Elián corrió velozmente hacia la ventana para ver alejarse a los 5 famosos héroes. Sin embargo, a mí me interesó mucho más el estado de mi amiga, así que con paso ligero me acerqué a ver cómo estaba, Mr. y Mrs. Hummingbird me siguieron.
-¿Estás bien, Layla? -le pregunté suavemente, me puse de cuclillas enfrente de ella, que yacía sentada en una vieja silla de madera.
Ella no respondió, se lo pensó cuatro veces antes de abrir la boca para intentar pronunciar algo, pero justo antes de que la voz le brotara de sus cuerdas vocales, Darla le paró posando una mano sobre su rodilla, y contestó por ella.
-Ha sido sólo un susto.
-Ya veo... -respondí pensativa, también en Erya había gente cruel, aunque tal vez eran fruto de la enfermedad, pero eso ya no era problema mío, sino de los caballeros que se los llevaron.
-Podéis regresar a casa si queréis, faltan unas horas para cerrar el local, pero está casi vacío y debéis estar exhaustas, no hay necesidad de que trabajéis en estas condiciones. Nosotros nos ocuparemos. -Mr. Hummingbird siempre tan bondadoso a pesar de sus problemas económicos, Mrs. Hummingbird dio su visto bueno a la propuesta con una sonrisa llamativa y característica.
Asentí con la cabeza, pero no iba a irme sin jugar un rato con el resto de niños. Eran, de verdad, unos soles de personitas, se merecían mucho y me apenaba no poder darles más. Un rato más tarde me quité el delantal, recogí y me marché. Decidí volver caminando por los callejones desiertos que nadie se atreve a explorar. Eran un conjunto de baldosas sueltas, paredes desgastadas y cuerdas deshilachadas donde la gente colgaba sus ropajes. Se oía el barullo de las calles principales, sin embargo me invadía de paz el supuesto silencio que resonaba en mi cabeza de fondo.
Al llegar a la puerta del Castillo, había, como de costumbre, dos guardias custodiando la entrada. No estaba por la labor de pensar en una estrategia y decidí usar el conjuro para parar el tiempo, de nuevo.
Llegue a mi cuarto sin esforzarme a penas, me quité la diadema de lágrima, y me puse el pijama, el cual era un camisón blanco y largo, que además de cómodo realzaba mi figura ajustándose a mi cuerpo.
Fui a la cocina para avisar a Marianne de que me había traído cena del restaurante y le dije que no perdiera tiempo preparándomela.
Habiendo terminado ya de comer, me tumbé en mi mullida cama, con la barriga llena y el cansancio corriendo por mis venas quedé rendida. Y así permanecí hasta que algo perturbó mis sueños.
Era música, afiné el oído y pude percibir un piano no muy lejos. Abrí uno de mis ojos lentamente mientras escuchaba atentamente. En mi mente reconocía las notas, resonaban en mi cabeza a la vez que salían del instrumento, pero no caía en la cuenta de por qué la conocía. Entonces le escuché cantar, abrí el otro ojo automáticamente y miles de recuerdos se apelotonaron en mi cabeza como la muchedumbre en un concierto: cuando encontramos un gatito en una caja muerto de frío y nos lo llevamos a casa para cuidarlo, las largas tardes estudiando historia, sus cantos, que alejaban mis temores de criaturas morando en la oscuridad cuando no éramos más que unos críos, el funeral de su padre, la noche en la que perdió la vida por culpa de la negligencia de otro…
[Canción en la que me inspiré para hacer esta parte.]
Era Guillermo, parecía un espejismo, por una vez me recordó a su "yo" de la Tierra, y me paré a pensar si era una mala pasada de mi mente, si mi imaginación estaba distorsionando la realidad. Pero aquella música salía indudablemente de aquella habitación.
Instintivamente comencé a cantar, siempre la cantábamos a dúo y había llegado mi parte de la canción. Él paró unos segundos de tocar, giró la cabeza para ver quién era y al verme, por alguna razón sonrió y retomó la canción. No llevaba la máscara, ni mi apariencia de ninfa, en ese momento mi alma había sido poseída por Vera, no era más que el reflejo de su sombra. Y ella fue la que me incitó a cantar. La melodía llegó a su fin cuando las últimas notas que fluían por nuestras voces en completa armonía, cesaron. Él se giró a recoger la partitura y quiso pronunciar unas palabras que nunca dijo, pues yo ya había desaparecido entre la oscuridad y la serenidad de aquellos muros, dejándole las sílabas atascadas en la comisura de sus labios.
