Me quedé mirándome un rato más en el espejo, intentando convencerme a mí misma de que era la hora de salir. Tenía que hacerlo, Sir Grigorii ya debía estar estirándose de los pelos, buscándome.
Cogí el pomo de la puerta, respiré hondo y conté hasta 3 lentamente. Luego la abrí sin pensar y salí. Me dirigí hacia el salón de actos, donde se celebraría la ceremonia. Al llegar a las escaleras que bajaban hacia aquella sala, noté algo sobrevolándome y posándose en mi hombro.
-¡Pero chiquitín! ¿Cómo tú por aquí?- pregunté al pequeño buho mecánico, obviamente no obtuve respuesta. -Probablemente Guillermo te recogiera al dejarme el vestido...-
El animatrónico salió volando hacia donde había venido, y supe que era la hora. Bajé un par de escalones y de repente, oí una voz masculina anunciando mi llegada: «Dez, la nueva paladín del rey.»
[Dibujo hecho por la autora]
Me sentí observada, pero cogí fuerzas de donde no me quedaban, y seguí bajando escaleras con la cabeza bien alta. Todos me contemplaban anonadados, divisé a mis 5 compañeros cuchicheando entre ellos y mirándome extraño. Al bajarlas todas, me acerqué a ellos.
-Qué bonita estás.- Gabriel les quitó las palabras de la boca al resto.
-Bonita se queda corto.- Hann me cogió la mano y la besó, luego me sonrió con aquellos dientes perfectos y brillantes que le caracterizaban.
-Veo que sí era de tu talla.- Guillermo se acercó a mí, no supe cómo reaccionar
-Sí...- respondí mirando al suelo, al verme tan deprimida me extendió la mano.
-¿Bailas?- Preguntó cortante.
Yo asentí con la cabeza, me llevó justo al centro del salón. Era enorme, con ventanales que llegaban hasta el techo, éste era de gran altura. Al alzar la cabeza vi al rey en una especie de balcón, saludándome disimuladamente, pues debía guardar la compostura en una celebración como ésta. Había una orquesta justo debajo de él, tocando hermosas canciones lentas, sonaban algo distintas a las de la Tierra, supuse que era porque los instrumentos musicales diferían bastante de los que yo estaba acostumbrada a ver. La música habría evolucionado de otra forma.
Guillermo me agarró de la cintura, esto me pilló de sorpresa, pero en cuanto me percaté de que enserio pretendía bailar, le rodeé el cuello con mis manos. Aquella posición me incitaba a mirarle fijamente a los ojos, los cuales por alguna razón que desconocía, resplandecían. Vi, en alguna parte dentro de él a Guille, mi Guille. Pero era sólo un fantasioso espejismo escondido detrás de aquella mirada que me era tan familiar.
-Fue un accidente, discúlpame por favor.- Se sinceró, algo seco.
-Lo sé, no te preocupes.-
-Pero Hann me dijo que habías estado llorando...- Lo dijo en un tono tan triste que hasta a mí me dolió.
-Sí, pero no importa.- Suspiré ampliamente. -Por cierto, ¿de dónde has sacado el vestido?- Intenté cambiar de tema, nunca me ha gustado mostrar mis debilidades.
-Los hombres también tenemos nuestros secretos.-
Le sonreí y aunque tuviera la máscara puesta, él lo notó, pues me devolvió una tímida sonrisa. Sorprendente pero cierto. Me encontraba anonadada pensando en lo bien que le queda a Guillermo sonreír, cuando alguien me tocó la espalda.
-Disculpa, ¿me concederías este baile?- Una voz femenina amainó mi sorpresa.
Al girarme vi a una hermosa damisela, vestida de blanco. Lo que más me llamó la atención, además de su único ojo color morado con matices azulados, fueron sus cabellos verde oscuro, rizados y recogidos en un moño que le quedaba realmente estupendo. Además, su piel era perfecta, de tez pálida que la hacía ver delicada, cual muñeca de porcelana.
