domingo, 29 de octubre de 2017

Dimension of intruders #9

Capítulo 9

-¿Fantasmas? ¿Estás segura?- Preguntó Guillermo tan sorprendido como el resto.

-Pero... si los fantasmas no existen- me reí descaradamente, aunque al ver el incómodo silencio que provoqué, me lo replanteé, quizá si existían en ésta dimensión y había dicho una tontería enorme -¿No existen, no?-

-Didi, tesoro, los fantasmas existen o no, dependiendo de a quién le preguntes. Hay gente que cree y otros que no. Mis otros sirvientes no me hicieron caso porque pensaban que decía bobadas. Yo, por ejemplo, creo. A veces hablo con mi difunto padre y me imagino que me escucha.- Me contestó Genevieve con una mirada melancólica que me invadió por dentro.

-Yo también creo.- Afirmó seriamente Mathew.

-Yo no, así que vayamos a ver qué demonios está sucediendo aquí. -Guillermo se levantó de su sillón y salió de la sala, dirigiéndose a las escaleras que daban al piso de arriba, el más alto, la habitación de donde procedía el ruido estaba justo en frente de los aposentos de la reina.

-¿Hemos dormido a unos metros del fantasma?- Susurré, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

-Ehmmm... Sí, perdona que no te lo dijera antes, me sentía segura a tu lado...- Confesó ella tímidamente. -Por cierto, esa habitación es la de los trastos viejos, sólo hay baratijas polvorientas en mal estado, por eso no quería entrar...- Añadió justo antes de que abriéramos la puerta.

Ésta chirrió y tras ella pudimos ver una habitación oscura, iluminada únicamente por un pequeño tragaluz en lo alto. Estaba, como bien había dicho la reina, llena de objetos cubiertos por una gran capa de polvo y alguna que otra telaraña. Las paredes tenían grietas y apestaba, estaba claramente descuidada, aunque sería la única en todo el castillo, pues Genevieve parecía tener una obsesión por la perfección, tanto en su imagen, como en su hogar. El llanto paró y un terrible suspense inundó la situación.

-¿H...hola? ¿F...fantasmita bonito?- lo intenté atraer, muerta de miedo.

-Socorro...- Me contestó éste, el sonido se movía por todo el lugar.

-Vaya, no pensé que funcionaría, soy una cazafantasmas de primera.- Hice como si mis dedos fueran una pistola y canté la cancioncita de esta famosa película terrícola. Mathew me miró raro.

-Deja de hacer la idiota, lo vas a espantar.- Me insultó Guillermo.

-No si antes lo espantas tú con ese careto de mierda que tienes.- Le contesté enfadada, yo sólo estaba recordando mi infancia y amainando la situación, ¿qué tenía de malo eso? ¿es que por ser Paladín debía ser seria siempre? Guillermo suspiró hondo y se calló.

-Oye, sal ya. Venimos en son de paz.- Dijo Mathew mientras nos ignoraba.

Algo me tocó el hombro por detrás, pensé que sería Genevieve pero alcé la vista y comprobé que estaba delante. Al girarme, la vi. Tenía la apariencia de una chica joven, de mirada triste, largos cabellos plateados, ojos color rojo sangriento, piel extremadamente blanca, pero ante todo ella era translúcida, se podía ver a través de ella, aunque no demasiado claro está. Al mirar hacia abajo vi que sus pies no tocaban el suelo, estaba levitando.


[Dibujo realizado por la autora]


-E...ehmmm... Chicos...- Les llamé para que se giraran. Al hacerlo Genevieve gritó a pleno pulmón y Guillermo se desplomó desmayado.

-Vaya par...- Suspiró Mathew, que le extendió la mano como si nada al espectro. - Perdona la mala educación de mis amigos, somos los caballeros de Zeother y ella la reina de Merydia. Encantados.- Dijo con la mayor brevedad y educación posible.

-Yo... no sé quién soy... Ni qué hago aquí... Llevo semanas atrapada...- Nos contó con un filo de voz, tras darle la mano temerosa a Mathew. Yo me froté los ojos incrédula, aún no asimilaba que estuviera conversando con un fantasma.

-Vale, está bien, conservemos la calma...- Genevieve contó hasta 10 y se relajó. -¿Quieres bajar a la sala de estar y nos cuentas lo que te ocurre?- Propuso.

-Bu...bueno...- Accedió no muy convencida, su voz era una mezcla entre un susurro y un tono normal, cortada, rasgada y muy fina, como de niña pequeña.

Dispuesta a salir y metida en mis pensamientos contradictorios que se encontraban en una disputa sobre si lo que estaba viendo era real o no, di un paso hacia delante en un acto reflejo provocado por mi mente, y sin darme cuenta, atravesé sin querer a la joven espectro.

-¡L...lo siento mucho! No era mi intención, de veras.- Me disculpé con los ojos cerrados, pensé que se enfadaría y toda su furia de ente paranormal recaería sobre mí, pero al abrir los ojos, sólo vi una débil niña con cara de tristeza.



-No... vuelvas a hacer eso, por favor... Duele...- Se frotó los ojos y segundos después esbozó una leve sonrisa, como para darme a entender que un error lo tenía cualquiera.

Era demasiado dócil, quiero decir, no era lo que me habían metido en la cabeza durante toda mi vida: en la tierra, los fantasmas eran protagonistas de películas de terror en las que siempre matan a alguien. Aquí, la pequeña tenía más miedo de mí, que yo de ella. Como si la pudiera re-matar o algo por el estilo... Qué absurdo.

La cíclope me adelantó liderando el camino, la seguía nuestra nueva conocida, Mathew me dio un codazo, entre líneas entendí ''No la espantes'', y tenía razón, tal vez yo era demasiado torpe. Intenté quitarme el incómodo y reciente incidente de la mente, mientras cogía de los brazos a Guillermo y Mathew, de los pies. He de decir que aquel chico pesaba lo suyo, pero con la ayuda del licántropo pudimos llevarlo hacia la sala haciendo un esfuerzo mínimo. Nadie dijo ni una sola palabra durante el trayecto.

Una vez allí, colocamos a nuestra carga en uno de los sofás. Yo me estiré haciendo crujir mi espalda, para luego sentarme al rededor de una extraña y rústica mesa, junto al resto. La reina nos ofreció una taza de té, todos aceptamos menos la fantasma, por... razones obvias.

-Y bueno, cuéntanos todo lo que logres recordar... A ver si sacamos algo en claro.- Sugirió Genevieve intrigada.

-Yo... Sólo recuerdo despertarme y ver oscuridad por todos lados menos en el techo. Tenía miedo... Quería salir de allí y por eso lloraba...- Confesó la joven apretando con sus manos un colgante, como si éste le protegiera. -Gracias por sacarme de allí...- Añadió con un tono de timidez.

-De nada. Por cierto, ¿qué llevas ahí?- Tal vez soné un poco maleducada pero realmente tenía curiosidad por ver la forma del collar.

La chica lo soltó y nos dejó ver que lo que colgaba de su cuello no era nada más ni nada menos que una luna menguante con una especie de inscripción. Genevieve se acercó a ella alucinada.




-¿Lya?- Pronunció mientras leía -¿Te llamas así? ¿Y eres unificada?- Dijo mostrando una pulsera que siempre llevaba escondida, con el mismo símbolo y su nombre.




-Puede que sea mi nombre, sin luz en aquel cuarto no lo podía leer. Sin embargo creo que recuerdo algo de una Unión.- Intentó desencapotar sus pensamientos, parecía tener amnesia, aunque al menos se acordaba de algo.

Antes de que yo pudiera preguntar en voz alta qué diantres era La Unión, y meter la pata como siempre, Max me explicó por el pinganillo un dato sobre aquel mundo que era importante saber, ¿cómo era que no me había dicho antes algo tan crucial?

-La Unión en Erya es como La Iglesia en la Tierra, una de las diferencias es que allí no existen diversas religiones, solamente esa. Theos es su único dios, cosa que evita los enfrentamientos bélicos causados por las diferencias teológicas. Los seguidores de Theos se llaman ''unificados''. Además, los cargos de La Unión pueden ser ejercidos por mujeres, de hecho, lo que llamaríamos Papa en nuestra dimensión allí se denomina ''Madre'', y como bien indica el nombre, es una mujer y siempre lo ha sido, ya que no ha cambiado desde que Erya se formó. Irónico pero cierto. Por último debo añadir que los monarcas y La Unión están firmemente conectados y su base central, La Federación, se encuentra en Merydia.- Mientras él se explayaba, Genevieve y Lya comentaban que tal vez deberían ir a aquella base de la que hablaba Max. Yo hacía como si les escuchara.

-Bueno, pero antes de ir a La Federeración, deberíamos pasarnos por alguna tienda de ropa, no podéis ir así por Merydia, van a pensar que sois... extrañas. Obviemos que lo sois.- Comentó la reina, con poco tacto, aunque supongo que no pretendía ofender.

-Yo no tengo nada mejor que hacer...- Accedí.

La fantasma se acercó a la ventana y se quedó embobada unos minutos mirando por ella, a través de aquel claro cristal por el cual unas gotas hacían carreras, se podía apreciar la lluvia.


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-Si hemos de salir... será mejor que sea ya...- Dijo mientras se giraba para mirarnos. -Cuando mi cuerpo toca el agua, me materializo... Y... N...no me gustaría asustar a nadie...- Nos advirtió.

-Pues... Adelantaos, dime el nombre de la tienda y cuando Guillermo se despierte, vamos. Me quedaré cuidándole.- Se ofreció Mathew.

-Estaremos en la tienda ''Fábula'' de la calle mayor.- Le indicó Genevieve gestualizando.

Y así lo hicimos, salimos del castillo y la lluvia golpeaba el suelo sin ceso, yo llevaba mi capucha puesta, la cíclope uno de sus pomposos trajes, esta vez con detalles en verde lima, conjuntando con su paraguas. Pero justo cuando la espectro dio un paso fuera del castillo, su cuerpo se fue volviendo opaco, hasta dar la impresión de que era de carne y hueso. Qué maravillosa estampa.