El resto de la noche resultó tranquila. Me sumí en un profundo sueño. Unas horas después de que el amanecer surcara el cielo, una conversación agitada me despertó.
-Te juro que la vi en mis sueños, fue muy real, noté su aura templada que solía hacerme sentir seguro.
-Guillermo, supéralo, ¿quieres? Es genial que sueñes con ella pero empiezas a preocuparme con esa obsesión tuya. Vera falleció, asúmelo. -Sonó la voz de Jorge, aún no había aprendido los nombres de sus álter egos y la sensación de ignorancia me frustraba.
-Estábamos en el salón de actos cantando la nana que me enseñó... mi madre. No estoy obsesionado, sólo extraño a la chica que cambió mi vida. -Aquel tono melancólico me hizo entristecer, y las ganas de decirle "He vuelto, estoy aquí" se apoderaban de mis ansias, pero no podía. No debía.
-El rey nos espera, apresurémonos. Hablaremos de esto más tarde. -La voz se acercaba poco a poco y al terminar la frase llamó suavemente a la puerta de mi cuarto. -Señorita Dez, nos convoca Sir Grigorii para desayunar junto a él. Vístase y baje por favor.
-Por supuesto, ahora bajo, gracias por avisarme… Ehmm… Señorito… -Iba a llamarle Jorge, pero me callé antes de decirlo y probablemente hacer el ridículo.
-Georgei, me llamo Georgei y mi compañero es Guillermo.- Y se retiraron.
Rápidamente fui al aseo y me di una ducha a la velocidad de la luz, con el pelo mojado me coloqué el traje de paladín y me dispuse a ir a desayunar.
El comedor era enorme, por no mencionar que tuve que bajar mil quinientas escaleras y pasar por mil quinientos pasillos para llegar. Era lo más parecido a un laberinto que había visto. Como decía, el comedor era enorme y una mesa larga con forma ovalada ocupaba tres cuartas partes de la habitación. Alrededor de ella estaban ellos cinco y en la punta, presidiendo la mesa, el rey. Cuando entré todos se levantaron para recibirme. Ellos estaban a su izquierda sentados, así que decidí ponerme a la derecha.
-Me parece que no nos han presentado debidamente. Como he dicho antes yo soy Georgei. -El chico que se parecía a Jorge, que siempre fue inteligente, sensato y bastante ingenioso, era un cíclope, de cabellos marrones con rastas y unas gafas extrañas que le cubrían el ojo. Era tan educado y a la vez atrevido como de costumbre. Al igual que en mi anterior mundo, era mediano de estatura y delgaducho.
-Yo no me molestaré en presentarme. -Guillermo mordió una tostada mirando a sus compañeros. Con su estupidez habitual. Era guapo, siempre lo ha sido, tenía el pelo marrón claro y parecía alborotado, a pesar de pasarse bastante tiempo peinándoselo, o al menos así lo hacía en la Tierra. Su estatura era media, sus ojos color miel siempre habían tenido una mirada que cortaba el aliento, era fuerte pero no tenía muchos músculos.
-Mi nombre es Hann. -Añadió Johan, el más fuerte, el más guapo, pero el menos coherente, siempre le preocupó más su aspecto que estudiar o culturizarse, así que es tonto, sin más que añadir. Típico rubio de ojos azules profundos, piel perfecta, facciones marcadas, sonrisa reluciente. Bastante alto, no es de extrañar pues oí decir que era un centauro.
-Y... yo... Gabriel... -El Gabi que yo conocía no era muy diferente, pues era enano, pero no literalmente, como ahora. También flaquito, tímido y torpe. Sus pelos anaranjados tenían unos rizos peculiares y sus ojos eran tan oscuros como un abismo.
-Mathew. -Carraspeó seriamente antes de decir su nombré. Mateo era un chico seco, casi no sabíamos nada de él, pero era útil en los momentos problemáticos. Lo definiría como una persona hábil y maquiavélica. Su pelo era de un rojo sangre intenso, liso y algo largo, le tapaba uno de sus ojos, los cuales eran rojizos y fríos, podría congelarte con una sola mirada. Su instinto de hombre lobo lo hacía ser bastante misterioso.