Acepté con la cabeza y me adentró en un hermoso baile, me pareció realmente una ilusión, estuve encantada por sus movimientos perfectamente meditados, por su belleza innata, incluso por la melodía que tocaron en aquel preciso momento. Todo aquello hizo que me dejara llevar, que me olvidara de todo lo que había pasado aquel día. Pero entonces lo recordé: debía felicitar a la reina. Ese era el principal motivo por el cual estaba en aquella fiesta, ¿no?
-Perdone señorita, es un placer bailar con usted pero debo buscar a alguien importante...- Le solté cuidadosamente y me eché un paso hacia atrás.
-¿A quién buscas con tanta prisa, acaso yo no soy suficiente para ti?- espetó mientras seguía acercándose a mí, realmente sus palabras me impactaron.
-Pues... Oye, no es de tu incumbencia.- Ella se rió por mi comentario.
-Desy, definitivamente eres idiota.- Apareció Max de repente.
-¿Qué coj...?- me detuve para no decir algo indecente en medio de todo aquel barullo, ni llamar la atención.
-Max tiene razón- se rió algo pícara.
-¿Espera qué? Me he perdido.- Realmente no entendía nada de lo que estaba sucediendo, ¿cómo sabía ella quién era Max? ¿Y cómo lo había escuchado?
-Los cíclopes de familia adinerada tenemos buen oído. Por cierto, me llamo Genevieve (Llenevif para los ilusos que no sepan pronunciarlo :P), encantada.- La muchacha hizo una reverencia, sus verdosos rizos bailaron al compas de aquel movimiento. Yo seguía intentando comprender lo que pasaba.
-La reina de Merydia.- Aclaró por fin Max.
-¿L...la... Reina? ¡E...es todo un placer!- intenté corresponder su reverencia pero le di sin querer a un camarero que me tiró la bebida, de los vasos que llevaba en la bandeja, encima. Luego me disculpé con el empleado.
-Si es que siempre la tengo que pifiar...- Pensé que la reina creería que soy una patosa que no servía para nada.
Pero al mirarla, una luz pareció brillar ante mí. Su afable sonreír me hipnotizó, de verdad era como una muñeca, tan preciosa como delicada. Entonces acercó sus labios a mi oído y me dijo algo susurrando:
-Se te transparenta el sostén.-
-¡¿Q...qué?!- Bajé mi mirada y en efecto, creí que sería el hazmereír de la fiesta, cuando me di cuenta de que alguien me estaba colocando una chaqueta. Me giré, y vi a Guillermo que me miraba con cara de "lo que hay que aguantar".
-Gracias... Por todo...- le dije mientras me acomodaba la prenda.
-Soy tu ángel de la guarda personal, envía una paloma mensajera a la casa 69 de la calle Buenamor si vuelves a requerir mis servicios.- Dicho esto, dio media vuelta y se fue. -O grita mi nombre.- Añadió cuando estaba no muy lejos.
-Menudo cretino... Me ayuda dos veces y ya se cree el rey del mundo...- Suspiré hondo. -Bueno, tres, contando la del callejón.-
-Las damiselas en apuros son el talón de Aquiles de los caballeros, y más si son tan hermosas y fascinantes como tú. Viajera entre dimensiones.- Genevieve me tocaba el pelo dándole vueltas a un mechón suavemente con el dedo índice.
-E...ehmm...- No supe qué contestarle, ese tipo de comentarios siempre me han incomodado.
-Pero claro, él eso... No lo sabe.- Puso una sonrisa pilla en sus labios.
-Y prefiero que siga sin saberlo...- Hice una pequeña pausa para pensar en lo que acababa de pasar.- ¿Te lo ha dicho Sir Grigorii, cierto?
-Se lo dije yo.- Max seguía espectando la conversación, como un ninja, interviniendo sólo cuando era necesario.
-Acompáñame, por favor.- Me pidió Genevieve, dando por hecho que le seguiría echó a andar.
