misión, la razón por la que quise que vinierais. Sonará ridículo pero... A veces pienso que mi castillo está embrujado... Creo que hay fantasmas.- Nos explicó atemorizada.









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