jueves, 19 de enero de 2017

Dimension of intruders #3

Capítulo 3

-¿Cómo ha hecho eso? ¿Me va a enseñar a hacer cosas con magia? -Le consulté tan sorprendida como entusiasmada.

-¿¡Magia!? Has dicho... ¿magia? -Me miró fijamente con una expresión de desconcierto.

-Disculpe por la osadía, pero llevo casi un mes esperando a que me reciba, ¿y decide mostrarme ésto en medio de la noche?

-Lo bueno se hace de esperar.- Noté un leve tono de egocentrismo, y al verlo sonreír, intuí que no era ni tan serio, ni tan malo como yo pensaba. Carraspeó para añadir algo más. -Lamento lo de antes, todo fue una prueba para ver si estabas preparada para saber y entender todo lo que hay que saber y entender aquí. Bueno, además de que soy un hombre ocupado, pero cuando no lo estaba te observaba sin que te percataras.- Se disculpó el aparentemente joven monarca.

Ahora que me paraba a mirarlo, tenía el aspecto de una persona que rondaba los 30 años. Su rostro parecía suave y sin barba, sus ojos oscuros transmitían la sensación de respeto, sus cabellos eran largos y rubios y sus comisuras estaban marcadas con arrugas que denotaban que ahí había vivido más de una sonrisa, tal vez incluso alguna carcajada; su armadura parecía resistente, y los colores azul, plateado y amarillo predominaban en su vestuario. Pero obviamente, lo que mas me llamó la atención, fueron sus largas y puntiagudas orejas.

-¿Es usted un elfo? -le pregunté, Max se rió.

-Veo que tu amigo no te ha enseñado nada de este mundo, y si lo ha hecho, tú no has aprendido demasiado. Bien, antes de empezar con la clase de defensa y ataque, empezaremos por un poco de ciudadanía y cultura general. -yo le asentí y moviendo los brazos él hizo aparecer una silla y una mesa de madera oscura y fuerte, encima de esta se podía observar que había un libro grueso, de tapa verde y algo dañada por el paso del tiempo. Me senté y me dijo que leyera, luego, podría retirarme a descansar de nuevo.

Empecé a leer:

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-Vaya... -cerré el libro mientras bostezaba, parecía como si no pudiera distinguir mis sueños de la realidad.

Realmente había deseado miles de veces vivir en un mundo así, pero hasta entonces lo creía imposible. Tenía mucho sueño, así que volví a mis aposentos, me fue fácil porque ya me conocía aquel castillo como la palma de mi mano.

Al día siguiente, después de desayunar, el rey me convocó en la misma sala que el día anterior, y obviamente accedí a su petición.

-¿Sorprendida por lo que leíste ayer? -Preguntó justo cuando entré.

-Realmente, aunque la verdad es que ahora mismo no recuerdo ni la mitad...

-Estoy seguro de que Max te irá refrescando la memoria de vez en cuando. De todas maneras tendrás que estudiarte lo más importante de este libro, para poder ser una buena caballera. -Me sonrió.

-¿Voy a ser una caballera? Me llena de gozo, su majestad... -Me quedé pensando cómo llamarle.- Vaya, no sé su nombre... -Confesé algo avergonzada.

-Rey Grigorii de Zeother, hijo de elfos dorados, un sangre pura -dijo con aire orgulloso.

-Vaya... Realmente increíble, su majestad.

-Bueno, basta de cháchara y comencemos con la primera lección, armas. -Con estas palabras acompañadas con un ligero gesto de manos, apareció delante de mí, un estante con armas de diversos tipos. Parecía un espejismo.

Me llamó la atención una guadaña con filo en ambos extremos, de colores llamativos resaltando ante todos el dorado. Me acerqué para cogerla.



-¡Esa no la toques! Es un arma legendaria que sólo ha dejado que la empuñaran una vez, por la guerrera ninfa más fuerte y poderosa que se haya visto... mi difunta esposa. Demasiado para una simple humana como tú. Escoge cualquier otra.

Le hice caso, pues lo último que quería era ver a un rey elfo enfadado. Escogí en su lugar una espada ligera con el filo afilado y la empuñadura de plata.

-Bien, veamos, ponte en esta posición y aguanta firmemente la espada. -Me enseñaba mientras me ayudaba a colocarme. -Ahora atácame.

-¿Qué? ¡Ni hablar! -Protesté en mi ignorancia

-¡No te atrevas a incumplir las órdenes de un monarca, jovencita! Y nada de peros.

Le hice caso, con un rápido movimiento empezó nuestro combate. Se me hizo algo complicado mover la espada, pero gracias a mi agilidad pude realizar varios ataques directos, aunque el rey los esquivaba con aire de superioridad mientras bostezaba o cerraba los ojos, hasta que unas voces masculinas le llamaron.