La seguí, se hacía paso entre la multitud, tal vez porque era muy bella, tal vez porque era muy conocida, o tal vez porque imponía poder y respeto, el caso es que todos se apartaban para dejarnos pasar. Llegamos a una puerta, pero ésta era distinta al resto de las del castillo, tenía dibujado un buho con virutas doradas, me sorprendió también el pomo, era complejo, una luna menguante.
-Es aquí.- En vez de estirar el pomo, lo pulsó, como si fuera un botón. La puerta se abrió chirriante, y ambas entramos velozmente para que nadie se percatara de nuestra ausencia.
La sala era pequeña, los muebles eran de colores como marrón y dorado. La luz era oscura dando un ambiente misterioso. Habían cientos de artilugios colgando del techo, mapas colocados en las paredes y un globo terráqueo en el centro, frente a una gran chimenea, la cual la reina se dispuso a mirar sentada en uno de los dos sillones que rellenaban la diminuta sala. La muchacha sacó de su bolsillo el buho metálico, parecía desconectado, pero estaba durmiendo.
-Nocturn está cansado, parece que ha tenido un día duro.- Dijo ella con una mirada cariñosa hacia el animatrónico.
-¿Nocturn? Me gusta, le queda como anillo al dedo.-
-Es el mismo nombre que le puso mi padre a su strigidae, al igual que mi abuelo, mi bisabuelo, y una larga lista de monarcas en Merydia.- Me explicó mientras acariciaba al animalito.
-Merydia... Suena exótico.- Me senté por fin en el sillón al cual le había estado dando vueltas, pero justo entonces ella se levantó y caminó hasta llegar al globo terráqueo que presidía la habitación.
-Los strigidae son el icono de Merydia, un símbolo de realeza y prestigio. Por ello estoy tremendamente agradecida por el obsequio, ya que pocos los fabrican, y muchos menos saben quiénes. El reino que gobierno con tanto orgullo es pacífico, al igual que Zeother, pero...- Se pausó mientras tocaba con el dedo la zona donde se situaba Merydia en el globo, luego volvió la cabeza para mirarme -El virus no sólo afecta a Zeother... Se extiende por toda Erya...-

-Descuide, me esforzaré para encontrar la cura, sea como sea. Aunque me cueste la vida. -Prometí con la mano en el pecho.
-Creo en ti, Paladín. -Me agradeció mi entusiasmo con una expresión de satisfacción y volvió a sentarse en el sillón.- Pero no te he traído para hablar de eso...-
-Entonces... ¿De qué se trata?-
-He estado hablando del tema con Sir Grigorii, vendrá unos días a la corte de Merydia para hablarlo más a fondo y buscar soluciones. Quiero que tú y algunos caballeros más vengáis a escoltarle, y además tengo una misión muy importante para vosotros allí.- Me sonrió pícaramente.
-Como usted desee, señorita Genevieve.-
-¿Sabes? Me pone mucho que me digan "señorita", sobretodo alguien tan bella como tú...- Genevieve se acercó a mí, posando sus manos en mi rostro, sus labios se aproximaban a los míos lentamente.
Me puse nerviosa, mi corazón se aceleraba. Esa mujer tenía algo que podría encantar a cualquier criatura existente. Creí que me besaría cuando de repente Hann abrió la puerta de golpe, y la reina se apartó bruscamente.
-¡Dez, un dragón!- Gritó buscando mi ayuda.
-¡Voy!- Corrí hacia la puerta. -Lo siento su majestad, me reclaman.- dije antes de salir de aquel cuarto.
-Jo... Ahora que se ponía interesante...- Es lo último que pude oír de ella pues la puerta se cerró sola, dando un portazo estruendoso.
Cuando miré el salón de actos, había un barullo impresionante. La gente estaba agrupada mirando por las ventanas al jardín, cuchicheando emocionados, como si fuera una atracción. Seguí a Hann atravesando la sala, y saliendo por la puerta trasera. Entonces lo vi: era enorme, como 5 veces más grande que yo. Sus escamas eran de un rojo potente que brillaba con el reflejo del sol. Sus alas estaban desplegadas infundiendo respeto, sus ojos verdes con la pupila rasgada me miraban fijamente. Abrió su boca dejando ver sus dientes afilados y echó una llamarada de fuego a un árbol.

