sábado, 4 de febrero de 2017

Dimension of intruders #5

Capítulo 5

-Vera, ¿estás bien? -dijo Max, al ver que no había reaccionado tras unos minutos.

-No me llames así, nunca más. -Dije cortante y con énfasis en el "nunca".

Tras unos segundos reflexionando sobre lo que había ocurrido, reaccioné al notarme una gota cayendo por la cuenca de mi ojo. Y corrí, huí de mis más profundos temores. Me encerré en la sala de entrenamiento, y sentada, apoyé los brazos y cabeza en mis rodillas, como si fuera una bolita humana. Y lloré, lloré como si no hubiera un mañana. Lo único que podía pensar en aquel momento es que el esfuerzo de casi medio año había sido en vano. Volví a sentir que mi mundo se destruía, como cuando él murió. La vista se me nublaba por las lágrimas y el llanto hacía pitar mis oídos.

Lo que yo no sabía, o no noté, es que unas especies de lianas que parecían raíces de árbol pero de color verde, estaban saliendo de mi cuerpo. Se hacían más grandes a medida que ocupaban todo el espacio de la sala: los suelos, las paredes... Luego oí unos golpes y lo último que recuerdo fue ver la silueta del rey gritándome para ver si estaba consciente, pero al parecer aquello no duró mucho, pues me desmayé.




-Hermana, hermana, despierta por favor. -Reconocí aquella voz. Cuando abrí los ojos la vi, y confirmé mis sospechas.

-Ivyanne, ¿qué haces tú aquí? -Miré mi entorno mientras me enderezaba y formulé de nuevo la pregunta. -Quiero decir... ¿Qué hago yo aquí?

-Te trajo el rey, y nos puso a tu cuidado. Él está buscando una forma de parar esas plantas extrañas que tu cuerpo formó involuntariamente. -Contestó Amelie, la ninfa que mejor canta.

-Ah... Ya... -Un mirada vacía se manifestó en mi rostro. -Siento haber causado problemas...

-Desyré, eres nuestra hermana, no nos causas ningún problema, y dudo que al rey le hayas causado alguno, sino no te hubiera nombrado su paladín. -Me calmó Ivyanne con la voz serena típica de las ninfas.

-Ahora, dinos qué te ha sucedido para que haya pasado todo esto, y tu mirada esté tan triste. -La más inteligente de todas se me acercó, ella podía intuir las emociones de los demás.

-No puedo... No me salen las palabras... -Pronuncié con lágrimas volviendo a fluir de mis ojos.

Ivyanne se dirigió a mí, y puso su mano fría de nuevo en mi frente, sus ojos se volvieron blancos. Pero esta vez fue diferente a la anterior, pues una terrible jaqueca invadió mi cabeza. Luego apartó la mano y el dolor cesó.

-El amor... Cuanto daño ha hecho... Mi querida Desy, tienes que saber que los hombres son seres impredecibles. Él es el motivo por el que has venido, pero sin darte cuenta has creado lazos con diferentes criaturas, y en unos meses has rehecho tu vida. No lo tires todo a perder porque al principio no te haga caso, siempre puede cambiar de opinión sobre ti, sólo debes demostrárselo con tus notables habilidades. Sólo están celosos, dales tiempo... -Ivyanne era capaz de calmar a alguien con sólo un par de palabras, pero conmigo se explayó más de lo habitual.

-Tú no lo entiendes, lo has visto, pero no lo has sentido como yo lo hice. -Me toqué el pecho, que me ardía, con la mano derecha y bajé la cabeza para mirar al suelo.

-¿Piensas que no me he enamorado? Te contaré una historia -hizo una pequeña pausa para sentarse en una roca, yo la imité y permanecí atenta -Érase una vez que se era, una pequeña ninfa inexperta. Un día, sin quererlo ni saberlo, se encontró con un muchacho sátiro, él era hermoso, y con sus dotes de seducción atrajo a la joven hacia él. Se enamoraron perdidamente. Él le deleitaba con su pequeña flauta de pan, y ella con su cantar. No había día que no se vieran... Pero el padre y Dios de la inocente chica no lo aceptaba, su hija debía casarse con un monarca. Una mañana lluviosa, el chico faltó. A la siguiente también, y a la otra... La ninfa no volvió a verle nunca más, y a día de hoy se sigue preguntando el motivo... -Me contó con la mirada perdida mirando hacia el cielo. -Fin de la historia.