Recorrimos las extensas calles de Merydia dando un paseo. Eran algo estrechas y a veces había que pasar algún que otro puente que levitaba en el aire o que se mecía al pasar porque sólo lo sostenían unas cuerdas. Además, el ambiente no era limpio, siempre, aunque hiciera sol, que no era el caso, una neblina turbiaba la luz solar. Lo que más curioso se me hizo, a parte de los ropajes de la gente que por allí caminaba, fue el elevador. Los elevadores, al parecer, los usaban los merydianos para subir y bajar de ''piso'', constaban de un gran tornillo como base, que iba rodando desenroscándose y enroscándose para llegar a su destino, gracias a unos engranajes que había en la parte baja. Era importante ponerse lo más cerca del centro posible, porque de no ser así corrías el riesgo de hacerte daño.

[Planos dibujados por la autora]


Poco después de bajar de aquel extraño, pero útil invento, llegamos a una calle algo transitada, cuyos caminos eran de piedra y lo único que mis ojos pudieron apreciar eran la cantidad de tiendas que allí habían. Cientos de personas salían y entraban de ellas cargando bolsas llenas, se podían ver a los maridos como mulas de carga, caballerosidad no les faltaba. También habían carteles escritos en tinta y papel de pergamino en los cuales ponía ''rebajas'' o ''50% de descuento''. El paraíso para alguien como Genevieve, pero sinceramente, un infierno para alguien como yo, sencilla e indecisa, me costaba elegir ropa que de verdad reflejara como soy, y dudaba que alguno de aquellos maravillosos, pero excesivamente adornados vestidos me terminara de gustar.




Entramos a uno de los muchos establecimientos, como anteriormente había indicado Genevieve, se llamaba Fábula, era notable por el cartel encima de la puerta que llevaba dicha palabra escrita. Al entrar un olor a lavanda alegró mis fosas nasales y con él, una hermosa dama de largos y rizados cabellos violetas y peinado extravagante a juego de su largo vestido nos recibió. Por su aspecto casi humano, intuí que sería una antropomorfo en reposo.





-Su majestad, es un placer volver a verla, ¿qué le trae por aquí?- La saludó con amabilidad.

-Hoy venía buscando vestimentas para mis dos huéspedes.- Le respondió señalándonos a ambas.

La joven costurera, oficio que intuí por la cantidad de telas y utensilios para coser que habían en la sala, nos miró a ambas de arriba a abajo.

-Una niña empapada, y una chica enmascarada, curioso y... Difícil tarea, sabes que me gustan los retos.- Nos sonrió a las tres y se dirigió a una especie de trastienda de la cual sacó unos cuantos vestidos.

-P...pero yo no puedo probarme ropa... La mojaría...- Se preocupó la pequeña.

-No importa, si mojas un vestido, ya se secará, no sufras por ello.- Le guiñó el ojo la dependienta, parecía amable, al menos cara al público daba buena imagen. -Y... ¿quién va primero?- Preguntó después.

-¡ELLA!- Grité dándole un pequeño empujoncito a la espectro de carne y hueso, que tímidamente asintió con la cabeza.

-Veamos... A ti te tendré que poner un traje juvenil, que resalte tus rojizos ojos y le dé color a tu imagen... Pruébate este.- Y le dio uno de los vestidos que portaba en el brazo.

Entró con él a una especie de probador, cuya entrada cubría una tela aterciopelada de color granate, minutos después salió. Le quedaba maravilloso. Era parecido al que llevaba Genevieve puesto en aquel momento, sólo que el color de éste era azul marino. De verdad me gustó el resultado, aunque como sus cabellos estaban húmedos el cuello de éste se empapó.




-M...me gusta...- Dijo decidida, aunque con un lindo rubor en sus mejillas.

-Me alegra; ahora es tu turno.- La encargada de la tienda se dirigió a mí con una chispa de curiosidad en su mirada. -¿Harías el favor de quitarte la máscara y la caperuza que me impiden ver tu rostro y cabello?- preguntó.

Cualquiera en mi situación se habría quedado en blanco, pero yo no, supongo que después de tanto tiempo aprendí a cuidarme de la gente demasiado curiosa. Asentí, y sonriente entré al probador de donde había salido mi nueva amiga, allí, hice lo que la dependienta me pidió, pero obviamente no iba a mostrarle mi verdadera faz, no, me coloqué, en su lugar, la diadema de lágrima celeste. Mis cabellos se tornaron rosados, mis ojos verdosos y mis rasgos más finos, como era de esperarse.

Al salir, dos de las tres muchachas que me espectaban mostraron una expresión de sorpresa, la otra en cambio, de deseo. Sea como fuere, todas disimularon, y acabé por probarme cuatrocientosmil vestidos aquella tarde. Fue una verdadera pesadilla, porque, como bien supuse, ninguno me convencía. Que si muy azul, que si muy pomposo, que si demasiado rosa, que si el violeta combinaba con mis ojos, un jaleo que me provocó dolor de cabeza.



Cosa que al final, lo que me salvó de aquella incomodísima situación fue el ruído de la puerta al abrirse, y que por ella entraran dos mozos que se hacían llamar caballeros. Pero más que salvarme me provocaron un nuevo problema: ellos no debían saber que Desy era Dez y yo estaba vestida como la pelirrosada. Y mi jaqueca aumentaba. ¿Qué diablos debía hacer? Me hubiera vuelto de nuevo al probador de no ser porque inmediatamente cuestionaron mi presencia.

-Vaya, ¿no sois vos Desyré la camarera de aquel hostal en Zeother?- Preguntó Guillermo.

-Lo soy, me alegro de volver a veros.

-¿Qué hacéis aquí? ¿Dónde está Dez?- Me interrogó Mathew.

-Nos la encontramos de casualidad, al parecer está de vacaciones. Dez se ha marchado, dijo que no le gustaba ir de tiendas.-Intercedió Genevieve por mí, salvándome el pellejo.

-Qué coincidencia...- Al parecer Guillermo sospechaba que mentíamos.

-Bueno, ha sido un placer volver a verles, pero debo marcharme ya.- Me despedí, Lya y la dependienta me siguieron el juego a pesar de no entender nada.

Me marché, la lluvia había amainado, dejando el suelo encharcado y humedad en el ambiente. Caminaba sin rumbo por aquellas abarrotadas calles. No me percaté de que me había dejado la máscara y la capa allí dentro. Lo que nunca sabré es cómo fue que mi máscara acabó en manos de Guillermo, mientras que la capa la escondió la reina en un buen acto impulsado con el fin de ayudar. El dientes de sable estuvo siguiéndome, pero tampoco me di cuenta de aquello. Yo sólo pensaba que me perdería y no sabría regresar.

Y justo en el clímax de mi desesperación escuché una riña proveniente de una estrecha calle, vi un hombre discutir con otro, no entendí muy bien la conversación, pero sin saber cómo una cosa llevó a la otra, uno de ellos huyó cuchillo sangriento en mano mientras el otro yacía moribundo en el suelo.




-¡Ayuda! ¡Hay un hombre herido!- Grité pidiendo auxilio, cuando vi que la gente que por allí pasaba se paraba a atenderle, salí escopeteada tras el fugitivo y presunto asesino, aunque con aquel molesto vestido que llevaba puesto me resultaba bastante complicado.

Le seguí subiendo a uno de aquellos tornillos gigantescos que cambiaban de piso, éste me elevó, también pasé por un cruce de 4 carriles que se movía solo gracias a los engranajes que había situados debajo de la estructura. Me chocaba con gente, hice que pararan sin querer algunos vehículos aerostáticos. Hasta que por fin, llegamos a una especie de mirador, estaba acorralado: el vacío o yo.

[Plano dibujado por la autora]


-Oh, ¿una pequeña niñita me va a apresar?- Se burló de mí.

-Tú lo has dicho.- Siempre guardaba un as bajo la manga, o en este caso, una guadaña de doble forma plegada.

Me miró fijamente con una sonrisa macabra, sus ojos eran de color amarillo eléctrico, en ese momento supe que algo no andaba bien. En un parpadeo de ojos se convirtió en un águila enorme, casi tan grande como el dragón que hacía unos días había derrotado, sus uñas estaban realmente afiladas, al igual que su pico. Daba miedo, no voy a negarlo.




Se acercó volando hacia mí, abriendo sus garras como si me fuera a atrapar, pero pasó de mí como si no existiera, aunque tenía una razón, cuando miré hacia atrás vi como agarraba al caballero transformado en dientes de sable, incrustándole las largas uñas. Se dirigió al precipicio y descendió en picado. Corrí a mirar si había demasiada altura, en efecto, era una muerte asegurada si caía en mal lugar. El ave seguía bajando.

-Lo que se hace por amor...- Me abofeteé flojo la frente, respiré hondo y me lancé al vacío.

Caí, el corazón me iba a cien, el aire en la cara era como si me la patearan sin piedad. Cerré los ojos esperando despertar en una mullida cama y poder decir ''Uff, ha sido todo un sueño'', pero no fue así, no aquella vez. El tiempo se me hizo eterno, lo suficiente como para replantearme si había sido una buena idea saltar por él, sobretodo tratándose de alguien como Guillermo. Supongo que el impulso me lo dio el corazón, no iba a verlo marchar de nuevo, no ahora que tenía la oportunidad de salvarlo, aunque sólo se tratara del espejismo que llegó a ser en mi vida el Guille al que amé. Gracias a Theos aterricé donde lo tenía planeado, encima del águila, que soltó un sonido de dolor y comenzó a desviarse, tambaleándose, intentó de todas las maneras posibles hacerme caer y deshacerse de mí, pero yo estaba bien agarrada a sus plumas, así que fue en vano. Supuse que el caballero no se había quedado de brazos cruzados y habría intentado escapar, también en vano.