Sir Grigorii usó su magia para apagar las llamas instantáneamente y que el fuego no se esparciera. Luego me miró y con un gesto me incitó a atacar. Saqué la Segadora de Almas, la cual tenía plegada (gracias a un hechizo que me enseñó el rey) en uno de los bolsillos que tenía escondidos mi vestido.
Al verme Guille se transformó en un dientes de sable, fue rápido: los colmillos se le alargaron, el pelo le creció hasta cubrirle todo el cuerpo, sus uñas se volvieron afiladas como garras y los ojos se agrandaron y volvieron amarillentos, su pupila ahora estaba rasgada, como la del dragón. Era tan escalofriante como bello.
A Hann se le curvó la espalda, se le alargó la cadera, en la zona trasera salieron dos patas más, los pies se convirtieron en pezuñas, sus extremidades inferiores ahora eran como las de un caballo, de pelaje beige.
[Dibujo hecho por la autora]
Gabriel sacó su martillo, que era casi más grande que su cabeza. Él era mestizo, pues no era tan bajito como un enano, ni tan alto como el resto de las criaturas (o la mayoría de ellas), además no parecía ser muy fuerte, sólo débil y patoso, como en la tierra; mientras, Georgei agarró de su cinturón unos frascos llenos de líquidos coloridos, cuyo propósito desconozco. Él siempre ha sido partidario de la frase "más vale maña que fuerza".
Mathew, por el contrario, ya estaba en su forma de licántropo cuando llegué, sus ojos rojos eran tan enigmáticos como en su forma humana. Su pelaje era negro con un especial brillo, como el azabache. Corría a 4 patas como un lobo normal, sólo que más grande; pero cuando caminaba despacio se ponía de pie como una persona, sus patas delanteras se alargaban y le colgaban, andaba encorvado.
Todas estas transformaciones las viví a cámara lenta, pero posiblemente sólo les llevó 5 segundos. A mí me impactó, era la primera vez que los veía de aquella forma, al menos delante de mis narices.
Los 6 cruzamos las miradas, y supimos que el baile acababa de comenzar.
Georgei fue rápido y en cuanto tuvo ocasión lanzó una de sus pociones, que se manifestó en forma de un gas amarillento, el cual aturdió a la bestia, ya que no le dejaba ver más allá de aquella neblina.
La táctica estaba clara: había que inmovilizar sus extremidades y la cola para finalmente cortarle la cabeza. Mathew tomó la iniciativa, corrió a 4 patas, tan rápido que se confundía con el viento, y le atrapó la cola posándose encima. Ésta, que tenía una maraña de pinchos al final, intentó tirarle al suelo, dando golpes que hacían temblar el terreno, pero el lobo le incrustó las pezuñas de tal manera que no se volvió a mover ni un centímetro. Yo podía ver perfectamente lo que hacía gracias a una especie de visión rayos X que Max me había incorporado en las lentes de la máscara. Posiblemente el resto de la cuadrilla también, gracias a sus habilidades.
Guillermo le siguió, yendo a por la pata delantera derecha. Se movía con el sigilo característico de los felinos, y atacaba con la misma agresividad que estos, pues no dudó en hincarle sus largos y afilados dientes. Así logró inmovilizarla.
Hann galopó hasta estar en frente de la que se situaba delante a la izquierda. Algo que le caracterizaba era su fuerza, así que le bastó un par de puñetazos que le sirvieron como calmantes.
Gabriel corrió con su mazo, el cual debía pesar poco, por la facilidad con la que lo transportaba. Sacó una soga y ató un extremo a su arma. Corrió rápidamente, esquivando los agitados empujones del dragón y tras dar par de giros la atoró en el grueso tronco de un árbol cercano a su correspondiente pata, trasera izquierda. Con la misma agilidad, volvió y dio vueltas alrededor de la misma, enrollándola así casi por completo y atrapándola en unas esposas hechas de cuerda.