-Ivyanne... Yo... Siento haberte prejuzgado... Creía que alguien tan sabia como tú no había caído en las garras fúnebres del amor -Dije arrepentida. -Pero aún hay posibilidades de que lo encuentres...

-Eso pasó hace mucho, querida... Sin embargo tú aún tienes la oportunidad de llevarte bien con él... Sólo debes enseñarle de lo que eres capaz. Yérguete y mira al frente decidida, pues eres fantástica, pequeña.

-Muchas gracias, sois geniales... -Me pausé un momento y tomé aire.- ¿Puedo quedarme aquí unos días? Necesito estar con gente que me aprecia para... superarlo...

-Cómo negarnos. -Accedió.

Estuve disfrutando de su compañía y sus historias (las ninfas son sabias porque han vivido mucho, y siempre tienen historias interesantes que contar) hasta que me hube recuperado y me di cuenta de que la Paladín del rey no podía hundirse con tanta facilidad, y mucho menos cuando sólo acababa de empezar a serlo. Caminé hacia casa, eso me despejó, la teletransportación me daba náuseas. Los paisajes de Erya son tan fascinantes que me abstraen de mis problemas. Un rato más tarde llegué a la parte baja del reino. Allí habitaban los campesinos, el pueblo llano, la plebe, como desees llamarlo.

Me puse a andar por los tejados como de costumbre, en dirección al castillo, para disculparme con Sir Grigorii. De camino oí unos chillidos, me dirigí al lugar del que procedían, y encontré a mucha gente apelotonada y hablando fuertemente. Había una mujer insultando a un mercader. Los guardias no tardaron en llegar y la arrestaron ya que daba símbolos de estar contagiada por aquel virus al que todos temíamos. Todo transcurrió rápido. Pero oí una extraña conversación entre los guardias.

-Coge al niño, al parecer ella es su única familia, así que le someteremos a un interrogatorio. -Ordenó uno.

-¿Y si no habla? -Le preguntó el otro.

-Pues le haremos hablar, ya sabes, sin que su majestad se entere, si seguimos haciendo las cosas por las buenas esta ciudad se irá a la mierda en en menos que grazna un hipogrifo. -Respondió éste.

-¿Qué? ¡Ni hablar! Por encima de mi cadáver... -Pensé en voz alta.

Usé mi habilidad para parar el tiempo, junté las manos en forma de puño, un humo morado salió y se hizo el silencio. Eso significaba que tenía que darme prisa, pues en 60 segundos volverían a la normalidad. Bajé rápidamente dando un gran salto hacia el suelo, cogí al niño y me lo monté a la espalda. Salí de allí escalando algunos edificios y corriendo por los tejados. Me dirigía al hostal donde trabajaba, a la mitad del camino el tiempo volvió a la normalidad, pero los guardias no me siguieron, ya que no se percataron de lo que realmente sucedió.


El niño no dijo nada durante todo el viaje, pero noté cómo sus pequeñas manos se agarraban a mí con fuerza. Llegué y lo dejé dentro del lugar. Les expliqué a los dueños lo que había sucedido, aunque ellos no sabían que yo era yo, ya que no llevaba mi traje de camarera ni la diadema de lágrima puesta. Amablemente se decidieron quedar al muchachito. Él era un pequeño elfo salvaje, lo supe por sus características orejas y su pelo anaranjado y alborotado. Debía tener aproximadamente 11 años en edad élfica.

-Señorita, ¿es usted Dez la nueva paladín del rey? -Me preguntó algo triste.

-Vaya, las noticias se extienden rápido por lo que veo. -Le respondí con la sonrisa cortada por culpa de la máscara y la voz alterada que esta producía.

-¿Qué va a suceder con mi mamá?

Y en ese momento, se me cayó el mundo encima. No sabía si mentirle para que no se preocupara o decirle la dura realidad. Miré al suelo triste y pensativa, los dueños y los demás niños también se quedaron callados.

-Ya veo... No va a volver... -pronunció con voz melancólica, pero me sorprendió su capacidad de aguante para ser no más que un niño. Eso me dio fuerzas para seguir adelante, si aquel pequeño, perdiendo a su figura materna no derramó ni una lágrima y aún se tenía en pie, yo también podía sobrevivir sin el chico al que solía amar.


-Te prometo, por mi vida, que haré todo lo posible para encontrar el remedio de lo que le sucede a tu madre para que así la liberen. Palabra de paladín. -Extendí mi mano como si fuera un trato, y él me dio la suya.