-Guillermo, agárrate, se avecinan turbulencias. -Ni siquiera sabía si entendió el chiste, pero gruñó, eso significaba que de todas maneras no le había gustado, o tal vez si le gustaba, pero no era un buen momento para chanzas, y llevaba razón.

Puse uno de los filos de la Segadora de Almas en su cuello, rozándolo, casi pinchándolo.

-A ver, pajarraco, o subes de nuevo y te entregas, o bajas. Pero degollado.- Me respondió con otro sonido semejante al anterior, pero al final me hizo caso y se elevó hacia aquel mirador de donde yo había saltado.

Tardamos un rato en llegar, y cuando lo hicimos, los guardias de Merydia ya habían sido avisados. Nos pusieron a salvo, nos interrogaron y lo apresaron. Agradecieron nuestra ayuda. Luego se marcharon tan rápido como llegaron.

Guillermo volvió a su forma semihumana y soltó un suspiro de alivio.

-No tendrías por qué haberlo hecho, Dez.- Posó su mano sobre mi hombro, y una sensación entre paz y nervios se acumuló en mí.

-Sé que tú hubieras hecho lo mismo. -Me quedé contemplando las vistas, apoyada en la barandilla. El sol se escondía matando al cielo azul, tiñéndolo de tonos naranjas, rosas y rojizos.

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-Me gustaría creer que sí.

-Sobre lo de quién soy...- Me giré para mirarle fijamente a los ojos y confesar.

-Sé de sobra quién eres.- Tras decir ésto, sacó la máscara, que había guardado y protegido durante aquella pequeña lucha, y me la colocó. -Pero quiero saber la verdad, la verdadera verdad.-

-Yo... La verdad es que... -Mi voz se volvió robótica.- Yo simplemente quería ocultar mi identidad, por miedo a ser juzgada, por miedo a no poder llevar una vida normal.- Conté la verdad en cierto modo, pero hay una verdad más grande escondida detrás de aquella. Como diría cualquier filósofo: ¿Qué es la verdad y quién puede decidirlo?

-¿Eso es todo?

-Sí.

-¿Segura? Para mí la sinceridad es lo más importante en una persona.- Me advirtió, y no le hice caso.

-Segurísima.- Respondí, era una mentirosa y una idiota, pero lo hubiera sido más si le hubiera dicho toda la verdad.

-En ese caso, te prometo mi silencio ante este secreto.- Se giró decidido a irse.

-¿Sabes?- Pregunté en un tono alto ya que se alejaba poco a poco de mí.- No eres tan malo como pensaba.- No sé cómo reaccionó exactamente, pero se paró al escuchar ésto, por lo que intuyo que le sorprendió.

-Volvamos...- Me propuso con una voz tenue y agradable.

Al regresar a la tienda la costurera nos dijo que el resto se había vuelto a palacio ya que la lluvia cesó poco después de marcharme. Le devolví el vestido, sorprendentemente no se había roto, estaba algo manchado pero nada que no se pudiera solucionar.

-He estado pensando qué conjuntos te gustarían durante tu ausencia, y he deducido que, respecto a moda, eres todo lo contrario a la reina, así que he sacado un par de atuendos, pruébatelos. La reina ha pagado de más por si acaso te agradaba alguno.- Me propuso la encargada de la tienda.

Como a Guillermo no parecía molestarle, me tomé unos minutos para probármelos. El primero lo constituían unos pantalones cortos marrones con vuelo, una camisa medio corset azulada y unas botas altas de cuero negro con guantes a conjunto. Obviamente tenían lazos y decoraciones, pero no eran demasiados, la cantidad perfecta, además llevaba un cinturón donde podría sujetar algunas armas y pociones. Me gustó cómo me quedaba con la apariencia de Desyré, una chica femenina pero fuerte.


-Y bien, ¿qué opinas?- Esperé una respuesta, obviamente sería borde tratándose de Guillermo, pero aún así quería oírla.

-¿Es cómodo?

-Sí.

-Pues llévatelo, además no te queda mal.- Aquella respuesta me hizo sonreír, era un cumplido, sentía que iba avanzando.

El segundo traje constaba de una camisa blanca de época y mangas largas con un chaleco marrón encima, un pantalón corto granate que, además, era una falda y daba el efecto de ser una capa, ambos sujetados por un cinturón. Las botas eran marrones con detalles dorados y estaban sujetas gracias a otra serie de cinturones que se alzaban por lo alto de mis piernas.



-Vaya, ese te refleja como La Muerte de Zeother.- Se levantó para mirarlo mejor, pareció gustarle seriamente.

-Pues también me lo llevo.- Volvió a hacerme sonreír.

-Puedes llevártelo puesto si quieres.- Dijo la dependienta mientras me daba una bolsa con el anterior atuendo.

-Muchas gracias, ha sido un placer y espero volver a verla. -Me despedí de ella por segunda vez en el mismo día.

-Lo mismo digo, señorita. Que paséis un buen día.- Respondió.

Y nos marchamos de aquella pequeña pero bonita tienda. De camino al castillo, ninguno dijo nada, como era de esperarse, pero de repente, el caballero rompió el silencio con una repentina propuesta, aunque se le veía tan decidido que más que una propuesta parecía una demanda.

-Me gustaría batirme en duelo contra ti.- Exigió con la mirada seria.

domingo, 9 de julio de 2017

Dimension of intruders #8

Capítulo 8

Recuerdo un nítido sueño que tuve durante el viaje. No soy una buena "cuentasueños" por eso intentaré contarlo como un cuento.

«Érase una vez una chica centauro que desde pequeña había demostrado especial curiosidad por los humanos. Siempre que tenía oportunidad leía libros sobre ellos, muchos os preguntaréis qué era lo que tanto le fascinaba sobre estos seres y la respuesta es nada más y nada menos que el egoísmo, pues los humanos son egoístas por naturaleza, mientras que las criaturas que ella estaba acostumbrada a ver todos los días anteponían al prójimo, lo raro allí es que alguien fuera egoísta, mientras que, por las leyendas y rumores que ella había escuchado, bien sabía que lo raro en un ser humano sería hacer algo por los demás sin ganar nada a cambio. Movida por aquel afán de descubrir, se adentró en la casa de una vieja elfa hechicera que tenía buena fama por ser la mejor en su trabajo, que era cumplir los mandatos de la gente incapaz de utilizar la energía. Allí la elfa le dijo que le concedería 3 deseos, ni uno más, ni uno menos. Ella le rogó que le trajera a un humano como primer deseo. Y así lo hizo, al día siguiente, al ir a pasear por el bosque como cada mañana, la joven se topó con un humano desorientado, aunque no era como ella lo imaginaba, pues era apuesto y educado.

-Disculpa, me he perdido, y... Ehmmm...- El chico se quedó observando sus patas.

-¿Eres un humano?- Preguntó ella curiosa, dándole vueltas para analizar cada curva, cada detalle.

-Sí, y, si no es atrevido preguntar, ¿tú qué eres?- Dijo impactado.

-Soy un centauro, obviamente, ¿nunca habías visto uno?- le respondió extrañada.

-No, no hay donde yo vivo... Pero la verdadera pregunta es... ¿Dónde estoy?-

-Pues verás...-

Y la centauro le resumió todo lo que se debe saber de Erya. El chico mostró ingenio y ganas de aprender sobre el lugar, cuanto más sabía, más le maravillaba. Además, descubrió cosas sobre la centauro, como que tenía un hermano pequeño que andaba cojo de nacimiento, que le gustaba comer estofado calentito de su abuela, y le encantaba mirar las estrellas por la noche. Ella aprendió también cosas sobre el humano, como que le gustaba leer mientras tomaba café, que su familia era algo pobre y que en el instituto se metían con él por sacar buenas calificaciones. Pasaron la tarde hablando, sentados a la sombra de un árbol. Hasta que el cielo se oscureció. Era la hora de que se marchara. Ella le decidió llevar a la casa de la hechicera para que le concediera 3 deseos.

-Creo que esto es un adiós.- Afirmó el chico con tono triste.

-¿Volverás?- le preguntó algo decaída.

-Sólo si tú quieres que vuelva.- Él le guiñó un ojo. Ella sonrió.

Pasaron los días y ambos deseaban verse, pero ninguno se atrevía a dar el paso. Una mañana la joven centauro decidió que se armaría de valentía, y se lo pediría a la hechicera. Y así lo hizo. Poco después el chico apareció perdido otra vez en el gran bosque.




-Disculpa, creo que me he perdido.- Se rió bromeando cuando la vio aparecer.

-Ya lo veo, ya.- Le correspondió la risa.

Pasaron el día hablando, de nuevo. Él le contó cosas sobre el mundo del que venía, la llamada Tierra, ella quedó maravillada con cada detalle, él se explicaba con entusiasmo:

-Y tenemos un día para conmemorar al trabajador, y en ese día no se trabaja, ¿te lo puedes creer?- Dijo como si fuera algo extraordinario.

-Que extraños sois los de tu raza.- Ella se rió perpleja.

-Oye... ¿Y no te gustaría venir algún día a la Tierra?- Le preguntó entusiasmado.

-Claro... Pero... Me da algo de miedo.- La centauro miró al suelo algo avergonzada.

-No te preocupes, yo te protegeré.- Sentenció con ánimo de héroe. Ella asintió con la cabeza.

Los dos desearon ir a la tierra, ella gastó su 3er deseo, y él su 2do. Al llegar allí aparecieron en medio de una calle amplia y transitada, ella quedó impactada, pues los coches le pitaban, la gente la miraba, los niños la señalaban e incluso algunos maleducados le gritaban. La hicieron sentir incómoda, cuando de repente él chilló, "¿Qué coño miráis, engendros?" la cogió de la mano y le tiró tan fuerte que ella pensó que le dislocaría el hombro, corrió sin mirar atrás hasta llegar a un callejón por el cual no pasaba a penas gente.