Georgei volvió a usar una de sus pociones que hizo que la pata que le correspondía, trasera derecha, se congelara instantáneamente. Aunque se notaba que se iba derritiendo poco a poco, así que no quedaba mucho tiempo.
Miré a todos decidida a actuar, pues sabía que era mi turno. La niebla amarilla casi había desaparecido. Fui dando saltos en las paredes y árboles hasta toparme con la cabeza de aquel bicharraco, yo lo tenía más difícil, pues las extremidades no escupían fuego. La chaqueta de Guillermo se me había caído por el camino. Casi me alcanza con una de sus llamaradas cuando utilicé mi conjuro para parar el tiempo. Las palmas de mis manos se volvieron moradas por el minuto que duraba aquel encantamiento.
Entonces, y sólo entonces, me di cuenta, ellos eran el quinteto perfecto: Guille representaba la valentía al atacar sin pensarlo dos veces, Hann la fuerza que le hacía implacable, Gabriel la agilidad reflejada en sus movimientos, Georgei la inteligencia con la cual protegía y guiaba al resto y Mathew el misterio con el cual llevaba su poderío y seriedad inamovibles. Los cinco caballeros reales de Zeother. Debía hacerme de valer para poder decir sin tapujos que era la paladín del rey. Demostrarles de lo que era capaz.
Apreté mis manos, que cogían con firmeza el centro de mi preciada guadaña de doble forma, fruncí el ceño con una mirada asesina que nadie pudo ver, pero a mí me bastaba con sentirla. Con un leve pero constante movimiento, giré el arma como si de una hélice se tratara, una hélice afilada y cortante, la cual hundí en el cuello de mi adversario, con la facilidad con la que se corta la plastilina, su mirada se tornó inerte, su cuerpo se desplomó haciendo saltar la tierra en forma de humo.
Victoriosa me miré, tanto la Segadora de Almas como mi vestido se habían manchado del jugo de la muerte.
-¿Alguien sabe si la sangre de dragón es fácil de lavar?- Pregunté desasosegada.
-¿Acaso eso importa? ¡Lo hemos derrotado!- Aclamó Hann con alegría rebosando en su rostro.
-Sí, hemos derrotado a una criatura preciosa a costa de nada. Además a mí sí me importa.- Resoplé.
-Dez, querida, los dragones rojos no son criaturas hermosas, son temidas. De hecho son los únicos dragones que no son bellos, al menos por dentro: destruyen casas, bosques, matan animales e incluso personas. El resto son inofensivos, éste no.- Afirmó Sir Grigorii señalando al animal, que ya se estaba desvaneciendo como el polvo.- Deberías leer bien el libro que te recomendé.
-Claro, perdóneme, Sir.- Agaché la cabeza respetuosa.
-El lago Glákian.- Pronunció sin venir a cuento Mathew y se retiró, volviendo al salón de actos. Me quedé pensando qué quiso decir con eso y el silencio reinó.
-Creo que quería decir que allí puedes limpiar la sangre de dragón, bueno, en el lago Glákian se puede lavar cualquier cosa.- Me explicó Gabriel.
-Aunque te pilla un poco lejos. Si quieres estar allí para el amanecer deberías marchar ya.- Max hizo un inciso. -Se va por el camino que tienes a tu izquierda.
-Bien pues, iré hacia allá. Gracias Gabriel.- Comencé a caminar hacia la dirección que me indicó Max.
-Espera, Dez.- Guillermo me paró. Creí que no había disimulado bien y que se habría percatado de mi extraño comportamiento al hablar con Max, eso me hizo ponerme nerviosa, pero él sólo dejó caer su chaqueta sobre mis hombros, de nuevo. -Llévate un unicornio, mañana debemos marchar pronto y no me gustaría que llegaras tarde. -Se molestó en decir, como siempre anteponiendo su trabajo y su estupidez. Pero fue una estupidez cálida.