-Gracias... -Me dio un abrazo tremendamente fuerte, yo me dejé, tuve la sensación de que se rompería, se desmoronaría en mis brazos como si sus huesos fueran de cristal puro. Pero no lo hizo.

-Eres un chico muy fuerte. Con corazón de acero. -Le dije tocándole el pecho por la zona donde se encontraba éste.

-De mayor quiero ser un buen caballero como usted y pertenecer a uno de los 5 caballeros reales, bueno 6. -Esto me sorprendió.

-Tienes madera de héroe. Pero si me disculpas, debo irme a hablar con el rey.

-¿Volverás? -Me acompañó a la puerta.

-No lo sé, lo intentaré. Pero vendrá una buena amiga que trabaja aquí, tiene el pelo rosa. Pórtate bien con ella. -Le guiñé el ojo y salí tan veloz como un haz de luz.

Corrí lo más rápido que pude para no perder tiempo y llegar lo antes posible, atravesé los 2 muros que separaban las calles de Zeother. Me adentré en el castillo dirigiéndome a la sala del trono, donde estaban los 5 estúpidos y famosos caballeros de Zeother en reunión con Sir Grigorii, otra vez.

-Siento interrumpir pero debo decir algo de vital importancia. -Los caballeros me miraron mal.

-Sé breve, no tenemos mucho tiempo, Dez. -Me respondió el rey.

-Vosotros 5, controlad a los guardias, por lo que tengo entendido están a vuestro cargo. Bien, pues hoy han detenido a una mujer que daba indicios de tener ''la enfermedad'', hasta ahí todo correcto. Pero casi se llevan a su hijo pequeño, y he oído de sus propias bocas que lo someterían a un interrogatorio, y que si no cedía, le harían hablar por sus propios medios, SIN QUE EL REY SE ENTERARA. -Dije muy alterada.

-¿Qué? Eso es imposible. -Dijo Guillermo con cara de enfadado.

-¿Para qué iba a mentir? He llevado al niño a un orfanato conocido, he creído que sería lo correcto. -Sostuve mi postura firmemente.

-¡Imperdonable! Luego hablaré con vosotros 5 y vuestros hombres seriamente, ¿acaso no sabéis que lo que hagan queda reflejado como si estuvieran a mis órdenes? Son vuestra responsabilidad, responsabilidad que asumisteis al aceptar ser caballeros. Bien, Dez, gracias por la información. Puedes retirarte, yo tomaré las medidas necesarias.

-Como deseéis. -Hice una reverencia y me fui sonriente, la venganza sí que era un plato bastante dulce.

Salí por la ventana haciendo uso de mi agilidad para dar mortales en el aire. Luego, me di cuenta de que no tenía nada que hacer fuera, la verdad es que simplemente lo hice para pavonearme de mis habilidades. Así que di media vuelta y sin que me vieran, entré a mi cuarto por el balcón que daba a la ciudad.

Me tiré en la cama agotada. Poco después me percaté de que Marianne me había dejado sobre la mesa una sopa calentita y un plato de filete con patatas. Realmente la gastronomía de Erya había avanzado en la misma línea que en la Tierra y se asemejaban bastante.


Al acabar, me aburrí y acabé durmiéndome. A la mañana siguiente busqué algo que hacer. Se me encendió la bombilla cuando miré hacia el armario. Descolgué mi traje de camarera y me cambié de ropa, me coloqué también la diadema de lágrima. Ya que el rey no me había encomendado nuevas misiones, me fui a trabajar al hostal. En realidad lo que me movía era la curiosidad de saber más sobre aquel pequeño elfo.

Cuando terminé de arreglarme, hice uso del teletransporte para llegar a la puerta del restaurante, que se situaba en la parte trasera del hostal. Al entrar vi que estaban todos los niños jugando en una zona, menos él. El muchachito estaba sentado en una mesa apartada de los demás, pero cerca de los 5 penosos caballeros. No me advirtió, estaba demasiado ocupado mirándolos.

-Tsk... ¿Qué hacen ellos aquí? ¿Es que me siguen a todas partes? -Me dije a mí misma y continué caminando para dejar el abrigo en una percha de madera cerca de la barra.

-¿Qué te pasa, querida? Estás algo pálida. -El amable hostalero se dirigió a mí.

-Nada, Mr. Hummingbird, sólo estoy algo sorprendida de verlos aquí -me giré a mirarlos disimuladamente.

