domingo, 22 de enero de 2017

Dimension of intruders #4

Capítulo 4

-Yo propongo que empecemos por el vestuario. -Sentenció la líder, Ivyanne.

A base de energía crearon una especie de diadema que quedaba colgando en mi frente, la cual en el centro tenía una gema en forma de lágrima de color azulada.

Cuando me la puse la primera vez me sentí rara, como si algo en mí cambiara, pero esa sensación se confirmó cuando me miré reflejada en el agua del lago. Mis cabellos largos que antes eran negros cual carbón, ahora eran de un color rosa tan pálido que casi parecía blanco, y mis ojos antes azul cielo, ahora eran un verde grisáceo que cambiaba totalmente mi mirada. Mis pestañas crecieron, mi piel ya no tenía imperfección alguna y el color de mis labios se volvió algo rojizo, dándoles un aspecto acaramelado. No parecía yo.



-¡Madre mía! -al hablar noté que mi voz ahora era algo más aguda y suave, quedé atónita -M...mi... voz... -Logré pronunciar mientras tocaba mi garganta extrañada.

-Ahora que pareces una ninfa, debes aprender a usar la Energía como tal. Por no hablar de que deberás aprender nuestra cultura. -Añadió una de ellas.

Y así lo hice, fueron unos meses realmente aburridos, no me pararé a explayarme detalladamente, pero sí diré que al final de mi estancia allí había aprendido a teletransportarme, aunque al principio me equivocara de destino, también a levitar cosas, aunque de primeras se me cayeran al suelo, a lanzar ataques, usar diversos elementos naturales a mi antojo, detener el tiempo durante un minuto y algunas cosillas más. Y lo más importante: a regularlo, a no pasarme, puesto que si lo hacía me cansaría tanto como en una pelea cuerpo a cuerpo. Debía usar lo justo y necesario.

[Foto realizada por la autora]


Aprendí además que las ninfas viven en lugares sagrados, deben comportarse siempre educadamente y mantener su aspecto bello como el primer día. También me enseñaron sus rituales y tradiciones. Aprendí a cantar y a bailar como los ángeles, tras muchas semanas de práctica, claro está, ya que mi nueva voz ayudaba, pero yo era una negada para la música. Y por último, pero no menos importante que patriarcas y monarcas piden a menudo matrimonio a las ninfas para tener más autoridad, pues las ninfas son un símbolo divino y todo el mundo les tiene un respeto ilimitado. Supuse que sería el caso de Sir Grigorii.

Durante mi enseñanza, en uno de mis ratos libres me perdí en el bosque mientras intentaba matar el aburrimiento y acabé hallando un camino que llevaba al muro externo de ciudad principal de Zeother, en ella, merodeando por los barrios de clase social baja encontré de casualidad un bonito hostal. Dentro habitaba un viejo hostalero y su mujer. Hablando con ellos, dos personas muy simpáticas pero pobres, descubrí que una de sus habitaciones estaba reservada especialmente para niños huérfanos y que la mitad de sus ganancias iba de forma benéfica para sus cuidados. Viendo el poco personal del que disponían me ofrecí para el puesto de camarera en la taberna, me echó un poco atrás que tuviera que llevar un traje ajustado para atraer a la clientela, pero como era para una buena causa y además me pagaban, decidí seguir adelante. Y así, entre lección y lección, iba allí para disfrutar de los niños, de mis compañeras de trabajo y del aura acogedora que de un modo u otro me hacía sentir como en la Tierra.



Al acabar mi adiestramiento, durante el ritual de finalización, las ninfas ya me habían cogido cariño y se despidieron tristemente de mí.

-Espero que vuelvas a visitarnos. -Me pidió la más inteligente.

-Y que no nos olvides. -Ordenó la que cantaba mejor.

-Toma, esto es para ti. Un obsequio por ser una alumna paciente y trabajadora -Ivyanne me dio en mano la Segadora de almas, yo no cabía en mí de gozo. -Que Sir Grigorii te enseñe a usarla debidamente. Ten cuidado, Desyré.

-Iré con cuidado, descuida. -Hice una pequeña pausa -Espera... ¿Desyré? -Pregunté anonadada.

-Como nueva miembro de nuestra familia, te hemos otorgado un nuevo nombre, y por tanto, una nueva identidad.

-Es hermoso, se lo agradezco. -Hice una reverencia, pero los formalismos no van conmigo, así que les di un gran y fuerte abrazo a todas.