-Está bien, gracias. -Le miré fijamente a los ojos, de nuevo, abrí la boca para decir algo, pero no tenía nada que decir así que me di la vuelta y con paso ligero fui a los establos. Ensillé a mi unicornio favorito y lo monté camino al lago.
El trayecto se hizo pesado, pues atendía vagamente a las indicaciones de Max. Iba inmersa en mis pensamientos, recordando todo lo que me había ocurrido esos días. Al principio pude observar a las dríadas durmiendo con nanas a los ents. Pero cuando me adentré en las profundidades del bosque de Zeother sólo veía árboles, plantas, rocas y más árboles. Llegué a desesperarme, me empaché con los mismos paisajes, hasta que de repente vi una extraña luz azulada a lo lejos.
[Música con la que la autora se inspiró para escribir lo siguiente]
Unas melodiosas voces cantando comenzaron a oírse por aquellas zonas. Parecían voces de niños. Sus canciones no tenían siquiera letra, y se cortaban para no entenderse unas a otras. Era un bonito pero escalofriante sonido que se movía por los laterales del camino de tierra por el cual mi montura se acercaba a aquella azulada zona.
-¿Qué...?- Max me cortó antes de que pudiera preguntar.
-Son fuegos fatuos. Aquí se dice que representan a las almas puras de fallecidos que aún velan por los vivos. Así es como se comunican, con canciones incomprensibles.- Me aclaró mis dudas.
-Me transmiten paz...- dije al observar unas especies de llamaradas brillantes y azuladas escondiéndose detrás de los arbustos. Cada vez se acercaban más.
Cuando me quise dar cuenta ya estaba en el lago, al principio me deslumbró tanta luminosidad, cuando mis pupilas se hubieron adaptado, pude entender por qué aquel lugar era tan especial: el agua tenía un tono azul claro, cristalina, caía de una cascada cercana; todo estaba cubierto por fuegos fatuos, que hacían que la iluminación fuera de un tono azulado. Había árboles y todo tipo de vegetación que se había teñido del mismo color. Aquel maravilloso lugar estaba protegido dentro de una cueva, repleta de minerales transparentes, que cerca de los fuegos, también parecían turquesas.
-He aquí el lago Glákian. ¿Parece mágico verdad? Te dejo sóla para que te bañes tranquila.- Se escuchó un "click" antes de que en mi oído reinara el silencio. Parecía ser que esa vez sí respetó mi intimidad.
-Pero... Todo aquí parece mágico...- Pensé en voz alta mientras me quitaba la máscara, con lo cual la mitad de la frase sonó robótica y la otra mitad con mi voz original.
Me saqué el pinganillo del oído y dejé la chaqueta de Guillermo al lado del resto de cosas que no necesitaba, en la orilla, cerca de un arbusto bastante grande que usé como referencia.
Metí primero los pies descalzos, el agua estaba caliente, pero no ardiente, sino tibia, perfecta. Conforme caminaba se hundía mi cuerpo, arrastrando el vestido por el agua, que iba escalando, hasta llegar a mi cuello. Ésa era la máxima profundidad que podía alcanzar así que zambullí mi cabeza. Abrí los ojos bajo el agua y me percaté de que los pequeños fuegos me habían rodeado. Al sacarla a la superficie, pude observar que estaba completamente limpia, el vestido ya no tenía manchas rojas incrustadas en su preciosa tela, así que me lo quité para dejarlo secar al costado del resto de mis objetos personales. Limpié además mi preciada arma. Pero yo quería disfrutar un poco más de la paz que se sentía al estar recubierta de aquel agua purificadora.

Nadé junto aquellas enigmáticas criaturas un rato, hasta que decidí salir porque se hacía tarde, y partíamos al amanecer hacia Merydia. Al levantarme a por mis cosas noté que el vestido ya se había secado, me miré los brazos y vi que yo tampoco estaba mojada, ese lago sí tenía algo mágico.
Me vestí de nuevo con aquella preciosa prenda que me regaló Guillermo, me coloqué bien la máscara a la cual ya me había acostumbrado. Me subí a mi montura y me dispuse a salir de allí, pero me di cuenta de que había un bifurcación en el camino.