[Picture by me]
-Concluidas las presentaciones, procedamos a seguir comiendo. -Sentenció Sir Grigorii.
Cuando me acabé mi tostada con mermelada de fresa me di cuenta de qué no sabía a qué había venido.
-Sir, ¿hay alguna razón concreta por la que me habéis mandado llamar?-
-Sí, verás, esta noche se celebra el cumpleaños de la reina de Merydia, y he ofrecido, en un acto de amabilidad apresurada, el castillo como lugar donde celebrar la ceremonia. -Comenzó a explicar el rey.
-¿Una fiesta decís? ¿Habrán muchachas hermosas e indefensas que puedan caer a mis brazos? -Hann se apartó un mechón de pelo de la cara con aire orgulloso.
-Bueno, vosotros estáis todos invitados, en especial tú, Dez, la reina está muy emocionada por verte. -Prosiguió ignorándolo. -Pero además, me gustaría que comprarais un par de cosas, algunas algo caras, por eso os lo encomiendo a vosotros. -Sacó dos papeles de su bolsillo y ordenó a los empleados traer algo de dinero.
-¿Por qué dos papeles? -Pregunté desorientada.
-El más corto es para ti y para Guillermo, el más largo para el resto. Lo que compraréis vosotros dos -nos señaló mientras hablaba -es alto secreto y tremendamente valioso. -Afirmó en un tono tan serio que llegué a asustarme. -Mientras que lo que comprará el resto, serán objetos de decoración.
Guillermo resopló molesto, yo permanecía con una expresión de pura indiferencia.
Sólo cabía una pregunta en mi mente: "¿qué me pondré?" Sí, suena superficial, pero yo nunca había sido invitada a una fiesta, y mucho menos de la realeza. Además, la reina quería verme, ¡A MÍ!
-Oye, pasmada, deja de mirar a la nada, tenemos trabajo que hacer. -Mi compañero de recado se levantó de la silla bruscamente, extendió la mano para coger la nota y el dinero y salió del salón, yo hice lo mismo.
Le seguí en silencio hasta llegar a los establos reales, que se situaban en la parte inferior del jardín. Me quedé impactada al llegar.
-¡U...u...un...unicornios! -Los señalé realmente sorprendida. No había llegado a estar nunca en aquella zona del jardín.
-Parece que nunca hubieras visto uno... -Se burló de mí, como si fuera una ignorante, aquello no me agradaba en absoluto.
-Es complicado de explicar, pero nunca había visto uno. -Me acerqué a acariciarle el lomo, era más manso de lo que parecía. Hablo del animal, no de Guillermo, él era simplemente idiota. Su pelaje era blanco, su cuerno afilado y translúcido, no como los pintan en las películas y sus ojos negros como el azabache.
-La verdad es que tampoco me interesan tus explicaciones. -Sus palabras eran peores que mil estacas atoradas en mi pecho. Mientras decía esto, colocó la silla de montar en dos de los unicornios.
-No te lo hubiera dicho de todas maneras. -Me rebajé a su nivel, pero no podía evitarlo, me sacaba de quicio.
-Sube. -Me ordenó.
-¿Qué?
-Que subas, ya está listo. ¿Tampoco sabes montar en un cuadrúpedo? -Siguió con su molesta ironía. Yo bajé la cabeza y me quede pensativa mientras miraba al suelo.
-Está bien, te ayudaré, pero me deberás una, novata. -Se acercó a mí y me extendió la mano. Yo pasé de largo, por su lado, e ignorándole subí al unicornio con un simple movimiento.
-Yo no le debo nada a nadie. Nunca. ¿Vamos? -Cuestioné con aire victorioso mientras le miraba esperando a que se subiera a su montura. Ni siquiera sabía cómo lo había hecho.
Me hizo caso de mala gana, subió al animal posando su pie en la evilla, y pasando el otro por encima del sillín. Luego dio una patada fuerte pero cuidadosa cerca de la tripa del unicornio. Unos segundos después ya estaba galopando hacia una dirección cuyo destino yo no sabía.
El panorama era exquisito, una bella criatura montada encima de otra. El cabello del unicornio se movía al compás del viento, a Guillermo le bailaba en la frente y el sol estaba en la mejor de sus posiciones, justo encima de su figura, dando unos pequeños toques relucientes además de unas cuantas sombras a aquella imagen que cualquier pintor o fotógrafo hubiera pagado por contemplar.