Al terminar el abrazo, usé mi Energía para teletransportarme. Y en un segundo me encontraba enfrente del mismísimo rey. Había aparecido en medio de una conversación con los caballeros que parecía importante.

-¿Y qué haremos al respecto? ¿Ponerlos en cuarentena? Es una barbari -mi repentina entrada no le dejó terminar la frase. -¿Quién demonios eres tú? -Me interrogó algo sobresaltado y con tono autoritario.

-¿Desyré? Ivyanne me ha informado de tu cambio, pero no creí que fuera tan exagerado. En fin, discúlpame, estamos en medio de una conversación de vital importancia. -Comentó el rey levantándose del trono para recibirme. -¿Me harías el tremendo favor de esperarme en la sala de entrenamiento?

-Sí, por supuesto, disculpen la interrupción, ''caballeros''... -agaché la cabeza como símbolo de respeto y una sonrisa pícara se pintó en mi rostro -...nunca mejor dicho. -Susurré para mí misma y sin siquiera mirarles a la cara me dispuse a retirarme.

Una vez en la sala, respiré hondo, había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve. La puerta estaba entrecerrada y se podía oír casi a la perfección la agitada conversación. A pesar de todos los modales que me habían enseñado mis hermanas no pude resistir la tentación de mirar por la rendija para enterarme mejor de lo que decían.

-¿Entrenamiento? ¿Qué clase de entrenamiento, mi señor? -Dijo uno de los caballeros.

-No es de tu incumbencia. Tras este pequeño contratiempo, retomemos la conversación. Como decía, considero que esa especie de enfermedad debe ser erradicada, ya que es peligroso tener a gente a la que se le cruzan los cables y ataca a seres inocentes sin motivos suelta por mis pacíficas calles. Aunque sea sólo un síntoma.

-¡Pero no podemos ponerlos a todos en cuarentena! El número de afectados va creciendo cada día, poco a poco pero aumenta. ¿Además, dónde los llevaría? ¿A las mazmorras? ¿Los desterraría? ¡Qué imprudencia! -Replicó uno de ellos con tono de indignación. No podía ver bien sus rostros, pero sí cómo gesticulaban.

-¿Enfermedad? ¿Zeother está en peligro? -Pensé preocupada.

-¡No quiero oír quejas, sino soluciones! Se acabó la reunión, retiraos. -Sentenció mientas se frotaba los párpados a modo de cansancio.

Cuando todos salieron del salón del trono vi cómo el rey se acercaba a la sala donde yo estaba, pero no me dio tiempo a reaccionar.

-Vaya vaya, ¿otra vez curioseando? Lo cierto es que no te culpo, jovencita, pero debes quitarte ese mal vicio.

-Lo sé, discúlpeme... -dije arrepentida mirando al suelo. -¿Podría hablarme más sobre la enfermedad que mencionó en su conversación?

-Es complicado... Verás, desde hace poco notamos un extraño y extremo comportamiento en algunos ciudadanos, como saqueos, peleas... Esto sin duda es inusual, pues Zeother y Pangea en general hacía siglos que no veía tantos símbolos de delincuencia. Testimonios de familiares dicen que sus respectivos parientes estaban raros, no parecían ellos mismos. Creemos que es a causa de alguna especie de epidemia. Mi mayor temor es que se cometan asesinatos o que el número de víctimas aumente afectando a la mayor parte de la población. -Me explicó con tono sereno mientras paseaba por la habitación.

-Yo podría ser de ayuda. Si me entrenáis como caballera, podría investigar junto a Max y buscar una cura.

-No lo pongo en duda, pero te faltan meses de entrenamiento para poder dominar la Segadora de almas.

-Pues hágame un entrenamiento intensivo, yo aprendo rápido. -Hice una pausa para golpear al maniquí que ya estaba cuando entré en la habitación y le corté la cabeza de un sólo ataque. -¿Ve?

-Bueno, he de decir que mis anteriores alumnos no fueron tan prodigiosos. Ni siquiera el mismísimo Guillermo... -se quedó pensativo tocándose la barbilla.

En mi cabeza rondaba el nombre de Guillermo, pero no podía ser, mi Guille era una persona pacífica, no sería capaz de ser caballero, así que descarté la idea de que se tratara de él.

-Bien, está decidido. -Dijo al terminar su reflexión interrumpiendo mis pensamientos. -Si tú te comprometes, estoy dispuesto a entrenarte las 24 horas del día sin descanso durante tres semanas, supongo que con eso bastará. Pero te advierto que no va a ser nada fácil.