-¿Estás bien?- Preguntó muy preocupado.

-Sí... Aunque algo decepcionada.- Confesó.

-Así somos los humanos, decepcionantes...- Afirmó cabizbajo.

-Pero tú eres diferente... Ojalá pudiéramos vernos más.- Dijo ella. Él se sonrojó al principio, pero luego lo entendió: ella estaba enamorada, y cuando se fueran a separar y a no verse nunca más, sufriría por su culpa.

-¿A sí?- Entonces la volvió a coger de la mano, pasearon durante unos minutos hasta llegar a un gran parque. Allí él se subió a un banco y dejó el sombrero, que llevaba puesto, en el suelo. -VEAN A LA CRIATURA MÁS MONSTRUOSA DEL MUNDO, UNA CHICA CENTAURO. SI LES IMPRESIONA DEJEN SU DINERO EN EL SOMBRERO.- Gritó.

-P-pero... ¿Qué demonios haces?- Preguntó ella susurrando. La gente se amontonaba, cuchicheaba y dejaba su dinero, el sombrero llegó a llenarse. La joven centauro estaba atemorizaba, no sabía en quién confiar, se sentía sola.

-Imagínate cuánto dinero podría ganar si te llevo a la televisión...- Fingió ser un completo cretino y lo consiguió.

-¿Para eso me has traído? ¿Para ganar dinero a costa de mí? ¡Sí eres un completo idiota, como el resto de los humanos! Devuélveme ahora mismo a mi casa.- Ordenó ella levantando al chico, cogiéndole de la camiseta con su fuerza innata.

-Está bien, está bien, deseo que ella vuelva a su casa.- Y así se hizo, gastó su tercer y último deseo, ella desapareció volviéndose mero polvo, la multitud estaba callada y expectante. Luego el barullo volvió.

-Se acabó la función, todo por cortesía del Teatro San Juan y su grupo de maquilladores y especialistas.- Sonrió como si hubiera estado todo planeado. La gente empezó a aplaudir desconcertada, le dieron más dinero, pues a los humanos siempre les han gustado las explicaciones lógicas, aunque sean una pura mentira. El chico cogió su sombrero lleno de dinero y se fue.

Él no volvió a saber nada de ella, ella no volvió a saber nada de él. Meses más tarde el chico se confesó a sí mismo lo que era evidente: él también se había enamorado. Tal vez porque ella era diferente, quizá porque ella le entendía o puede que porque sólo con ella podía decir lo que pensaba sin sentirse oprimido, fuera cual fuera la razón, ya no importaba, porque ella se había marchado, creyendo que todos los humanos eran iguales, pero era lo mejor. Mejor que alimentar un amor imposible, mejor que soñar despierto.

El joven, además, decidió invertir todo el dinero que ganó en hacerle una estatua a la bella centauro. La cual residiría y perduraría en aquel parque y le recordaría por siempre que hubo alguien que le miró con el corazón.»




Tampoco me considero la mejor cuentacuentos, pero se hace lo que se puede. Después de eso me desperté con el sonido del carruaje parando.

-Dez, querida, despierta, hemos llegado, llevas dos días durmiendo.- Genevieve me intentaba despertar acariciándome el rostro con suavidad.

-Mami, 5 minutos más...- Le respondí inconsciente de lo que hacía, con voz de zombie y dando una vuelta sobre mí misma. Segundos más tarde entré en razón y abrí los ojos velozmente. -¿Has dicho dos días?- Me incorporé y desperecé.

-Eso he dicho.- Puso la mano delante de su boca mientras se reía de la situación.

-¡Osti...! Digo digo, ¡vaya!- me froté los ojos incrédula -¿Y dónde se supone que hemos llegado? ¿A Merydia?- Pregunté desorientada.

-No exactamente... Míralo tú misma.- Me incitó a salir.

Abrí la puerta, posando mis pies en el suelo después de un día de puro movimiento. Debo admitir que me mareé un poco. Cuando alcé la vista vi que Guillermo y Mathew estaban observando algo que me dejó sin aliento: un enorme golem, de aproximadamente 20 metros de altura. El corazón de este brillaba, era de un tono bígaro, entre azulado y violeta. Tenía los brazos extendidos, imponiéndose, a su alrededor flotaban trozos de piedra, moviéndose en círculos, que marcaban el inicio de la barrera, la cual separaba Zeother de Merydia.



-¿Y ahora qué?- Lancé la pregunta en voz alta.

-Ahora el golem se despierta y nos mata a todos.- Contestó Guillermo con tono burlesco.

-Ja-ja qué gracioso.- Solté irónicamente.

-Los golems te analizan, miran en tu interior y saben si te deben dejar pasar o no. Aunque la excusa tiene que ser muy buena porque está terminantemente prohibido salir del reino sin especial permiso del que lo gobierna.- Afirmó Sir Grigorii con un tono seco.

-Pero no te debes preocupar, Dez, estás con dos monarcas, no te puede pasar nada malo. Mathew, enséñale cómo se hace.- Le ordenó Genevieve, que intentó calmarme. Yo estaba algo atemorizada, he de admitirlo.

-Como quiera, su majestad.- Tras decir esto se acercó a la enorme criatura hasta colocarse justo en frente.

El golem cruzó los brazos y un rayo del color anteriormente mencionado le apuntó fijamente. Entonces éste comenzó a hablar con una voz grave que infundía respeto.

-Mathew Keel, licántropo de buen linaje, caballero de Zeother, amante de lo siniestro, ¿vienes por orden del rey de Zeother?-

-Afirmativo.- Respondió el caballero.

-Acceso permitido.- Sentenció y estiró sus brazos de nuevo, entonces un portón se abrió escandaloso, atravesaba a la enorme criatura por el centro dejando ver un camino por el cual el chico pudo traspasar la barrera mágica.

-Te toca.- Me susurró la reina.

-¿P...pero y si dice algo que no debería decir?- Le pregunté en voz muy bajita.

-Que te relajes y vayas.- Me pegó un empujoncito poniéndome en el punto de mira del gigante ser. Éste empezó a analizarme.

-Acceso permitido.- Dijo instantáneamente.

-¿Qué diablos...?- Me abstuve a preguntar y seguí adelante.

Pasar por aquella barrera me mareó más de lo que ya lo estaba a causa del viaje. Lo que vi cuando volví en mí, me dejó perpleja. Me lo había imaginado millones de veces pero le daba mil vueltas, definitivamente en vivo impactaba más.

La ciudad estaba compuesta por edificios altos, con formas realmente extrañas, miles de ventanas y luces, ya que era de noche, por el cielo flotaban vehículos aerostáticos, el ambiente había sido ensuciado por la cantidad de humo perjudicial que salía de las fábricas, pero conforme te adentrabas a la ciudad, desaparecía, ya que estas se situaban a las afueras. Las carreteras se alzaban a cientos de metros hacia arriba, pues en este reino, no se circulaba sólo por el suelo, como ya he mencionado.





El resto logró pasar con el carruaje, me subí estando éste en marcha. Tenía muchas dudas que debían ser respondidas.

-Genevieve, ¿cómo circulan todos esos vehículos por el aire? ¿Por qué hay tantas carreteras? ¿Y tantas fábricas? ¿Por qué la gente lleva ropas extravagantes?- La colapsé a preguntas.

-A ver, contestaré las que pueda... Aquí todo funciona a vapor, con engranajes, nada de tecnología punta como en Salahdra, con esas bases se han podido crear mecanismos para que los vehículos floten. Las carreteras se alzan al cielo porque las ciudades se dividen en pisos y zonas. A las afueras, las fábricas, ya que somos la tierra madre de los inventos, y exportamos a otros reinos, incluso a los avanzados. Más cerca, la zona residencial, cuanto más alto sea el nivel donde vivas, más cantidad de dinero o poder social tienes. De ahí puedes intuir que yo viva en la cumbre. A 1500 metros sobre el cielo. La ropa... Supongo que es la moda de este lugar, aunque cada uno se personaliza los trajes de época a su gusto. Hay miles de modelos, colores, accesorios. Igual que en Zeother visten menos arreglados, aquí somos bastante perfeccionistas. Has de saber que las culturas entre los distintos reinos chocan, por eso hay gente que la tiene muy interiorizada y puede llegar a no aprobar las de los otros 3 reinos. ¿Me he explicado con claridad?- Mientras ella hablaba con su dulzura habitual yo abría los ojos como platos intentando quedarme con todo lo que decía. Asentí para hacerle ver que lo había captado.

-Señoritas, voy a poner el modo aerostático, agárrense.- Nos avisó el conductor.

La máquina comenzó a flotar y a tomar altura. Se movía con tanta rapidez que me quedaba encajada en mi asiento por la fuerza que ejercía la gravedad. Mientras tanto, miré por la ventana, a parte de que ya a penas podía ver el suelo, lo que me llamó la atención fue que la reina tuviera razón, cada persona tenía su modo de vestir diferente, dentro de lo formal que solía ir todo el mundo. En Zeother esas diferencias eran abismales, pero aquí las seguía habiendo. Sutiles, pero haberlas haylas.




Cuando quise darme cuenta ya estaba en el último piso, de la ciudad más importante de Merydia, donde vivía Genevieve. Se podría decir que era como su capital, llamada Chronos, ya que el oficio por el cual se hizo famosa fue el de relojero. Aunque ellos no sabían que la lengua en la que estaba escrita el nombre era el "griego", sabían que se trataba de un idioma antiguo, el cual se había perdido tras hacerse popular la idea de hablar sólo una lengua. Asimismo, la ciudad de donde yo venía, en Zeother, era llamada Hestia, conocida también como "el cálido hogar", porque era acogedora, tanto por sus calles como habitantes.