Le imité, puesto que nunca había montado a caballo y mucho menos con cuerno, la verdad es que me costó tres intentos ponerlo a caminar, pero luego salió todo rodado. Lo que más difícil se me hizo fue el típico movimiento de cadera que debes hacer para que tus ingles al chocar con la montura no lo sufran tanto como lo hicieron las mías. Que agonía.
Pasamos el jardín del monarca, adornado por cientos de esculturas, fuentes y bellas flores. Cruzamos el primer muro y luego el puente que conectaba el castillo con las casas ocupadas por la nobleza, rodeadas por el segundo muro, el cual no tuvimos que traspasar ya que lo que buscábamos se encontraba en las tiendas más caras de la ciudad, o eso di por hecho.
La gente al pasar gritaba, silbaba y algunos incluso se quitaban los sombreros. Personas de todo tipo de razas nos alababan al vernos, me sentí especial, es una sensación inexplicable, sólo comparable a cuando crees que has cogido la última patata frita de la bolsa, miras dentro y queda otra. Suena estúpido, pero es el mismo tipo de alegría.
Cuando la gente hubo pasado nos metimos en un callejón, bajamos de los caballos y nuevamente, yo tuve suerte, o simplemente estaba destinada a ser una gran amazona. En todo caso, al bajar, Guillermo se puso a tocar la pared como si buscara algo. Yo me quedé atónita.
-¿Buscas tu dignidad? -Pregunté con algo de humor, para romper el hielo.
-Tal vez tu gracia, novata. -Respondió, me reí aunque el chiste estuviera muy quemado donde yo vivía. Vi una leve sonrisa en su rostro, que se desvaneció al volver la vista a la pared. -En realidad, busco la entrada.
Intuí que se trataba de una entrada oculta, y entonces fue cuando me percaté, uno de los ladrillos de piedra en aquella pared sobresalía unos centímetros más que el resto, coloqué mi mano encima de él y lo presioné. La pared se deshizo, como si se volviera polvo, Guillermo me empujó algo ansioso. Me pregunté el por qué, hasta que vi que aquel encantamiento duraba menos de 2 segundos, y casi me pilla la punta de la capa al pasar.
-Gracias... -No se me daba bien agradecer algo a gente que no me transmitía respeto o simpatía, así que lo dije en voz muy baja.
-Lo he hecho sólo porque has conseguido encontrar la entrada, agradéceselo a tu ingenio. -Su voz era tan alta y clara como cortante.
Un profundo silencio inundó la sala. La humedad de la calle había desaparecido y un aroma extraño se expandía por la habitación, olía a hospital, o eso me pareció, aunque su imposibilidad me hizo dudar rotundamente que lo fuera. No era un olor ni bueno ni malo. La luz era tenue y de un color naranja casi marrón.
Me giré y miré hacia delante, miles de estantes ocupaban todo el espacio, encima de ellos habían botecitos con pócimas, ingredientes, sustancias extrañas, polvos y una larga lista de aparatos cuyo mecanismo o finalidad no lograba entender. Una vitrina de cristal se divisaba al fondo, y una persona, con una extraña bata y binoculares parecidos a los de la ópera, se encontraba detrás de ella.
-Buenas, ¿qué os trae por aquí, muchachos? -Nos saludó éste, con una voz tan familiar que rompió mis esquemas.
-Parezco yo. -En mi cabeza resonó la voz de Max. ¡Eso era! La voz de Max.
-¿Por qué esa cara de sorprendida? -Preguntó mi compañero.
-E...ehmm... -me tomé unos segundos para pensar una excusa lógica que no tuviera que ver con dimensiones alternas. -Me extraña esta tienda, no parece concordar con el resto de la ciudad, es como más... avanzada. -Realmente parecía como cualquier tienda en la Tierra.
-Eso es porque estos productos son importados de Salahdra, Merydia y Slidermain. Aunque no está bien visto que se utilicen aquí, por eso de las barreras situacionales. -Afirmó como si fuera algo importante que debiera conocer. Me callé al no saber qué responder.
-Los 4 reinos se separan por barreras situacionales, es decir, que atrapan la realidad en diferentes situaciones o épocas que ya han sucedido o no. Ejemplificando, Zeother se sitúa en la Edad Media, Merydia en la Época Victoriana steampunk, Salahdra en un futuro hipotético cuya estética se llama cyberpunk y por último, Slidermain en la Edad Contemporánea, equivalente a la nuestra, otro día te explicaré cómo es posible, ahora habla o Guillermo pensará que eres ignorante o simplemente retrasada. -Me explicó Max resumiendo la información.