-Creo que podré aguantar. -Me decidí sonriente y a la vez preocupada, nunca había estado tanto tiempo sin dormir.

Pero mi motivación manejaba mi cuerpo, mi objetivo era ser útil y enmendar los errores que cometí en mi pasado. Me paré a mirar hacia atrás, y ya llevaba más de 3 meses sobria, y lejos de mi verdadero hogar. Además Max empezó la universidad poco después de yo aparecer aquí, así que ya no podía estar tan encima de mí y hablar conmigo por el pinganillo. Me sentía bien conmigo misma porque había aprendido tantas cosas sin su ayuda... Como que las rosas rojas son venenosas, que sólo hay un idioma en Pandora y gracias a Dios era el equivalente al Español, ya que consideraban que tener diferentes idiomas para decir lo mismo era una pérdida de tiempo, y que en este mundo las criaturas vivían en perfecta armonía, esto último en concreto me hace gracia, porque seres de culturas y razas totalmente diferentes han conseguido llevarse bien, mientras que los humanos, siendo todos prácticamente iguales o similares, estamos en constante conflicto. Es realmente curioso ya que, se supone que la Tierra y Eryia son el mismo planeta, pero con algunas diferencias, como que la Tierra está "mucho más avanzada". Pues yo lo dudo rotundamente.

-Desyré, ¿me estás oyendo? Empezamos bien...

-¿Eh? ¿Qué? Perdone su majestad, estaba distraída... -Reaccioné algo perdida.

-He dicho, que veamos lo que sabes hacer. -Y moviendo la mano, como queriendo decir "ven si te atreves", me incitó a combatir.

Me quité la diadema de la lágrima para que no se rompiera, volviendo a mi aspecto habitual. Usando la Energía, conjuré el hechizo con el propósito de parar el tiempo durante un minuto, y aprovechándolo me acerqué a él para atacarle, mi intención era golpear con todas mis fuerzas, pero sólo llegué a hacerle un rasguño que le rompió la costura de la manga izquierda, ya que él usó un contraataque para anular el hechizo.

-Has mejorado mucho, te felicito. Mis nobles caballeros no consiguieron tocarme con el filo de sus armas hasta meses después de su entrenamiento. -Me felicitó mirándose sorprendido el brazo y con su Energía se cosió el traje, la cual en cada conjuro desprendía una extraña aura blanca mientras que la mía era violeta claro. -Pero no te emociones, aún te queda un largo camino por delante. Bien, de nuevo.

«No le des con la punta, debes incrustar el filo», «la agarras mal, demasiado inclinada», «si quieres hacer honor a tu condición de prodigio dale con más fuerza», «¿y tú te harás llamar caballera? Me haces gracia» fueron las frases que oí repetidamente durante aquellas semanas, y efectivamente, sin ningún tipo de descanso. A veces paraba para beber agua o comer algo, pero sólo 2 minutos contados. El rey se iba constantemente a hacer sus labores reales pero siempre tenía un maniquí o un monstruo invocado por él con el cual luchar, y al que al final siempre derrotaba. Era agotador pero pensar en los huérfanos y en que si logro ser caballera podría conocer a Guille, ya que todos conocen a los caballeros y los consideran héroes, era lo que me daba fuerzas y me hacía levantarme cada vez que me caía. Tres semanas y un día más tarde, con un horrendo olor a putrefacción, toda sudada y muerta de cansancio el rey dio fin a mi entrenamiento: yo le derroté en un combate justo, y él decidió que ya estaba preparada.


 
-Desyré... -se quedó callado.

-¿Qué sucede? -pregunté curiosa y con ansia de acabar cuanto antes.

-Tu nombre es demasiado afeminado y debilucho para la labor que ejercerás. Pensemos en un apodo... -Tras unos segundos dándole vueltas se le iluminó la bombilla -¿Qué te parece la Destripadora de Zeother?

-¿No se le ocurre nada mejor?

-Piensa tú uno pues, listilla. -Me miró con asco pero noté un retintín en su tono que me hizo sonreír.

-Estaba pensando... Mi arma se llama la Segadora de almas, pues yo debería ser algo así como la mismísima muerte... -Me froté la barbilla y luego la nariz.- Death...

-¿Dez? ¿Diminutivo de Desyré? -Inquirió extrañado, ya que no hablaba inglés.

-No lo había pensado... Death es "muerte" en otro idioma terrícola, pero como apodo Dez está mucho mejor. Es corto y tiene gancho, me gusta.

-Que curioso... Viajera entre dimensiones, eres un saco de sorpresas. -Me sonrió -En fin, a lo que íbamos. Póstrate.