-¿Por dónde era? ¡Mierda, Max está durmiendo! ¿Y ahora cómo me las apaño yo para volver...?- Me dije a mí misma, indignada.
Pero los pequeños fuegos me sorprendieron, rodearon mi unicornio, algunos iban delante, alumbrando la ruta de vuelta al castillo, mientras que otros iban detrás, en señal de protección. Sus melodiosos sonidos me susurraron hasta quedarme dormida. No recuerdo nada del viaje, hasta que desperté porque el animal se paró al llegar a su destino.
Aparecí en el establo, donde desensillé a la mansa criatura y la dejé descansar, no antes sin darle una manzana como recompensa. Era casi de día, lo noté en el cielo que se hacía cada vez más rosado. Como aún seguía adormilada usé el hechizo de teletransportación para no tener que hacer el esfuerzo de subir tooodas las escaleras que se necesitan para llegar a mi cuarto. Una vez allí me quité el vestido de gala y lo guardé en el armario, del cual saqué mis ropajes de paladín y me los puse con lentitud, ya que estaba algo cansada.
Me lavé la cara para despejarme, me aseé y cambié los cristales, que cubrían los ojos, de la nueva máscara a la vieja, también guardé la Segadora de almas plegada, en el cinturón multiusos. Una vez lista, salí de mi cuarto, ahora sí, por la puerta, y me dirigí a la cocina a pedirle un café a Marianne. Cuando entré la vi metiendo comida en bolsas de tela.
-Hola Marianne, vengo a hacerme un café.- Me puse a buscar los granos de café triturados.
-Tranquila señorita, yo se lo hago.- Dejó una de las bolsas a medio hacer.
-Quita, quita, yo lo hago, tú sigue a lo tuyo.- Al encontrarlo cogí un vaso, le eché leche recién ordeñada a los granos de café molidos y lo removí.
-Como quiera... ¿Cómo le fue ayer?- me preguntó mientras acababa su tarea.
-Pues... No te lo vas a creer, bailé con Guillermo, y luego con la reina, que me invitó a ir con ella y Sir Grigorii a Merydia.- Hice una pausa para dar un sorbo a mi café. -Ah y luché contra un dragón, me manché con su sangre y fui a lavarme al lago Glákian. De hecho acabo de volver.- Añadí, ella me miró perpleja.
-Que interesante es su vida, la mía es tan rutinaria...- Suspiró al acabar de empaquetar la comida.
-Haz algo interesante, búscate un hobbie para ocupar tu tiempo libre.- Le aconsejé mientras bebía el último sorbo.
-Sí, sobre eso... Me voy a apuntar a clases de diseño... Me dio usted la idea ayer...- Confesó tímidamente.
-¡Eso es genial! ¿Me enseñarás tus diseños?- Pregunté entusiasmada dejando el vaso en el fregadero de piedra. La cocina era algo avanzada, supuse que sería por la influencia del resto de reinos.
-Claro señorita...- Me sonrió sonrojada. -Bueno, tome, llévese esto, es para el camino de ida.- Me entregó las bolsas y yo me marché.
Di un par de vueltas al castillo porque el café no había hecho efecto aún y me moría de sueño. Cuando logré salir había un carruaje enfrente de la puerta, al lado estaba Mathew montado en un unicornio de color negro, era bonito pero lúgubre, como el jinete que lo montaba.
-Que madrugador.- Le dije mientras me acercaba.
-Los licántropos a penas dormimos.- Me contestó con seriedad.
-Que pena, es uno de los mayores placeres de la vida.- Bostecé ampliamente, hablar de dormir me daba sueño.
-Veo que fuiste al lago.- Sentenció seguro de lo que decía.
-¿Lo sabes por el bostezo? ¿O porque estoy limpia?- Los ojos se me entrecerraban.
-Me lo dijeron los fuegos fatuos.-
-¿Los entiendes?- Le miré extrañada. Él asintió con la cabeza y se quedó mirando a un punto fijo detrás de mí.