-Ah, claro, no había caído en la cuenta. Por cierto, buenos días humilde mercader. -Me acerqué a él y miré a mi acompañante esperando a que le preguntara por aquel extraño objeto.
-Disculpe, buscamos este artilugio, procedente de otro reino. -Le mostró el papel con el nombre.
-Un strigidae motorizado y articulado... Hmmm... Es tremendamente complejo, pero estáis de suerte, ésta es la única tienda en toda Pangea donde se venden motorizados. -Contestó mientras caminaba hacia los estantes del fondo, se acercó a uno con un cajón custodiado por una cerradura, cuya llave correspondiente sacó de su bolsillo. Se me hacía raro ver a Max vestido de aquella manera, pero sus conocimientos y su forma de expresarse no habían cambiado en absoluto.
Miré dentro, había una amplia colección de buhos mecánicos, se me hizo extraño pero curioso. Uno de ellos se escapó, se me posó en el hombro e hizo un sonido parecido a los de aquellos animales, pero algo alterado y robótico, como las canciones de reggaeton en mi dimensión. Me pareció adorable porque restregaba su cabecita, construida con engranajes de relojes, en mi cuello.
-Este bicharraco siempre se está escapando, ¿¡cuántas veces te he dicho que no atormentes a la clientela!? -Cogió el robot bruscamente de mi hombro y le gritó, el buho cerró los ojos avergonzado, como si lo entendiera, me quedé maravillada. -Disculpe señorita, este es el único que se enciende solo, fue el primero que construí.
-¡No se preocupe! Nos llevamos ese. Es perfecto, incluso parece que tenga sentimientos. -Dije convencida de mi nueva adquisición, mientras veía a los demás animatrónicos paralizados en aquel cajón oscuro, sin alma, sin vida.
-¿Qué? ¡Ni hablar! Es para la reina, ¿recuerdas? No podemos darle un regalo defectuoso. -Guillermo se opuso.
-A ver, no es defectuoso, se enciende sin necesidad de darle al botón del motor, en teoría es más cómodo. Además, es muy cariñoso, sin duda a la reina le encantará. -Sonreí cálidamente mirando al aparatito, no debía medir más de 7 centímetros y era una monada, ¿quién le diría que no a esos ojitos metálicos?
-En eso tienes razón, pero, tú no conoces a la reina, ¿cómo sabes que le encantará? -Rebatió extrañado.
-Intuición femenina. -Sentencié.
-Hazle caso a tu novia, las mujeres siempre llevan razón. -Le sugirió el Max alternativo, nosotros nos miramos repentinamente, matándonos con la mirada y con expresión de asco. -De todas maneras, si deciden comprar éste, les regalaré un vestido de gala para la damisela. He oído que los caballeros están invitados al baile, y ustedes...
-Sí, somos caballeros.- Le cortó Guillermo, luego me miró. -Aún no tienes vestido para esta noche, ¿verdad? -me preguntó mirándome de arriba a abajo mientras el vendedor buscaba el vestido.
-N...no... -confesé algo avergonzada.
Entonces, sacó el vestido. Era hermoso, con un aire medieval y elegante. Destacaba el color negro excepto por la parte del centro, que relucía un brillante dorado, el cual estaba atado con unos cordones que quedaban colgando, por debajo de donde se supone que estarían los pechos. Las mangas se alargaban en forma de pico del mismo dorado que el resto del vestido. Me quedé mirándolo con una sonrisa tonta.
-Está bien, nos llevamos las dos cosas. -Guillermo pagó después de mirar mi expresión de felicidad. -Por cierto, si el rey pregunta sobre si es defectuoso, di que es único en Pangea. -Me miró serio.
-No hace falta que me lo digas, yo lo pienso así. ¿A qué sí, amiguito? -El bichito salió de la bolsa y se volvió a poner en mi hombro, yo lo coloqué dentro de mi caperuza para que no se viera.
Nos dio el vestido en una especie de bolsa hecha de tela y salimos de allí. Montamos en los caballos y nos dispusimos a volver. Permanecimos casi todo el camino callados.
-Espero que le guste a la reina. -Comentó cuando estábamos casi por el punte.