Le hice caso, me agaché apoyando mi cuerpo sobre una rodilla y mirando hacia el suelo.

-Con esta espada -desenvainó la espada que siempre llevaba consigo -te declaro paladín oficial del rey -Oficializó, mientras pasaba el arma por ambos hombros.

-¿Paladín? -levanté la cabeza y le miré a los ojos.

-Sí, he considerado que la palabra "caballera" no te hacía honor y he dado por hecho que con tus dotes y las de Max podías llevar a cabo grandes hazañas y descubrimientos. Serás como mi mano derecha. Espero que no me falles.

-No lo haré su majestad, estoy a su servicio.

-Bien, levanta, doy por finalizada tus prácticas. -Miró a la sirvienta que había cerca de la puerta.- Ah, casi se me olvida, Marianne, dale un buen baño -dijo alzando la voz para que le escuchara.

-Sí su excelencia. -Le respondió la doncella.

Ella me acompañó hasta mi antiguo dormitorio, por el camino me contó que el rey le había ordenado encargar, coser y preparar unos nuevos atuendos para mí. Lo primero que hice al llegar fue abrir el armario mirar mi nueva ropa, y coger uno de los conjuntos junto con la armadura. Luego me dirigí al aseo, donde Marianne, que era muy simpática pero callada, me dio un baño de agua caliente que duró unas horas. Debo admitir que casi me quedo dormida en varias ocasiones.

Al salir, me dispuse a probarme mi nuevo vestuario. Lo primero que me coloqué era un especie de chaleco de metal muy ligero, y unas rodilleras. Encima de estos iba un mono de cuero negro y resistente que era de manga larga, cuello alto y me llegaba hasta los pies. Las botas eran de un material resistente, también negras y no llegaban a las rodillas. Me coloqué además unos guantes finos y una capa con capucha bastante cómoda del mismo color. En la cintura, y en los brazos llevaba cinturones de piel marrón que escondían algunas armas blancas poco pesadas y un par de frascos con pociones.



Me miré al espejo. Me gustaba lo que veía. Me coloqué la capucha, realmente hacía honor a mi nuevo apodo, inculcaba respeto. Además de eso, mi piel se había vuelto más suave y bonita desde que estaba en Eryia.

-Lástima que no pueda mostrar mi rostro... -suspiré hondo -¿Cómo demonios voy a ocultarlo? -Dije para mí misma mientras me lo tocaba acercando la cara al espejo.

-Con la máscara que le acabo de mandar al rey -Respondió de repente Max.

-¡Me cago en...! -no llegué a terminar la frase -¡Max te tengo dicho que cuando vuelvas de la uni no me pegues estos sustos! Un día te juro que moriré de un infarto...

-Exagerada... -Se burló de mí, era algo asustadiza.

-¿De qué máscara hablas? -Justo al terminar la frase, Marianne llamó a la puerta y me acerqué a abrirla.

-El rey me ha dicho que es para usted. -Me la dio en mano y tímidamente salió de la sala.

Era blanca, totalmente blanca, el rincón de los ojos parecía de cristal o plástico negro, pero al ponérmela vi que no afectaba a mi vista en absoluto, parecían transparentes. También noté una extraña obertura en la mitad del labio, la cual formaba un ángulo de 90º hasta debajo de mi pómulo, dejando ver la mitad de mi boca; supuse que para hablar y comer sin dificultad. La expresión de la máscara era seria y totalmente indiferente, como si no tuviera alma. Era perfecta.

-Me encanta -dije posando cual super modelo ante el espejo. Al oírme me di cuenta de que mi voz cambió, sonaba más grave y un poco robótica, pero a esas alturas ya nada me sorprendía.

-También incluye cámaras incorporadas en los cristales de los ojos, un micro que distorsiona la voz, una especie de visión rayos X para ver más allá de las paredes... -A partir de ahí, no entendí nada de lo que dijo a causa de los tecnicismos, así que desconecté y me puse a pensar en mis cosas. Un pensamiento llevó a otro y acabé con una duda sumamente indecorosa.

-Oye oye, para el carro guapito, ¿desde cuándo estás viendo todo lo que hago? -Le pregunté con la ceja enarcada.

-Te juro que no he visto como te bañabas.

-Más te vale, rata de laboratorio pervertida. -Señalé al espejo con el dedo índice a modo de acusación.

El resto del día fue demasiado común como para contarlo. El día siguiente también lo fue, pero oí una conversación que sí me sorprendió y sería de utilidad contar.