El castillo donde vivía Genevieve era tan extravagante como ella, ya no por estar en la cumbre, sino por la extraña arquitectura de sus torreones, por lo amplio y pulcro. Era sencillamente diferente al de Sir Grigorii. El conductor aparcó el carruaje y todos ayudamos a coger las pesadas maletas de la señorita. Al entrar, no me extrañé al ver que la decoración era exactamente la misma que en la sala del castillo de Zeother donde hablé a solas con Genevieve. Todo antiguo, rústico, clásico. Con mapas, inventos extraños, engranajes por aquí y por allá. La verdad es que me gustó, a pesar de ser chocante a la vista.




Dejamos las maletas en la habitación más alta, obviamente aposentos de la reina, era hora de que cada uno se acomodara en su dormitorio. Todos sabían dónde debían dormir, menos yo; porque todos habían estado allí antes, menos yo.

-¿Genevieve, yo dónde duermo?-

-Tú, conmigo, indudablemente. Somos chicas, no creo que haya problema, ¿no?-

-Ehmmm...- No supe qué decir, en realidad había tanto problema en dormir con un chico, como con una chica, ya que en Erya no existían las orientaciones sexuales, todos se consideraban personas que se enamoraban de otras personas independientemente de su sexo, sin prejuicios ni etiquetas. Como no me apetecía entrar en discusión por aquella tontería, me resigné y asentí.

Todos se retiraron y yo entré a los aposentos de la reina. La decoración era la misma que el resto del castillo, pero ésta habitación era la más grande sin duda. Gracias a la intimidad que me daba estar a solas con Genevieve, me quité la máscara, la capa y el resto de accesorios incómodos. Ella se despojó de su vestido y se puso un camisón de tela fina y transparente, con el cual se podía ver perfectamente su ropa interior.




-¿N...no es muy atrevido ese pijama?- Le pregunté tapándome los ojos con las manos, como si verla me convirtiera en una pervertida.

-Oh, cierto, tú no te has traído ropa... Si quieres te dejo uno, y mañana vamos de compras, para que encajes en Merydia.- Me propuso ella.

-Como quiera... Pero no ha contestado a la pregunta...- Yo seguía sin mirar, muerta de vergüenza.

-Es muy atrevido, pero me gusta ver tu cara sonrojada.- Se acercó a mí y me apartó las manos, con las cuales me estaba cubriendo. Al volver a mirar, tragué saliva y me intenté acostumbrar a las vistas. -Así me gusta, ahora ponte tú el tuyo.- Me extendió la mano y me dio una prenda de ropa muy pequeña.

Me quité el traje de cuero, de espaldas, para que ella no me viera, y me coloqué el pijama. Era una camiseta extremadamente corta, transparente y con escote. A penas me cubría de cintura para abajo y me sentí como si perturbara mi privacidad. Me di la vuelta con expresión disgustada.




-Joder, te queda demasiado bien, Didi.- Me inspeccionó con su peculiar ojo.

-A ver, primero, no, queda demasiado provocativo para mi gusto; segundo, ¿Didi?- La situación me superaba.

-Sólo te voy a ver yo, no te apures. Didi es porque no sé si llamarte "Dez", "Desyré" o "Vera". Así que te pongo mi propio apodo y no me caliento la cabeza.- Me aclaró, aunque a mí me pareció algo ridículo, asentí y me metí dentro de la cama, que por cierto era matrimonial. Todo iba de mal en peor.

Ella al verme algo frustrada, hizo lo mismo. Ambas quedamos dormidas al instante, o eso supuse. Pero en medio de la noche, algo húmedo en el cuello me hizo desvelarme. Era Genevieve lamiéndome.

-Lo siento... ¿Te he despertado? Sinceramente no puedo dormir, sabiendo que alguien como tú está durmiendo a mi lado. P...por favor, no digas nada, esto me abochorna más que a ti.- Ella estaba al natural, sin maquillaje, con aquel camisón ceñido, el pelo revuelto; un mechón cayó tapando su rostro ruborizado, se lo apartó con un gesto vergonzoso y me miró. A mis ojos ella era un ángel, un ángel cuyas intenciones no entendía, ¿qué querría alguien como ella de una persona como yo?


[Imagen dibujada por la autora]


Me limité a no abrir la boca para dejar que ella hablara:

-Yo... Yo siempre he sido admirada por todos, siempre he conseguido lo que quería, pero la verdad es que no quería lo que conseguía, pues acababa siendo utilizada tanto por hombres como mujeres. Todos me miran con ojos lujuriosos y eso me da tanto pavor como repulsión. Nunca he tenido una pareja estable, nunca he admirado a nadie. Simplemente besaba por besar, tenía sexo por compasión o por mero placer... Hasta que te vi, tan deslumbrante, tan fuerte, tan diferente al resto... Tan perdida en aquel baile de almas que se movían por instinto... Tú destacabas... Por eso quiero pedirte algo... Por favor, tómame. Haz que deje de sentir que soy una muñeca rota...- El ojo se le llenó de lágrimas. Nunca sentí que pudiera dolerme tanto algo que ni siquiera había vivido en mis propias carnes. La empatía que sentí hizo que se me rompiera el corazón. Me incorporé y la abracé fuertemente, no sabía qué más hacer.


[Imagen dibujada por la autora]


-Pero... Yo...- No sabía como decirle que no le correspondía. Ella terminó la frase por mí.

-Tú estás enamorada de otro, lo sé. También sé que nunca has tenido este tipo de contacto con una mujer. Déjame que yo te guíe, sólo te pido una noche... Para comprobar si esa admiración que siento por ti es algo más. Después te dejaré en paz...- Le miré fijamente al ojo, su mirada era sincera. Me dejé llevar.

Ella me agarró del mentón y acercó sus dulces labios a los míos, hasta que se rozaron, luego se acariciaron y se fundieron en un profundo beso. Estaban suaves, su lengua era cálida, la brisa que entraba por la ventana hacía que la temperatura fuera perfecta, pero a nosotras nos parecía que cada vez subía más. Me mordió el labio y luego se apartó, dejando una hilera de saliva entre nosotras.


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Entonces me tumbó, me quitó aquel pijama que odié tanto. Pasó su mano por todos los rincones de mi cuerpo, poniendo atención a cada curva, los pelos se me erizaron. Cogí su mano y la puse en mi pecho, para que notara lo rápido que me iba el corazón, ella sonrió, y sin querer, derramó una lágrima mientras me volvía a besar. Cuando quise darme cuenta su mano había irrumpido en lugares que había estado guardando bajo llave, por miedo a abrirlos. Pero en ese momento me dio igual, porque fue una sensación que no olvidaré en la vida. Fue maravilloso, porque la sentía cerca, porque noté su alma aferrándose a la mía, como si yo fuera las muletas que le ayudaban a caminar. Como si con mis dedos pudiera sanar todas sus heridas. Al menos lo intenté. Era la primera vez que hacía algo como aquello, pero estaba a gusto. Me sentía tranquila pese a que mi corazón no pensara lo mismo. Supongo que al fin y al cabo yo también lo necesitaba. Y así, agoté mis fuerzas junto a ella... Hasta que las dos caímos rendidas, y no negaré que esa noche tuvimos dulces sueños.

A la mañana siguiente ella me despertó con un beso en la frente. No quise preguntarle su opinión sobre lo que habíamos hecho, no sé si por vergüenza, o por miedo a que me contestara que verdaderamente me amaba. Odiaría hacerle daño.

Después de tomar el desayuno ella nos reunió a Mathew, a Guillermo y a mí en una especie de sala de estar. Cuando los 4 estábamos sentados, Genevieve se quedó callada. Los 3 caballeros nos miramos extrañados, pues no entendíamos nada. Después de unos minutos que parecieron hacerse eternos un sonido nos desconcertó. Parecía la voz de una niña pequeña llorando. Tras unos segundos paró. Por un momento pensé que me estaba volviendo loca, hasta que la reina por fin habló.

-¿Lo habéis oído?- Se quiso asegurar.

-¿Qué coño ha sido eso?- Salté yo, levantándome bruscamente de mi sillón.

-"Eso" es vuestra misión, la razón por la que quise que vinierais. Sonará ridículo pero... A veces pienso que mi castillo está embrujado... Creo que hay fantasmas.- Nos explicó atemorizada.



miércoles, 28 de junio de 2017

Dimension of intruders #7

Capítulo 7

Me quedé mirándome un rato más en el espejo, intentando convencerme a mí misma de que era la hora de salir. Tenía que hacerlo, Sir Grigorii ya debía estar estirándose de los pelos, buscándome.

Cogí el pomo de la puerta, respiré hondo y conté hasta 3 lentamente. Luego la abrí sin pensar y salí. Me dirigí hacia el salón de actos, donde se celebraría la ceremonia. Al llegar a las escaleras que bajaban hacia aquella sala, noté algo sobrevolándome y posándose en mi hombro.

-¡Pero chiquitín! ¿Cómo tú por aquí?- pregunté al pequeño buho mecánico, obviamente no obtuve respuesta. -Probablemente Guillermo te recogiera al dejarme el vestido...-

El animatrónico salió volando hacia donde había venido, y supe que era la hora. Bajé un par de escalones y de repente, oí una voz masculina anunciando mi llegada: «Dez, la nueva paladín del rey.»

[Dibujo hecho por la autora]

Me sentí observada, pero cogí fuerzas de donde no me quedaban, y seguí bajando escaleras con la cabeza bien alta. Todos me contemplaban anonadados, divisé a mis 5 compañeros cuchicheando entre ellos y mirándome extraño. Al bajarlas todas, me acerqué a ellos.

-Qué bonita estás.- Gabriel les quitó las palabras de la boca al resto.

-Bonita se queda corto.- Hann me cogió la mano y la besó, luego me sonrió con aquellos dientes perfectos y brillantes que le caracterizaban.

-Veo que sí era de tu talla.- Guillermo se acercó a mí, no supe cómo reaccionar

-Sí...- respondí mirando al suelo, al verme tan deprimida me extendió la mano.

-¿Bailas?- Preguntó cortante.