-Le gustará, créeme. -Insistí.
-Y respecto a lo del vestido...-
-¿No te gusta? -Le corté antes de que pudiera dar su opinión.
-Bueno, considero que deberías habértelo comprado tú, ya que es tu problema no el del rey. -Su tono estúpido habitual salió a la luz de nuevo, me dolió, supongo que porque en el fondo tenía razón. -Además, la calidad de la tela no es buena, ¿ves? -Quiso sacar el vestido de la bolsa pero, en ese momento se cayó, él intentó agarrar la prenda antes de que tocara el suelo, pero las patas traseras de su unicornio ya la habían pisado, y al estirar, se desgarró todo, dejando el vestido completamente roto. Yo supuse que lo hizo por maldad, para avergonzarme y que tuviera una razón para no asistir a la fiesta.
-¡No hacía falta ser tan cruel, con un "NO QUIERO QUE VAYAS" bastaba! -Me puse tan nerviosa y me enfureció tanto que le grité y salí galopando, sin dejarle pronunciar una palabra más.
Llegué al establo, até al animal y me teletransporté a mi cuarto. Abatida, destrozada y muerta de rabia me puse cómoda y caí en mi cama, llorando a lágrima seca, lágrima ardiente de dolor y traición.
-¡Guille nunca hubiera hecho eso! Éste no es mi Guille, echo de menos al antiguo... -Le dije melancólica a Max.
-Lo sé, Ver... -carraspeó -Desyré, lo he visto con mis propios ojos... No vale la pena llorar por ese capullo. -Intentó consolarme.
-No lloro por él, lloro por el real... -Noté que lo dejé sin argumentos, sin excusa, y me permitió llorar a mis anchas, hasta que me quedé dormida por el peso de mis párpados y la escozor de tanto llanto.
Me desperté al oír a Hann llamando a mi puerta.
-¡Dez, el rey nos convocó a comer! ¡Todos están abajo aguardando tu llegada! -Gritó mientras tocaba a la puerta.
-No tengo apetito. -Le respondí dando una vuelta de 180° a la cama.
-¿Y eso por qué? -Preguntó extrañado.
-Pregúntale a tu amiguito Guillermo. -Reconozco que fui algo dura con él, no tenía la culpa.
-Voy a pasar. -Le preocupé, eso estaba claro. Algo que caracterizaba a Hann y contrarrestaba su aparente narcisismo era que no podía ver a las personas mal, y hacía lo que fuera por ayudarlas.
-¿¡Qué!? ¡Espera! -Me puse corriendo la máscara, me arreglé los pelos de loca y le invité a pasar.
-Vaya, estás... -Quedó pensativo buscando cómo decir lo que pensaba sin sonar atrevido -más atractiva visualmente con vestido, y el color blanco te favorece. -Me reí por su comentario y su ligoteo disimulado.
Procedí a explicarle lo que había pasado al detalle y esperé su respuesta intrigada.
-Supongo que es obvio ¿no? -Me miró esperando que desvelara esa obviedad, pero yo no tenía ni idea de lo que estaba hablando. En momentos así es cuando Hann le da vueltas a la cabeza, pero sólo en momentos así.
-Pues eso, que está celoso de que seas la favorita del rey. Al principio todos te habíamos juzgado mal, pero al ver que salvaste a aquel niño, supusimos que eras buena persona y te habías ganado ese puesto trabajando duro. Todos, excepto él. Tiene el ego muy subido, aunque no sé por qué, si yo soy más guapo. -Me hizo mucha gracia su contradicción y me reí indiscretamente. -Oye, voy a comer, hablaré con Guillermo y le reñiré por ser tan descorazonado con una damisela. -Me guiñó un ojo y se marchó. Hacía mucho que había olvidado aquella parte de la personalidad de Hann que casi siempre permanecía escondida, pero que intuyo que fue la que le llevó a ser caballero.
Volví a dormir, me despertó el sonido de la gente yendo de aquí para allá, atosigada por los preparativos. Me levanté y fui al aseo. Me quité el camisón y la ropa interior, me metí dentro de la bañera y me di un baño bien caliente. Un dato interesante sobre mí es que cuando me ducho o me baño, canto. En la otra dimensión cantaba mal y no tenía sentido, pero ahora me sentía a gusto cuando lo hacía.