-Sir Grigorii, ¿puede salir un segundo? Es importante -Le rogaron.

-De acuerdo, salgo enseguida. -E hizo aparecer envuelto por una especie de brisa blanquecina un maniquí, luego se dirigió a la puerta, pero antes de salir se giró para mirarme. -Practica con eso.

Asentí con la cabeza mientras lo vi salir por la puerta. Le di un par de veces al maniquí pero me resultaba incómoda la espada. Yo estaba acostumbrada a llevar varas metálicas, cintas, bastones o cosas por el estilo durante mis competiciones, no una espada. Decidí pues cambiar de arma. Miré a la vitrina y realmente no pude resistir la tentación al contemplar aquella brillante guadaña, pues parecía como si esta me estuviera hablando, decía «Vera, cógeme, estoy hecha a tu medida...» esa voz angelical resonó en mi cabeza hasta que me decidí a agarrarla.

La empuñé firmemente, la guadaña brilló, o fue una ilusión óptica, el caso es que yo la vi relucir, tanto que me deslumbraba. Le di un par de golpes al maniquí, tan rápidos que sonaba como si de un látigo se tratara. Al tercer golpe, lo partí por la mitad.

-Vaya vaya... -Dijo a la vez que entraba de nuevo a la habitación.

-P...perdón, la dejaré donde estaba, discúlpeme. -El corazón me palpitaba rápidamente.

-Es increíble, te miro y veo la silueta de mi esposa. Como te mueves, tus posiciones, realmente parece que la segadora de almas y tú seáis una pieza. -Afirmó acercándose. -Pero realmente es imposible, sólo una ninfa puede controlarla.



Desesperado hizo aparecer un libro titulado "ninfas", es obvia su utilidad. Se paró a ojear entre las páginas algo nervioso, cuando encontró lo que buscaba, cerró el libro, me cogió de la mano y me teletransportó, haciendo formas extrañas con las manos en un aura de luz blanca, a una especie de lago. Todo pasó tan rápido que si hubiera parpadeado me lo hubiera perdido.

Encima de las rocas, que estaban a la orilla que separaba el agua cristalina del lago, de la tierra del bosque, habían sentadas unas hermosas mujeres con vestidos que llegaban hasta el suelo, piel pálida y largos cabellos que las hacían ver bellísimas. Los árboles que las rodeaban tenían una extraña aura azulada que hacía que pareciera que sus hojas en vez de verdes fueran de ese color. La vegetación en aquel lugar era verde, muy verde, llena de vida, las flores eran de potentes colores y más tarde descubriría que allí vivían animales de todo tipo.



-Ivyanne, vengo a pediros consejos a vos y a sus sabias hermanas.

-Pero mira a quién tenemos aquí, desde que ella murió ya ni te dignas a visitarnos. Y... ¿quién es esa joven a la que te atreves a traer a nuestro hogar sagrado? -Le interrogó enervada mirándome con irritación, tras inspeccionarme un poco se asustó -¿¡No será una asquerosa humana!?

-Ese es el dilema, esta joven humana ha conseguido sostener la Segadora de Almas.

-Eso tendré que verlo yo misma. -Se levantó de su roca, apartando su larga melena para ver mejor, y se acercó a mí.

Puso su mano sobre mi frente, estaba realmente helada, y sus ojos se tornaron de un extraño color blanquecino. Tras unos segundos que se me hicieron casi una eternidad, apartó su mano.

-Vera Burns, viajera entre dimensiones, veo la energía fluyendo en tu interior. No tendría la respuesta si me preguntaran el cómo, ni el desde cuándo; pero si la segadora de almas te ha elegido, deberemos aceptar su decisión. -Susurró, pero fue un susurro rasgado y con eco que hacía que se oyera alto y claro. Las demás ninfas se alborotaron al oírlo.

-¿Qué será de mí, pues? -Le pregunté atemorizada.

-Tu futuro sigue siendo el mismo, serás una gran caballera. Pero antes deberemos inculcarte la cultura de nuestra raza, pues no puedes empuñar como se debe esa guadaña, sin ser realmente una ninfa, o en tu caso, una semininfa. -Dijo mientras acariciaba un mechón de mi pelo.

-Está decidido, la dejaré en vuestras sensatas manos durante un tiempo. -Decretó el rey algo aliviado.

-Puedes estar tranquilo, rey de Zeother, marcha sin mirar atrás, pues tu reino te espera. -Le despidió la que parecía ser la líder. Pocos segundos después él desapareció tan rápido como llegó, ligero como el polvo.

-Veamos... ¿Por dónde empezamos? -Inquirió una de las preciosas mujeres, mientras miraba a las demás entusiasmada.

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