Yo asentí con la cabeza, me llevó justo al centro del salón. Era enorme, con ventanales que llegaban hasta el techo, éste era de gran altura. Al alzar la cabeza vi al rey en una especie de balcón, saludándome disimuladamente, pues debía guardar la compostura en una celebración como ésta. Había una orquesta justo debajo de él, tocando hermosas canciones lentas, sonaban algo distintas a las de la Tierra, supuse que era porque los instrumentos musicales diferían bastante de los que yo estaba acostumbrada a ver. La música habría evolucionado de otra forma.

Guillermo me agarró de la cintura, esto me pilló de sorpresa, pero en cuanto me percaté de que enserio pretendía bailar, le rodeé el cuello con mis manos. Aquella posición me incitaba a mirarle fijamente a los ojos, los cuales por alguna razón que desconocía, resplandecían. Vi, en alguna parte dentro de él a Guille, mi Guille. Pero era sólo un fantasioso espejismo escondido detrás de aquella mirada que me era tan familiar.

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-Fue un accidente, discúlpame por favor.- Se sinceró, algo seco.

-Lo sé, no te preocupes.-

-Pero Hann me dijo que habías estado llorando...- Lo dijo en un tono tan triste que hasta a mí me dolió.

-Sí, pero no importa.- Suspiré ampliamente. -Por cierto, ¿de dónde has sacado el vestido?- Intenté cambiar de tema, nunca me ha gustado mostrar mis debilidades.

-Los hombres también tenemos nuestros secretos.-

Le sonreí y aunque tuviera la máscara puesta, él lo notó, pues me devolvió una tímida sonrisa. Sorprendente pero cierto. Me encontraba anonadada pensando en lo bien que le queda a Guillermo sonreír, cuando alguien me tocó la espalda.

-Disculpa, ¿me concederías este baile?- Una voz femenina amainó mi sorpresa.

Al girarme vi a una hermosa damisela, vestida de blanco. Lo que más me llamó la atención, además de su único ojo color morado con matices azulados, fueron sus cabellos verde oscuro, rizados y recogidos en un moño que le quedaba realmente estupendo. Además, su piel era perfecta, de tez pálida que la hacía ver delicada, cual muñeca de porcelana.


Acepté con la cabeza y me adentró en un hermoso baile, me pareció realmente una ilusión, estuve encantada por sus movimientos perfectamente meditados, por su belleza innata, incluso por la melodía que tocaron en aquel preciso momento. Todo aquello hizo que me dejara llevar, que me olvidara de todo lo que había pasado aquel día. Pero entonces lo recordé: debía felicitar a la reina. Ese era el principal motivo por el cual estaba en aquella fiesta, ¿no?

-Perdone señorita, es un placer bailar con usted pero debo buscar a alguien importante...- Le solté cuidadosamente y me eché un paso hacia atrás.

-¿A quién buscas con tanta prisa, acaso yo no soy suficiente para ti?- espetó mientras seguía acercándose a mí, realmente sus palabras me impactaron.

-Pues... Oye, no es de tu incumbencia.- Ella se rió por mi comentario.

-Desy, definitivamente eres idiota.- Apareció Max de repente.

-¿Qué coj...?- me detuve para no decir algo indecente en medio de todo aquel barullo, ni llamar la atención.

-Max tiene razón- se rió algo pícara.

-¿Espera qué? Me he perdido.- Realmente no entendía nada de lo que estaba sucediendo, ¿cómo sabía ella quién era Max? ¿Y cómo lo había escuchado?

-Los cíclopes de familia adinerada tenemos buen oído. Por cierto, me llamo Genevieve (Llenevif para los ilusos que no sepan pronunciarlo :P), encantada.- La muchacha hizo una reverencia, sus verdosos rizos bailaron al compas de aquel movimiento. Yo seguía intentando comprender lo que pasaba.

-La reina de Merydia.- Aclaró por fin Max.

-¿L...la... Reina? ¡E...es todo un placer!- intenté corresponder su reverencia pero le di sin querer a un camarero que me tiró la bebida, de los vasos que llevaba en la bandeja, encima. Luego me disculpé con el empleado.

-Si es que siempre la tengo que pifiar...- Pensé que la reina creería que soy una patosa que no servía para nada.

Pero al mirarla, una luz pareció brillar ante mí. Su afable sonreír me hipnotizó, de verdad era como una muñeca, tan preciosa como delicada. Entonces acercó sus labios a mi oído y me dijo algo susurrando:

-Se te transparenta el sostén.-

-¡¿Q...qué?!- Bajé mi mirada y en efecto, creí que sería el hazmereír de la fiesta, cuando me di cuenta de que alguien me estaba colocando una chaqueta. Me giré, y vi a Guillermo que me miraba con cara de "lo que hay que aguantar".


-Gracias... Por todo...- le dije mientras me acomodaba la prenda.

-Soy tu ángel de la guarda personal, envía una paloma mensajera a la casa 69 de la calle Buenamor si vuelves a requerir mis servicios.- Dicho esto, dio media vuelta y se fue. -O grita mi nombre.- Añadió cuando estaba no muy lejos.

-Menudo cretino... Me ayuda dos veces y ya se cree el rey del mundo...- Suspiré hondo. -Bueno, tres, contando la del callejón.-

-Las damiselas en apuros son el talón de Aquiles de los caballeros, y más si son tan hermosas y fascinantes como tú. Viajera entre dimensiones.- Genevieve me tocaba el pelo dándole vueltas a un mechón suavemente con el dedo índice.

-E...ehmm...- No supe qué contestarle, ese tipo de comentarios siempre me han incomodado.

-Pero claro, él eso... No lo sabe.- Puso una sonrisa pilla en sus labios.

-Y prefiero que siga sin saberlo...- Hice una pequeña pausa para pensar en lo que acababa de pasar.- ¿Te lo ha dicho Sir Grigorii, cierto?

-Se lo dije yo.- Max seguía espectando la conversación, como un ninja, interviniendo sólo cuando era necesario.

-Acompáñame, por favor.- Me pidió Genevieve, dando por hecho que le seguiría echó a andar.

La seguí, se hacía paso entre la multitud, tal vez porque era muy bella, tal vez porque era muy conocida, o tal vez porque imponía poder y respeto, el caso es que todos se apartaban para dejarnos pasar. Llegamos a una puerta, pero ésta era distinta al resto de las del castillo, tenía dibujado un buho con virutas doradas, me sorprendió también el pomo, era complejo, una luna menguante.



-Es aquí.- En vez de estirar el pomo, lo pulsó, como si fuera un botón. La puerta se abrió chirriante, y ambas entramos velozmente para que nadie se percatara de nuestra ausencia.

La sala era pequeña, los muebles eran de colores como marrón y dorado. La luz era oscura dando un ambiente misterioso. Habían cientos de artilugios colgando del techo, mapas colocados en las paredes y un globo terráqueo en el centro, frente a una gran chimenea, la cual la reina se dispuso a mirar sentada en uno de los dos sillones que rellenaban la diminuta sala. La muchacha sacó de su bolsillo el buho metálico, parecía desconectado, pero estaba durmiendo.

-Nocturn está cansado, parece que ha tenido un día duro.- Dijo ella con una mirada cariñosa hacia el animatrónico.

-¿Nocturn? Me gusta, le queda como anillo al dedo.-

-Es el mismo nombre que le puso mi padre a su strigidae, al igual que mi abuelo, mi bisabuelo, y una larga lista de monarcas en Merydia.- Me explicó mientras acariciaba al animalito.

-Merydia... Suena exótico.- Me senté por fin en el sillón al cual le había estado dando vueltas, pero justo entonces ella se levantó y caminó hasta llegar al globo terráqueo que presidía la habitación.

-Los strigidae son el icono de Merydia, un símbolo de realeza y prestigio. Por ello estoy tremendamente agradecida por el obsequio, ya que pocos los fabrican, y muchos menos saben quiénes. El reino que gobierno con tanto orgullo es pacífico, al igual que Zeother, pero...- Se pausó mientras tocaba con el dedo la zona donde se situaba Merydia en el globo, luego volvió la cabeza para mirarme -El virus no sólo afecta a Zeother... Se extiende por toda Erya...-

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-Descuide, me esforzaré para encontrar la cura, sea como sea. Aunque me cueste la vida. -Prometí con la mano en el pecho.

-Creo en ti, Paladín. -Me agradeció mi entusiasmo con una expresión de satisfacción y volvió a sentarse en el sillón.- Pero no te he traído para hablar de eso...-

-Entonces... ¿De qué se trata?-

-He estado hablando del tema con Sir Grigorii, vendrá unos días a la corte de Merydia para hablarlo más a fondo y buscar soluciones. Quiero que tú y algunos caballeros más vengáis a escoltarle, y además tengo una misión muy importante para vosotros allí.- Me sonrió pícaramente.

-Como usted desee, señorita Genevieve.-

-¿Sabes? Me pone mucho que me digan "señorita", sobretodo alguien tan bella como tú...- Genevieve se acercó a mí, posando sus manos en mi rostro, sus labios se aproximaban a los míos lentamente.

Me puse nerviosa, mi corazón se aceleraba. Esa mujer tenía algo que podría encantar a cualquier criatura existente. Creí que me besaría cuando de repente Hann abrió la puerta de golpe, y la reina se apartó bruscamente.

-¡Dez, un dragón!- Gritó buscando mi ayuda.

-¡Voy!- Corrí hacia la puerta. -Lo siento su majestad, me reclaman.- dije antes de salir de aquel cuarto.

-Jo... Ahora que se ponía interesante...- Es lo último que pude oír de ella pues la puerta se cerró sola, dando un portazo estruendoso.