Cuando me giré vi que estaba viendo como los reyes y Guillermo salían por el portón principal. Sir Grigorii se acercó a mí.
-Bueno, ya estamos todos, y como veo Marianne te ha dado las provisiones.- Aclaró mientras subía al carruaje, pero no dentro, se sentó al lado del conductor, al que saludó con una amplia sonrisa, parecían conocerse.
Guillermo había ido a por su unicornio y la reina de Merydia se metió dentro del carruaje.
-Dez, querida, sube.- Me ordenó sacando la cabeza por la ventana de éste.
-Lo siento, pero no puedo, soy una caballera...- Contesté tímidamente
-¿Vas a desobedecer mis órdenes? Además, hoy a penas has dormido.- Genevieve era una persona insistente que siempre conseguía lo que quería, cuando lo quería.
-Como usted desee...- Suspiré hondo y entré. Era más grande de lo que aparentaba, cabía incluso una mesa. Me senté en frente de ella. -¿Cómo ha sabido que no he dormido?- Pregunté anonadada. De repente, el carromato empezó a moverse, al parecer Guillermo ya había llegado.
-Pues porque yo lo veo todo.- Señaló su ojo con cara seria, luego soltó una carcajada. -Era broma, intuición femenina.-
-Nunca falla.- Dije mirando por la ventana, y vi a Guillermo y a Mathew, pero se me hizo extraño, sólo estaban ellos.
-¿Guillermo, y el resto del quinteto fantástico?- Grité para que me oyera.
-Pues a ver, genio, ¿dónde quieres que estén? Haciendo su trabajo, que es proteger a los ciudadanos.- Me respondió mirando hacia delante.
-Ah, bueno, creí que vendrían.- Me apoyé resignada en la ventana. No me había despedido. Al menos debía avisar a Mr. y Mrs. Hummingbird de que no iría a trabajar aquella semana.
-Su majestad, ¿tiene papel y tinta? Es para escribir una carta.- Le pregunté algo preocupada.
-Pues claro, una dama siempre debe llevar lo necesario en su carruaje.- Abrió un cajón con el símbolo de luna menguante y sacó lo que le pedí. -Por cierto, Genevieve para los amigos.- Me sonrió, llevaba un vestido color morado que hacía juego con sus ojos, le gustaba arreglarse y se notaba.
-Gracias, ehmmm... Genevieve.- Le agradecí tímidamente mientras empezaba a escribir la carta.
-¿Es para un amante?- Me miró de reojo.
-Que va, es para un conocido. El anciano del hostal Hummingbird, si no le escribo se preocupa, es muy agradable.- Le expliqué parándome entre frase y frase, ya que estaba muy concentrada escribiendo.
-Hmmm, ya está.- La firmé y la doblé, luego usé mi energía para llamar una paloma, que se posó en el brazo que estaba sacando por la ventana.
-Llévale esto a los Hummingbird, ¿vale?- Le susurré, unos reflejos morados se notaban en la mirada del animal. Éste hizo un sonido para dejar claro que lo había entendido y salió volando con el papel en el pico.

Me quedé absorta en mi mundo, esta vez mirando al techo. Los ojos se me cerraban poco a poco. De pronto Genevieve bajó una tela gruesa que tapaba las ventanas del vehículo para que nadie pudiera mirar lo que pasaba en el interior.
-Quítate la máscara y apóyate en mi regazo para dormir.- Encendió una pequeña bombilla que había en un lateral, se incorporó, estiró los brazos, me bajó la capucha y me quitó la máscara. Yo no sabía qué decir. -Eres muy guapa- Incrustó su ojo en mi persona, tanto me incomodó que cedí.
Me senté a su lado y me acurruqué en su regazo. Cerré los ojos, notaba cómo me acariciaba el cabello, ese siempre fue mi punto débil. Su aroma a jazmín ayudó a que me quedara dormida enseguida y no despertara en todo el viaje, el cual duró casi todo el día.







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