Yo no lo sabía, pero en ese momento tuve un espectador que se había colado en mi habitación. Pues cuando me sequé, enrollé en mi toalla y salí, vi encima de la cama una caja de madera en la cual, con una letra conocida y extremadamente bien trazada, ponía "Te juro que fue un accidente, acepta esto como disculpa".
-Guillermo... -Tomé una bocanada de aire que acabó con un amplio suspiro. Tal vez Hann le había hecho reflexionar. O tal vez de verdad se arrepentía de ser tan hijo de la gran $%#°@.
Abrí la caja entusiasmada. Me enamoré, era espectacular, maravilloso, tres mil veces más bonito que el que compramos. Era otro vestido, esta vez largo, de gala, con enorme vuelo, color rosado simulando la piel, con grabados florales oscuros encima, y sin mangas ni cuello, parecía un corset.
No podía esperar a probármelo, solté la toalla, me puse ropa interior y me lo coloqué. En efecto, era mi talla y me quedaba como un guante. Parecía una princesa. Me gustaba lo que veía, me sentía bien con mi propio aspecto, pues nunca he tenido mal cuerpo.
Sin pensarlo dos veces volví a entrar al baño, pero esta vez a arreglarme. Cuando salí parecía una persona totalmente diferente. Me lavé los dientes y la cara para que mi cutis quedara suave, aunque no se viera tras la máscara. Respecto al peinado, lo único que hice fue rizármelo. No era gran cosa porque nunca me ha interesado la belleza, pero me daba un aire completamente distinto, más elegante, más voluminoso. Sólo había una cosa que no cuadraba: la máscara. No sabía qué hacer, pues no era buena con las manualidades y no quería ir con un accesorio tan informal.
En aquel momento de crisis vital, sonaron unos golpes en la puerta.
-¿Señorita? Soy Marianne, me preguntaba si necesitaba ayuda para arreglarse. -Siempre sabía cuándo aparecer.
-Por favor, pasa. Te necesito. -Le rogué con tono de desesperación.
Al entrar y verme así vestida, quedó anonadada. Empezó a darme vueltas para observar cada detalle de mi cuerpo y no paraba de decir "Oh Dios mío, que bella".
-Esta debe de ser una de las obras de aquel famoso diseñador que recorre los reinos de Pangea buscando inspiración. Dicen que no tiene un estilo concreto, y por eso sus creaciones son únicas. -Me contó mientras tocaba la tela con suavidad.
-Que idiota... Sí que se ha esforzado... -Pensé en voz alta.
-¿Qué dice? -Preguntó al ver que hablaba sola.
-Nada, nada. Dime, ¿podrías tú hacerme una máscara donde no se me viera la mayor parte de la cara y que se pareciera al vestido? -le propuse.
-Claro, eso es pan comido para mí. -Aceptó el reto decidida a dar lo mejor de sí misma. -Casualmente compré una para el anterior baile que hizo el rey, pero no me la puse porque debía estar en la cocina preparando tentempiés, al igual que este año... Así que intentaré arreglarla un poco.
-Muchas gracias, eres la mejor. -La abracé, Marianne se había convertido en una madre para mí, debía tener el doble de mi edad aproximadamente y respecto a su aspecto, sus piernas eran peludas y unos grandes cuernos en espiral resaltaban en su cabeza, típico de una sátiro. Además, tenía los cabellos dorados, la forma de los labios muy finos, una nariz puntiaguda y el tinte de sus ojos era color esmeralda brillante. Personalmente me parecía que se conservaba extremadamente bien para tener, más o menos, la misma edad que Sir Grigorii
Con un par de flores, perlas y gemas de colgantes viejos, feos o rotos me hizo una máscara color carne preciosa. Las ranuras de los ojos, a las cuales les coloqué los cristales tiznados de mi otra máscara, estaban rodeadas por diminutas gemas; el lado derecho estaba decorado con flores y otra más solitaria, se situaba en el otro lado, sosteniendo unas cintas que caían hacia mi hombro; y por último los bordes estaban adornados por una puntilla sacada de un vestido.
-Queda hermosa... De verdad, eres una artista, Marianne. Deberías plantearte ser diseñadora de moda. -Puse una mano en su hombro y le sonreí sinceramente.
-Exagera... -Se sonrojó y abrió la puerta con intención de marcharse. -El baile empezó hace un rato, la estarán esperando. -Cerró la puerta y me dejó a solas con mis nervios.











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