Cuando miré el salón de actos, había un barullo impresionante. La gente estaba agrupada mirando por las ventanas al jardín, cuchicheando emocionados, como si fuera una atracción. Seguí a Hann atravesando la sala, y saliendo por la puerta trasera. Entonces lo vi: era enorme, como 5 veces más grande que yo. Sus escamas eran de un rojo potente que brillaba con el reflejo del sol. Sus alas estaban desplegadas infundiendo respeto, sus ojos verdes con la pupila rasgada me miraban fijamente. Abrió su boca dejando ver sus dientes afilados y echó una llamarada de fuego a un árbol.

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Sir Grigorii usó su magia para apagar las llamas instantáneamente y que el fuego no se esparciera. Luego me miró y con un gesto me incitó a atacar. Saqué la Segadora de Almas, la cual tenía plegada (gracias a un hechizo que me enseñó el rey) en uno de los bolsillos que tenía escondidos mi vestido.

Al verme Guille se transformó en un dientes de sable, fue rápido: los colmillos se le alargaron, el pelo le creció hasta cubrirle todo el cuerpo, sus uñas se volvieron afiladas como garras y los ojos se agrandaron y volvieron amarillentos, su pupila ahora estaba rasgada, como la del dragón. Era tan escalofriante como bello.


A Hann se le curvó la espalda, se le alargó la cadera, en la zona trasera salieron dos patas más, los pies se convirtieron en pezuñas, sus extremidades inferiores ahora eran como las de un caballo, de pelaje beige.

[Dibujo hecho por la autora]


Gabriel sacó su martillo, que era casi más grande que su cabeza. Él era mestizo, pues no era tan bajito como un enano, ni tan alto como el resto de las criaturas (o la mayoría de ellas), además no parecía ser muy fuerte, sólo débil y patoso, como en la tierra; mientras, Georgei agarró de su cinturón unos frascos llenos de líquidos coloridos, cuyo propósito desconozco. Él siempre ha sido partidario de la frase "más vale maña que fuerza".

Mathew, por el contrario, ya estaba en su forma de licántropo cuando llegué, sus ojos rojos eran tan enigmáticos como en su forma humana. Su pelaje era negro con un especial brillo, como el azabache. Corría a 4 patas como un lobo normal, sólo que más grande; pero cuando caminaba despacio se ponía de pie como una persona, sus patas delanteras se alargaban y le colgaban, andaba encorvado.


Todas estas transformaciones las viví a cámara lenta, pero posiblemente sólo les llevó 5 segundos. A mí me impactó, era la primera vez que los veía de aquella forma, al menos delante de mis narices.

Los 6 cruzamos las miradas, y supimos que el baile acababa de comenzar.

Georgei fue rápido y en cuanto tuvo ocasión lanzó una de sus pociones, que se manifestó en forma de un gas amarillento, el cual aturdió a la bestia, ya que no le dejaba ver más allá de aquella neblina.

La táctica estaba clara: había que inmovilizar sus extremidades y la cola para finalmente cortarle la cabeza. Mathew tomó la iniciativa, corrió a 4 patas, tan rápido que se confundía con el viento, y le atrapó la cola posándose encima. Ésta, que tenía una maraña de pinchos al final, intentó tirarle al suelo, dando golpes que hacían temblar el terreno, pero el lobo le incrustó las pezuñas de tal manera que no se volvió a mover ni un centímetro. Yo podía ver perfectamente lo que hacía gracias a una especie de visión rayos X que Max me había incorporado en las lentes de la máscara. Posiblemente el resto de la cuadrilla también, gracias a sus habilidades.

Guillermo le siguió, yendo a por la pata delantera derecha. Se movía con el sigilo característico de los felinos, y atacaba con la misma agresividad que estos, pues no dudó en hincarle sus largos y afilados dientes. Así logró inmovilizarla.

Hann galopó hasta estar en frente de la que se situaba delante a la izquierda. Algo que le caracterizaba era su fuerza, así que le bastó un par de puñetazos que le sirvieron como calmantes.

Gabriel corrió con su mazo, el cual debía pesar poco, por la facilidad con la que lo transportaba. Sacó una soga y ató un extremo a su arma. Corrió rápidamente, esquivando los agitados empujones del dragón y tras dar par de giros la atoró en el grueso tronco de un árbol cercano a su correspondiente pata, trasera izquierda. Con la misma agilidad, volvió y dio vueltas alrededor de la misma, enrollándola así casi por completo y atrapándola en unas esposas hechas de cuerda.

Georgei volvió a usar una de sus pociones que hizo que la pata que le correspondía, trasera derecha, se congelara instantáneamente. Aunque se notaba que se iba derritiendo poco a poco, así que no quedaba mucho tiempo.

Miré a todos decidida a actuar, pues sabía que era mi turno. La niebla amarilla casi había desaparecido. Fui dando saltos en las paredes y árboles hasta toparme con la cabeza de aquel bicharraco, yo lo tenía más difícil, pues las extremidades no escupían fuego. La chaqueta de Guillermo se me había caído por el camino. Casi me alcanza con una de sus llamaradas cuando utilicé mi conjuro para parar el tiempo. Las palmas de mis manos se volvieron moradas por el minuto que duraba aquel encantamiento.

Entonces, y sólo entonces, me di cuenta, ellos eran el quinteto perfecto: Guille representaba la valentía al atacar sin pensarlo dos veces, Hann la fuerza que le hacía implacable, Gabriel la agilidad reflejada en sus movimientos, Georgei la inteligencia con la cual protegía y guiaba al resto y Mathew el misterio con el cual llevaba su poderío y seriedad inamovibles. Los cinco caballeros reales de Zeother. Debía hacerme de valer para poder decir sin tapujos que era la paladín del rey. Demostrarles de lo que era capaz.

Apreté mis manos, que cogían con firmeza el centro de mi preciada guadaña de doble forma, fruncí el ceño con una mirada asesina que nadie pudo ver, pero a mí me bastaba con sentirla. Con un leve pero constante movimiento, giré el arma como si de una hélice se tratara, una hélice afilada y cortante, la cual hundí en el cuello de mi adversario, con la facilidad con la que se corta la plastilina, su mirada se tornó inerte, su cuerpo se desplomó haciendo saltar la tierra en forma de humo.

Victoriosa me miré, tanto la Segadora de Almas como mi vestido se habían manchado del jugo de la muerte.

-¿Alguien sabe si la sangre de dragón es fácil de lavar?- Pregunté desasosegada.

-¿Acaso eso importa? ¡Lo hemos derrotado!- Aclamó Hann con alegría rebosando en su rostro.

-Sí, hemos derrotado a una criatura preciosa a costa de nada. Además a mí sí me importa.- Resoplé.

-Dez, querida, los dragones rojos no son criaturas hermosas, son temidas. De hecho son los únicos dragones que no son bellos, al menos por dentro: destruyen casas, bosques, matan animales e incluso personas. El resto son inofensivos, éste no.- Afirmó Sir Grigorii señalando al animal, que ya se estaba desvaneciendo como el polvo.- Deberías leer bien el libro que te recomendé.

-Claro, perdóneme, Sir.- Agaché la cabeza respetuosa.

-El lago Glákian.- Pronunció sin venir a cuento Mathew y se retiró, volviendo al salón de actos. Me quedé pensando qué quiso decir con eso y el silencio reinó.

-Creo que quería decir que allí puedes limpiar la sangre de dragón, bueno, en el lago Glákian se puede lavar cualquier cosa.- Me explicó Gabriel.

-Aunque te pilla un poco lejos. Si quieres estar allí para el amanecer deberías marchar ya.- Max hizo un inciso. -Se va por el camino que tienes a tu izquierda.

-Bien pues, iré hacia allá. Gracias Gabriel.- Comencé a caminar hacia la dirección que me indicó Max.

-Espera, Dez.- Guillermo me paró. Creí que no había disimulado bien y que se habría percatado de mi extraño comportamiento al hablar con Max, eso me hizo ponerme nerviosa, pero él sólo dejó caer su chaqueta sobre mis hombros, de nuevo. -Llévate un unicornio, mañana debemos marchar pronto y no me gustaría que llegaras tarde. -Se molestó en decir, como siempre anteponiendo su trabajo y su estupidez. Pero fue una estupidez cálida.

-Está bien, gracias. -Le miré fijamente a los ojos, de nuevo, abrí la boca para decir algo, pero no tenía nada que decir así que me di la vuelta y con paso ligero fui a los establos. Ensillé a mi unicornio favorito y lo monté camino al lago.

El trayecto se hizo pesado, pues atendía vagamente a las indicaciones de Max. Iba inmersa en mis pensamientos, recordando todo lo que me había ocurrido esos días. Al principio pude observar a las dríadas durmiendo con nanas a los ents. Pero cuando me adentré en las profundidades del bosque de Zeother sólo veía árboles, plantas, rocas y más árboles. Llegué a desesperarme, me empaché con los mismos paisajes, hasta que de repente vi una extraña luz azulada a lo lejos.

[Música con la que la autora se inspiró para escribir lo siguiente]


Unas melodiosas voces cantando comenzaron a oírse por aquellas zonas. Parecían voces de niños. Sus canciones no tenían siquiera letra, y se cortaban para no entenderse unas a otras. Era un bonito pero escalofriante sonido que se movía por los laterales del camino de tierra por el cual mi montura se acercaba a aquella azulada zona.

-¿Qué...?- Max me cortó antes de que pudiera preguntar.

-Son fuegos fatuos. Aquí se dice que representan a las almas puras de fallecidos que aún velan por los vivos. Así es como se comunican, con canciones incomprensibles.- Me aclaró mis dudas.

-Me transmiten paz...- dije al observar unas especies de llamaradas brillantes y azuladas escondiéndose detrás de los arbustos. Cada vez se acercaban más.

Cuando me quise dar cuenta ya estaba en el lago, al principio me deslumbró tanta luminosidad, cuando mis pupilas se hubieron adaptado, pude entender por qué aquel lugar era tan especial: el agua tenía un tono azul claro, cristalina, caía de una cascada cercana; todo estaba cubierto por fuegos fatuos, que hacían que la iluminación fuera de un tono azulado. Había árboles y todo tipo de vegetación que se había teñido del mismo color. Aquel maravilloso lugar estaba protegido dentro de una cueva, repleta de minerales transparentes, que cerca de los fuegos, también parecían turquesas.