-Sí, sí, yo también me alarmé cuando los vi entrar. -Me tocó el hombro con intención de tranquilizarme. -No te preocupes, tú no te alteres y haz tu trabajo como siempre. -Me guiñó un ojo y yo desaparecí por la puerta del personal.

-Vaya, estáis todas aquí hoy. -Suspiré al ver a mis compañeras, mientras me ponía el delantal para trabajar.



-¿Cómo nos lo íbamos a perder? ¡Son los 5 héroes de la ciudad! ¡Aquí! ¡En nuestro hostal! -Pronunció a gritos Layla, la más impresionable y energética. Ella era una elfa salvaje de piel oscura y cabellos negros alborotados, fue criada entre los muros de los barrios pobres de Zeother.

-Creo... que es obvio el por qué estamos todas... -La más vergonzosa, Stivie, una sílfide de la nobleza con hermosas alas amarillentas y cabellos dorados, se atrevió a irrumpir su tranquilidad habitual para contestar.

-A mí simplemente me tocaba hoy el turno de tarde, ellos me dan lo mismo, si te digo la verdad. -Replicó Darla. Yo siempre le guardé respeto por sus ideas claras y su fuerte carácter, pero era de esperar siendo lo que en la tierra llamaríamos medusa, en realidad descendía de una peligrosa familia noble de antropomorfos mitad víbora cuyo dominio de la energía se basaba en paralizar. Llevaba siempre una especie de venda opaca, creada con energía antropomórfica, que le permitía ver, pero no que le vieran. Esto le servía para no congelar a nadie con su mirada. Sus cabellos los mantenía atados en forma de trenza verdosa que le favorecía mucho. Sin duda una mujer que simbolizaba poderío.

-¡Por fin alguien con coherencia en sus motivos! -Tonos de asco y cansancio se fusionaron en esta frase.

-La única que creo que merezca mi atención sería la nueva títere del rey. Esa tal... Dez. Me pareció impresionante cómo rescató al pequeño Elián. -Una amplia sonrisa se dibujó en su cara. Al ver mi rostro, el cual reflejaba ignorancia, abrió la puerta que nos separaba de las mesas y señaló cuidadosamente al pequeño elfo.

-Lo trajo la famosa Muerte de Zeother, nueva caballera personal del rey, dicen que estuvo años entrenando en secreto con él. -Me explicó Layla.

-Pues... A m...mí me dijeron... Que estuvo cuatro meses sin comer... Y otro más en un volcán... Practicando sus habilidades... -Añadió Stivie temorosa. Yo les sonreí amablemente, me costó bastante no echarme al suelo a llorar de la risa. Pero era mejor dejarles en sus especulaciones.

-¡Stivie, un estofado de carne de búfalo para la mesa 3! -la voz de Mrs. Hummingbird resonó por todo el local.

-¡Oído cocina! -respondió la sílfide y se puso manos a la obra.

-¡Layla, Darla, dejaros de cháchara y tomad nota del postre a la mesa 5! -añadió Mr. Hummingbird.

-Bueno, Desyré, ¿por qué no vas a hablar con el pequeño elfo? Lleva todo el día preguntando por una chica de pelo rosado. -Dejó caer Darla mientras se dirigía a la puerta.

-¿Por mí? Que extraño... Iré a ver... -La verdad es que disimular se me da de miedo, en mi anterior vida debí haber sido actriz.

Me retoqué el vestido un poco antes de salir. Vi que había un enorme ogro en una mesa junto a otro un poco más delgado que el anterior. El chico no se había movido ni un centímetro desde la última vez que lo vi. Me acerqué a él poco a poco.

-¿Tanto te gustan los caballeros? No les quitas el ojo de encima. -Le susurré al oído, el chico dio un mini salto, y giró la cabeza para ver quién había interrumpido su calma.

-¿Eres la amiga de Dez? -Me miró fijamente a los ojos, llenos curiosidad, de preguntas sin respuesta y de preocupación.

-¿A cuantas chicas pelirrosadas ves por aquí?

-Eres tan bonita como te imaginaba. Pareces una ninfa. -Cuando lo dijo le sonreí burlescamente y miré hacia un lado disimulando mis pensamientos.

-Conque lo eres... Alucinante... -Cada vez me impactaba más su capacidad de leer la mente con sólo mirarme a los ojos... -De mayor quiero ser como ellos. -Añadió contestando a mi anterior pregunta.

-¿Y por qué no vas y se lo dices? -Me lo pensé dos veces antes de proponerle esto, ya que tal vez también eran engreídos con sus fanes.