Para celebrar mi nuevo oficio, salí a dar una vuelta, pero a lo grande. Pues en vez de caminar como cualquier criatura "normal", fui por los tejados de las casas, sin hacer ningún ruido, ligera como el viento. Agradecí los rayos solares y el aire fresco. Me senté en uno de los tejados mientras tomaba una manzana que agarré anteriormente de un árbol mientras paseaba. Y oí una curiosa conversación entre una elfa, una centauro y una fauno.

-Hoy he visto a los caballeros, son tan valientes y fuertes... Mi favorito sin duda es Gabriel, es tan hermoso a pesar de ser semienano... Aunque obviamente Hann, el centauro fuerte y fornido, nos gusta a todas, ¿pero cómo evitarlo? Es guapísimo. -Cuchicheó la elfa entre risitas.

-Estoy de acuerdo, además he de decir que Mathew por su misteriosa aura de hombre lobo y Georgei con su nata inteligencia de cíclope, me llaman mucho la atención. Pero Guillermo, ese dientes de sable me tiene loca. Es perfecto, guapo, fuerte, inteligente y valiente. Sin duda un gran líder. -Marujeó la centauro medio chillando.

-Yo quiero un hijo de todos. ¿Os imagináis? Ser la mujer de uno de los 5 nobles caballeros reales. -Remató la fauno.

-Sería genial... -Le contestaron la elfa y la centauro.

Cada vez mis ganas de conocerles aumentaban, aunque yo ahora también fuera caballera. Tuve que volver rápidamente al castillo y no pude escuchar más, pues había empezado a llover. Y eso fue todo lo que escuché.

Pasé unas cuantas semanas haciendo distintas misiones y recados, como recolectar cascaras de huevo de grifo para hacer ungüentos, comprobar que los hipocampos tuvieran suficientes algas naranjas, ya que a veces otros animales marinos se las robaban, y sólo podían alimentarse con ellas y un largo etcétera de actividades peligrosas.

Un día el rey me convocó por la mañana al salón del trono, al parecer era algo de suma importancia, así que así lo hice. Al llegar me percaté que era mi ceremonia de iniciación y presentación.

-¡Señoras y señores, les presento a la nueva paladín, la señorita Dez! -Anunció felizmente el rey. Una ola de murmullos comenzó a circular entre ellos. -Será mi caballera personal, le he encomendado el trabajo de investigar por su cuenta el caso del virus que nos tiene a todos tan preocupados, con la esperanza de que descubra algo acerca de ello que nos sirva de ayuda. Eso era todo. Podéis marcharos.

Bajé los dos escalones que daban hasta el rincón donde estaba el trono, en el cual estaba yo de pie junto al rey y me dirigí hacia los 5 caballeros de los que había oído hablar tanto.

-Buenas, me presentaría pero ya lo han hecho. Estoy encantada de trabajar con vosotros. -Sonreí, aunque sólo se podía apreciar en la mitad de mi boca, por la máscara.

-Tsk, y encima va de buena... Que asco de mujer... -Espetó uno alto, de cabellos dorados y ojos azules, muy atractivo. Me recordaba a uno de mis compañeros del instituto.

Entonces caí en la cuenta, todos se parecían a mi antiguo grupo de amigos, de hecho, eran ellos: Johan, Jorge, Mateo, Gabi y otro que no lograba ver porque estaba de espaldas. Verles de nuevo me trajo muchos recuerdos. En la Tierra ellos me debían odiar, y no les culpo por ello, fui cruel y estúpida, el alcohol me cambió mucho y les metí en grandes líos. Pero eso en Eryia no pasó. Ellos no me conocían, yo tenía una nueva identidad y Vera había muerto, en ambos mundos. Tenía la oportunidad de empezar de 0 con ellos.

-¿Disculpa? -Pregunté aparentando naturalidad.

-Hann, déjala, no se entera... -Le recomendó el que estaba de espaldas hablando con otro, y de repente se giró.

Era él, era Guille, mi Guille... Pero hablaba diferente, parecía enfadado y frustrado. Lo tenía ante mí después de tanto tiempo. Creí que soñaba, creí que era una ilusión. Casi pierdo los papeles, pero me controlé antes de ponerme a llorar de la emoción.

-No queremos amistad con la niña mimada del rey, ¿te enteras? Piérdete. -Añadió, y se marcharon todos juntos.

Yo me quedé quieta, sin aliento, no podía mover los músculos. No sé qué me sorprendió más, si verle, o que fuera tan diferente al que yo recordaba.

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