-He aquí el lago Glákian. ¿Parece mágico verdad? Te dejo sóla para que te bañes tranquila.- Se escuchó un "click" antes de que en mi oído reinara el silencio. Parecía ser que esa vez sí respetó mi intimidad.

-Pero... Todo aquí parece mágico...- Pensé en voz alta mientras me quitaba la máscara, con lo cual la mitad de la frase sonó robótica y la otra mitad con mi voz original.

Me saqué el pinganillo del oído y dejé la chaqueta de Guillermo al lado del resto de cosas que no necesitaba, en la orilla, cerca de un arbusto bastante grande que usé como referencia.

Metí primero los pies descalzos, el agua estaba caliente, pero no ardiente, sino tibia, perfecta. Conforme caminaba se hundía mi cuerpo, arrastrando el vestido por el agua, que iba escalando, hasta llegar a mi cuello. Ésa era la máxima profundidad que podía alcanzar así que zambullí mi cabeza. Abrí los ojos bajo el agua y me percaté de que los pequeños fuegos me habían rodeado. Al sacarla a la superficie, pude observar que estaba completamente limpia, el vestido ya no tenía manchas rojas incrustadas en su preciosa tela, así que me lo quité para dejarlo secar al costado del resto de mis objetos personales. Limpié además mi preciada arma. Pero yo quería disfrutar un poco más de la paz que se sentía al estar recubierta de aquel agua purificadora.

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Nadé junto aquellas enigmáticas criaturas un rato, hasta que decidí salir porque se hacía tarde, y partíamos al amanecer hacia Merydia. Al levantarme a por mis cosas noté que el vestido ya se había secado, me miré los brazos y vi que yo tampoco estaba mojada, ese lago sí tenía algo mágico.

Me vestí de nuevo con aquella preciosa prenda que me regaló Guillermo, me coloqué bien la máscara a la cual ya me había acostumbrado. Me subí a mi montura y me dispuse a salir de allí, pero me di cuenta de que había un bifurcación en el camino.

-¿Por dónde era? ¡Mierda, Max está durmiendo! ¿Y ahora cómo me las apaño yo para volver...?- Me dije a mí misma, indignada.

Pero los pequeños fuegos me sorprendieron, rodearon mi unicornio, algunos iban delante, alumbrando la ruta de vuelta al castillo, mientras que otros iban detrás, en señal de protección. Sus melodiosos sonidos me susurraron hasta quedarme dormida. No recuerdo nada del viaje, hasta que desperté porque el animal se paró al llegar a su destino.

Aparecí en el establo, donde desensillé a la mansa criatura y la dejé descansar, no antes sin darle una manzana como recompensa. Era casi de día, lo noté en el cielo que se hacía cada vez más rosado. Como aún seguía adormilada usé el hechizo de teletransportación para no tener que hacer el esfuerzo de subir tooodas las escaleras que se necesitan para llegar a mi cuarto. Una vez allí me quité el vestido de gala y lo guardé en el armario, del cual saqué mis ropajes de paladín y me los puse con lentitud, ya que estaba algo cansada.

Me lavé la cara para despejarme, me aseé y cambié los cristales, que cubrían los ojos, de la nueva máscara a la vieja, también guardé la Segadora de almas plegada, en el cinturón multiusos. Una vez lista, salí de mi cuarto, ahora sí, por la puerta, y me dirigí a la cocina a pedirle un café a Marianne. Cuando entré la vi metiendo comida en bolsas de tela.

-Hola Marianne, vengo a hacerme un café.- Me puse a buscar los granos de café triturados.

-Tranquila señorita, yo se lo hago.- Dejó una de las bolsas a medio hacer.

-Quita, quita, yo lo hago, tú sigue a lo tuyo.- Al encontrarlo cogí un vaso, le eché leche recién ordeñada a los granos de café molidos y lo removí.

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-Como quiera... ¿Cómo le fue ayer?- me preguntó mientras acababa su tarea.

-Pues... No te lo vas a creer, bailé con Guillermo, y luego con la reina, que me invitó a ir con ella y Sir Grigorii a Merydia.- Hice una pausa para dar un sorbo a mi café. -Ah y luché contra un dragón, me manché con su sangre y fui a lavarme al lago Glákian. De hecho acabo de volver.- Añadí, ella me miró perpleja.

-Que interesante es su vida, la mía es tan rutinaria...- Suspiró al acabar de empaquetar la comida.

-Haz algo interesante, búscate un hobbie para ocupar tu tiempo libre.- Le aconsejé mientras bebía el último sorbo.

-Sí, sobre eso... Me voy a apuntar a clases de diseño... Me dio usted la idea ayer...- Confesó tímidamente.

-¡Eso es genial! ¿Me enseñarás tus diseños?- Pregunté entusiasmada dejando el vaso en el fregadero de piedra. La cocina era algo avanzada, supuse que sería por la influencia del resto de reinos.

-Claro señorita...- Me sonrió sonrojada. -Bueno, tome, llévese esto, es para el camino de ida.- Me entregó las bolsas y yo me marché.

Di un par de vueltas al castillo porque el café no había hecho efecto aún y me moría de sueño. Cuando logré salir había un carruaje enfrente de la puerta, al lado estaba Mathew montado en un unicornio de color negro, era bonito pero lúgubre, como el jinete que lo montaba.

-Que madrugador.- Le dije mientras me acercaba.

-Los licántropos a penas dormimos.- Me contestó con seriedad.

-Que pena, es uno de los mayores placeres de la vida.- Bostecé ampliamente, hablar de dormir me daba sueño.

-Veo que fuiste al lago.- Sentenció seguro de lo que decía.

-¿Lo sabes por el bostezo? ¿O porque estoy limpia?- Los ojos se me entrecerraban.

-Me lo dijeron los fuegos fatuos.-

-¿Los entiendes?- Le miré extrañada. Él asintió con la cabeza y se quedó mirando a un punto fijo detrás de mí.

Cuando me giré vi que estaba viendo como los reyes y Guillermo salían por el portón principal. Sir Grigorii se acercó a mí.

-Bueno, ya estamos todos, y como veo Marianne te ha dado las provisiones.- Aclaró mientras subía al carruaje, pero no dentro, se sentó al lado del conductor, al que saludó con una amplia sonrisa, parecían conocerse.

Guillermo había ido a por su unicornio y la reina de Merydia se metió dentro del carruaje.

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-Dez, querida, sube.- Me ordenó sacando la cabeza por la ventana de éste.

-Lo siento, pero no puedo, soy una caballera...- Contesté tímidamente

-¿Vas a desobedecer mis órdenes? Además, hoy a penas has dormido.- Genevieve era una persona insistente que siempre conseguía lo que quería, cuando lo quería.

-Como usted desee...- Suspiré hondo y entré. Era más grande de lo que aparentaba, cabía incluso una mesa. Me senté en frente de ella. -¿Cómo ha sabido que no he dormido?- Pregunté anonadada. De repente, el carromato empezó a moverse, al parecer Guillermo ya había llegado.

-Pues porque yo lo veo todo.- Señaló su ojo con cara seria, luego soltó una carcajada. -Era broma, intuición femenina.-

-Nunca falla.- Dije mirando por la ventana, y vi a Guillermo y a Mathew, pero se me hizo extraño, sólo estaban ellos.

-¿Guillermo, y el resto del quinteto fantástico?- Grité para que me oyera.

-Pues a ver, genio, ¿dónde quieres que estén? Haciendo su trabajo, que es proteger a los ciudadanos.- Me respondió mirando hacia delante.

-Ah, bueno, creí que vendrían.- Me apoyé resignada en la ventana. No me había despedido. Al menos debía avisar a Mr. y Mrs. Hummingbird de que no iría a trabajar aquella semana.

-Su majestad, ¿tiene papel y tinta? Es para escribir una carta.- Le pregunté algo preocupada.

-Pues claro, una dama siempre debe llevar lo necesario en su carruaje.- Abrió un cajón con el símbolo de luna menguante y sacó lo que le pedí. -Por cierto, Genevieve para los amigos.- Me sonrió, llevaba un vestido color morado que hacía juego con sus ojos, le gustaba arreglarse y se notaba.

-Gracias, ehmmm... Genevieve.- Le agradecí tímidamente mientras empezaba a escribir la carta.

-¿Es para un amante?- Me miró de reojo.

-Que va, es para un conocido. El anciano del hostal Hummingbird, si no le escribo se preocupa, es muy agradable.- Le expliqué parándome entre frase y frase, ya que estaba muy concentrada escribiendo.

-Hmmm, ya está.- La firmé y la doblé, luego usé mi energía para llamar una paloma, que se posó en el brazo que estaba sacando por la ventana.

-Llévale esto a los Hummingbird, ¿vale?- Le susurré, unos reflejos morados se notaban en la mirada del animal. Éste hizo un sonido para dejar claro que lo había entendido y salió volando con el papel en el pico.

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Me quedé absorta en mi mundo, esta vez mirando al techo. Los ojos se me cerraban poco a poco. De pronto Genevieve bajó una tela gruesa que tapaba las ventanas del vehículo para que nadie pudiera mirar lo que pasaba en el interior.

-Quítate la máscara y apóyate en mi regazo para dormir.- Encendió una pequeña bombilla que había en un lateral, se incorporó, estiró los brazos, me bajó la capucha y me quitó la máscara. Yo no sabía qué decir. -Eres muy guapa- Incrustó su ojo en mi persona, tanto me incomodó que cedí.

Me senté a su lado y me acurruqué en su regazo. Cerré los ojos, notaba cómo me acariciaba el cabello, ese siempre fue mi punto débil. Su aroma a jazmín ayudó a que me quedara dormida enseguida y no despertara en todo el viaje, el cual duró casi todo el día.