-¿Eh? ¿Se te ha ido la cabeza? Están descansando... No quiero molestarles... -Miró al suelo decepcionado.

-Vamos a ver, en el hipotético caso de que te convirtieras en caballero de mayor, ¿te molestaría que un niño o niña te dijera que su sueño es ser como tú? -Le hice entrar en razón.

-Claro que no, me alagaría, pero... -Dijo aún dudoso.

-Nada de peros, ármate de ese valor característico tuyo, y sé fuerte. Como un caballero. -Me coloqué detrás de él y le di un pequeño empujoncito. Como predije, siguió caminando con valentía hasta llegar a su mesa.

No sé exactamente qué decían pero por sus expresiones supuse que le habían contestado amablemente. Un rato más tarde terminaron la conversación y el muchacho vino corriendo hacía mí y se tiró a mis brazos para que le cogiera. Los caballeros me miraron atentamente y les hice un gesto de satisfacción con una mano, ellos me sonrieron y siguieron comiendo.

-Tenías razón... Ehmm... No sé tu nombre... -Señaló sonriente.

-Desyré. -Le bajé de mis brazos porque pesaba. -Y siempre la tengo. -Le guiñé un ojo.

Me iba a decir algo cuando, a mi izquierda, vi que uno de los ogros le tocó el trasero descaradamente a Layla. Ella se defendió pero sólo consiguió que la acosaran más.

-Vaya, pero si la zorra habla. -Le levantó la falda mientras el otro se reía de una manera tan tonta como malvada. -¿Vas a llamar a tu mamá?

Los clientes comenzaron a murmullar. Vi a Darla enfadándose, tenía mucho carácter, tal vez demasiado. Estaba a punto de quitarse la venda de los ojos, pero esto les hubiera paralizado de por vida, y no quería que el hostal cargara con la culpa, así que en el momento justo corrí hacia ella y le paré cogiéndola del brazo.



-Llévala a la sala de empleados, yo me ocupo. -Afirmé en voz baja, con una mirada seria y penetrante.

Se lo pensó, pero recapacitó y me hizo caso, en unos segundos desaparecieron. Miré a los caballeros, estaban bastante alterados, pero Guille, como buen líder les calmó, haciendo alusión a que yo parecía tenerlo todo controlado.

-Vamos a ver, heces de monstruo del pantano, ¿qué coño os da derecho a perturbar el trabajo de una buena empleada? -Mis ojos se volvieron blancos y fríos como la nieve. Usé mi energía para hacerles levitar, levanté la mano como si estuviera agarrándoles del cuello, esto les hizo tener la sensación de que una gran cuerda alrededor de su garganta les impedía respirar.

-Venga, contestadme. -Esperé unos segundos, todo el local estaba en absoluto silencio - ¿Nada que decir? Bien, pues... ¡hasta nunca!

Abrí la puerta con la otra mano, y les hice salir volando y caer encima de un charco de barro. Quedaron empapados y humillados.

-Y no os atreváis a volver, porque os juro que de esa no saldréis... Al menos no con todas las extremidades. -Chillé decidida y cerré de un portazo.

-Desyré, ¿estás bien? -Los dueños vinieron preocupados, tan rápido como pudieron.

-Mejor que nunca. -Una sonrisa orgullosa me recorrió la cara.

Entonces, el caballero centauro que se parecía a Johan de la Tierra, aunque en ese momento no pareciera un antropomorfo porque estaba reposando, salió con la agilidad típica de su raza. Por lo que escuché, no se libraron de las represalias de la ley. Los otros 4 se levantaron dejando propina y mientras 3 de ellos se dirigían a la puerta, Guillermo se acercó a mí para preguntarme mi nombre.

-Desyré, me llamo Desyré. -Afirmé con seriedad.

-Bonito nombre para una valiente damisela... Pero, ¿de qué me suena usted? -Su mirada penetrante me traspasó como si fuera de cristal. Tardé un poco en pensar una excusa lógica.

-Soy conocida del rey, les interrumpí en una importante conversación y más tarde me ayudó a entrenar hechizos sobre jardinería general. -Otra vez, mis dotes de actriz salieron a la luz en forma de frase convincente.

-Ya veo... Pues es todo un placer conocerla... De nuevo... -Me sonrió, pero no fue una sonrisa cálida, fue incluso algo cortante, pero aún así era una sonrisa y no un insulto, así que supuse que no le caía del todo mal.

Y así, tan sutilmente como una brisa, desaparecieron de nuestro campo de visión.

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